La Abadía de Santa María Real de Párraces fue, en su origen, un cenobio agustino fundado sobre la mitad del siglo XII con dependencia de la diócesis segoviana. Se asienta en una llanura por cuya vecindad fluyen las aguas del río Zorita formando un paisaje de verde pradera ideal para el esparcimiento.
Aunque no se dispone de datos fidedignos del momento de su fundación, se asigna la propiedad de un extenso territorio en la zona, en el que se había construido un caserío con un pequeño cenobio, llamado “Aldea de Párraces”, al matrimonio formado por Blasco Galindo y Catalina de Guzmán, quienes, al no tener descendencia, donaron sus tierras a la diócesis de Segovia a finales del siglo XI, donación que luego sería aprobada por el papa Eugenio III.
Se dice que un grupo de doce monjes agustinos encabezados por el maestro Navarro solicitaron a la diócesis segoviana el cenobio de Párraces para retirarse a vivir lejos del ruido y ajetreo de la ciudad, y ésta, entonces dirigida por el monje francés Pedro de Agén, accedió a satisfacer la petición. Sería a partir de esta donación cuando estos monjes se asentaron en la luego conocida como Abadía de Santa María Real de Párraces, ubicada a unos 2 km al este de la puebla Bercial, en cuya primera etapa, la comunidad estaba formada por un abad, el maestro Navarro, doce canónigos y dieciséis racioneros, con autonomía jurisdiccional civil; la eclesiástica era ejercida por el obispado de Segovia hasta 1463, que pasaría al cenobio en la persona del abad hasta su exclaustración en 1837, sobre numerosas pueblas que ya existían en la zona, luego conocidas como “Las Pueblas de la Abadía”; estas eran siete: Aldeavieja (Ávila), Bercial, Cobos, Etreros, Marugán, Muñopedro y Sangarcía; además estaban los caseríos menores, hoy despoblados, que servían como centros de explotación agraria y ganadera, éstos eran: Acedos, Chavente, Modua, Moñico, Moñivas, Peromingo, Sancheznar y San Lorenzo de la Bóveda.
Cuando a mediados del siglo XII el papa Eugenio III confirmaba los bienes adquiridos y por adquirir a la Abadía de Santa María Real de Párraces, también la concedía el privilegio de que en sus territorios y pueblas no se pudiera fundar iglesia alguna sin licencia del convento; lo que supuso que ninguna de las pueblas dependientes del cenobio tuviera iglesia hasta el siglo XVI, por un acuerdo o concordia entre el cenobio y pueblas. Durante tan dilatado periodo de tiempo, cuatro siglos, la iglesia del monasterio era el centro parroquial de todas las pueblas, a donde estaban obligados a asistir a misa y a recibir todos los sacramentos. Por otra parte, los monjes del cenobio además de asistir a los vecinos de sus pueblas en la iglesia parroquial, tenían la obligación de acudir a la llamada de los enfermos en sus últimos momentos y administrarles la extremaunción en sus casas, en cualquiera de las pueblas dependientes de la abadía en que vivieran.
A lo largo de los primeros siglos de su existencia, la comunidad de monjes agustinos del monasterio de Párraces fueron adquiriendo, unas veces por donaciones y otras por compra, aldeas, casas, caseríos, fincas e iglesias en los términos municipales de las pueblas colindantes que pasaron a engrosar la larga lista de propiedades de la orden, convirtiendo a la Abadía de Santa María la Real de Párraces en uno de los señoríos de abadengo más poderosos de Castilla durante los siglos XIV y XV.

Pasada la mitad del siglo XV, en 1456, la prerrogativa de nombrar abad en Párraces pasó al papado; por privilegio real, la Corona presentaba un candidato y el Pontífice le nombraba. A partir de entonces, la dirección del cenobio recaería en las personas que eligiera la Corona, fueran o no las más idóneas para la dirección espiritual y religiosa del monasterio.
Con el cambio en la elección del abad, también llegó que la nueva dirección de la Abadía consiguiera asumir su total jurisdicción: la civil, la disfrutaba desde su origen, y la eclesiástica, quedando apartado de Diócesis segoviana, y en consecuencia liberado del pago del correspondiente diezmo.
Esta nueva situación de independencia jurídica del monasterio, generó múltiples juicios con la Diócesis y el cabildo catedralicio segovianos, con la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia y con los colonos-arrendatarios.
El prestigio del cenobio de Párraces llegó al punto de ejercer de posada ocasional a los miembros de la Corona, como fue la estancia de Carlos I con cena y pernocta el día 8 de noviembre de 1524 de camino entre Arévalo y Madrid. Felipe II visitó el monasterio de Párraces en varias ocasiones, una de ellas fue el día 13 de junio de 1592 cuando iba de camino a la reunión de Cortes en Tarazona (Zaragoza); el cadáver de don Juan de Austria, que había muerto en octubre de 1578 en Flandes, también pasó por este cenobio en su viaje a su eterna morada en El Escorial.
La riqueza del cenobio de Párraces impulsó a Felipe II a pedir al papado la anexión del monasterio a los jerónimos de El Escorial, a lo que accedió el Vaticano, y el 17 de septiembre de 1566, la Abadía de Párraces pasó, por bula papal de Pío V, a ser una vicaría de la Orden Jerónima, custodia del Monasterio del Escorial, tomando posesión de la misma en enero de 1567.
Será a partir del paso de agustinos a jerónimos cuando los edificios del monasterio experimentaron un completo remozamiento de sus estructuras habitacionales y de culto, siguiendo la línea constructiva escurialense de Juan de Herrera, no obstante haber perdido toda la autonomía, independencia y el poder que hasta entonces venía disfrutando.
Felipe II dispuso que la nueva orden propietaria de la Abadía, los jerónimos, estableciese en Párraces un colegio-seminario al que pudieran asistir los jóvenes de las llamadas Pueblas de la Abadía, pero esta institución de enseñanza tuvo una vida corta, solo duró ocho años, desde 1567 a 1575, fecha esta última en que fue trasladado a El Escorial.

