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“El detonante de las guerras de independencia fue la invasión napoleónica”

Tomás Pérez Vejo, historiador

por Mercedes Temboury
7 de junio de 2026
Tomás Pérez Vejo
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“No concibo que un creador esté de espaldas al mundo y a la sociedad”

“A la Inteligencia Artificial le puedes enseñar a reconocer la forma de escribir de un determinado autor”

“El gran legado de Don Juan Carlos es la Constitución de 1978”

Es usted profesor del INAH en México y un escritor prolífico con libros tan señalados como: “Elegía criolla”, “España imaginada”, “Repúblicas urbanas en una monarquía imperial” o “3 de julio de 1898. El fin del imperio español”.

Ya tuvimos el honor de entrevistarle hace algunos meses en El Adelantado de Segovia, pero ahora nos interesa centrarnos en su última obra, presentada el 26 de mayo en Casa de América. Se trata de “La implosión de las monarquías española y portuguesa y el nacimiento de los nuevos estados nación iberoamericanos” que ha coordinado usted junto con Manuel Andreu Gálvez y que reúne artículos de más de treinta investigadores de España y de América.

—¿Qué entienden por implosión? ¿por qué este nombre?

—En física el término implosión hace referencia al colapso, hacia dentro, de un cuerpo o estructura. Nosotros lo utilizamos, en sentido metafórico, para reflejar la idea de que la crisis imperial iberoamericana de comienzos del siglo XIX no fue el fruto de una rebelión de naciones sino del colapso interno de las estructuras imperiales española y portuguesa. Idea que podríamos resumir en la afirmación de que las naciones no fueron la causa de las llamadas guerras de independencia sino una de sus consecuencias.

—¿Cuál es el detonante de la caída de ambas monarquías?

—El detonante inmediato fue, en ambos casos, la invasión napoleónica de la Península Ibérica. Como fondo, el cambio de legitimación en ejercicio del poder político, del “por la gracia de Dios” a “en nombre de la nación”, que estaba teniendo lugar en el conjunto del mundo occidental y al que las dos viejas monarquías ibéricas no supieron, o no fueron capaces, de adaptarse.

—¿Qué distingue el caso portugués del caso español?

—La diferencia fundamental fue que, en el caso portugués, al menos en el primer momento, no hubo una crisis de legitimidad. La corte se trasladó a Brasil sin que se produjera una ruptura con el orden político anterior.

No ocurrió así en el español. Las abdicaciones de Bayona, con la cesión de la corona de los Borbones a los Bonaparte, tenían tan difícil encaje en la tradición jurídica de la Monarquía católica, en la que el rey no era propietario de sus reinos sino sólo su usufructuario y, como consecuencia, no podía enajenarlos sino sólo transmitirlos al heredero legítimo, que desde el primer momento fueron muchos los que consideraron que Fernando VII seguía siendo el monarca legítimo, no José I Bonaparte. Fue el origen de las después conocidas como guerras de independencia, con el levantamiento, a uno y otro lado del Atlántico, de los defensores de los derechos de Fernando VII, el Deseado, contra la usurpación francesa. El inicio de una guerra civil generalizada que no hubo en el caso portugués.

tomas perez vejo 3 julio 1898

—La estructura española de audiencias y cabildos ¿fue el origen de la fragmentación?

—Pudo influir, pero es un asunto mucho más complejo. Está en primer lugar el hecho de que, a diferencia de lo ocurrido con la monarquía portuguesa, la Corte española no se trasladó a América y el rey legítimo, como acabo de decir, dejó de estar. La ausencia del monarca llevó a una inevitable fragmentación del poder, siguiendo lo establecido en las Partidas, en ausencia del rey la soberanía volvía a los pueblos, distintas juntas se declararon soberanas, con el objetivo de conservar el poder hasta el regreso del rey legítimo. Fragmentación agravada por el problema de que “los pueblos” depositarios de esta soberanía resultaban enormemente imprecisos. ¿Los pueblos en sentido estricto, sólo los que tenían el título de ciudad, sólo las ciudades cabeza de reino, sólo los que eran sede de una audiencia? Las posibilidades, y como consecuencia los conflictos, eran múltiples.

Pocas fueron las juntas que consiguieron imponerse sobre el conjunto de los territorios que decían representar, incluida por supuesto la propia Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino, que a pesar de su pomposo nombre nunca logró ser reconocida como superior por muchas de las demás juntas.

A los conflictos entre las juntas se sumaron los de éstas con las antiguas autoridades de la monarquía, que reivindicaban su derecho a seguir gobernando, especialmente los virreyes americanos. Es lo que podríamos denominar una fragmentación del poder funcional.

Está también, y no menos importante, la extensión y diversidad de los territorios americanos de la monarquía católica, no sólo divididos en múltiples unidades administrativas (virreinatos, audiencias, capitanías generales, provincias, intendencias, …). Toda unidad administrativa crea sentido de pertenencia.

Y está, finalmente, el propio desarrollo de las llamadas guerra de independencia, con señores de la guerra (caudillos) creando Estados, para los que después se inventaron naciones, en muchos casos sólo los territorios que los caudillos consiguieron controlar.

—Los procesos de independencia ¿fueron guerras civiles?

—Sí, guerras civiles entre americanos en las que tanto los denominados ejércitos realistas, en realidad ejércitos del rey, como