Entonces Felipe II concedió a las Pueblas de la Abadía la exención total de alojamiento de tropas y de toda clase de huéspedes, a excepción de a los miembros de la realeza.
Los nuevos dueños jerónimos siguieron la política de adquisiciones que pusieron en práctica sus antecesores en la regencia del cenobio, los agustinos; continuaron adquiriendo tierras hasta hacerse con la totalidad de los territorios de los términos municipales de las pueblas colindantes, que pasaron a pertenecer a la mesa abacial de la Abadía.
Ésta se lo arrendó el 18 de marzo de 1613 como censo perpetuo a los vecinos de las pueblas que venían explotándolas de antiguo; quienes entonces pasaron a ser colonos-arrendatarios de los monjes jerónimos de El Escorial, a quienes los vecinos pagaban una renta fija que incluía: los diezmos, primicias y el famoso censo perpetuo solo por el derecho a habitar el lugar y usar sus recursos.
La relación de los colonos-arrendatarios con la Abadía Párraces no siempre fue sencilla, pues al ser tierras de señorío eclesiástico, los monjes tenían capacidad de decisión sobre quién cultivaba qué, así como la potestad de prohibir que los colonos ampliasen sus parcelas mediante roturación de baldíos; lo que limitaba la iniciativa privada y el desarrollo económico del vecindario.
Los monjes de la Abadía de Santa María Real de Párraces poseían grandes rebaños de merinas, y como tal, participaban de todas las obligaciones y privilegios de la Mesta, institución creada por Alfonso X el Sabio en 1273, que funcionó con sus luces y sombras hasta 1836, que fue abolida por la Corona.
La pertenencia de la Abadía como miembro destacado de la Mesta, posibilitaba que los varones en edad laboral de las llamadas Pueblas de la Abadía, tuvieran alguna facilidad para acceder a los diferentes empleos o actividades que este organismo ofertaba.
Cuando los monjes jerónimos de El Escorial tomaron el control del Cenobio de Párraces en 1566, impulsaron la reconstrucción y ampliación de las dependencias del llamado Palacio de Esquileo, consolidando las infraestructuras industriales necesarias para el procesamiento de la lana merina, pero en la actualidad desconocemos su lugar de emplazamiento, su fecha de construcción, las dimensiones del mismo y número de reses que se esquilaban en él.
De lo que sí tenemos constancia, es de que los monjes jerónimos de la Abadía de Párraces crearon en el siglo XVIII el palacio de esquileo “Casa del Caballero” en el paraje conocido como la Dehesa de Sancheznar ubicado en el término municipal de Bercial, donde llegaban a esquilarse unas 25.000 reses anuales de su cabaña de ovinos. Los monjes gestionaban la explotación y supervisaban la producción de lana que luego se exportaba a diferentes puertos de Europa.

Los palacios de esquileo, en general, eran grandes complejos industriales compuestos de residencia señorial para los propietarios o sus representantes, grandes patios para albergar a los rebaños antes y después de ser esquilados y grandes naves donde se realizaba el esquileo, la clasificación, el prensado y embalado de la lana lista para el transporte.
La puebla de Marugán contaba en su término municipal con zonas de reserva llamadas “Privilegios de Pastos”, para el ganado lanar que transitaba hacia la Sierra de Guadarrama en otoño y viceversa en primavera.
En 1604, el cenobio de Párraces sufrió un aparatoso incendio que destrozó gran parte del archivo, perdiéndose entonces muchos e importantes documentos. A partir de entonces, la existencia del convento comenzó un continuó languidecimiento hasta la desamortización eclesiástica de 1836, propuesta por Juan Álvarez de Mendizábal, momento en el que fue abandonado y enajenados sus bienes.
El conjunto constructivo de la Abadía de Santa María Real de Párraces fue declarado Bien de Interés Cultural en 2011. Actualmente es de titularidad privada y conocido como “Caserío de Párraces”. El edificio en su conjunto ha sido rehabilitado manteniendo el encanto de la construcción original del siglo XII, combinándolo con algunos añadidos modernos que lo adaptan para ser salón polivalente para todo tipo de eventos, tales como bodas, congresos, reuniones, rodajes cinematográficos, etc.
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* Juan Fco. Sanjuán Benito
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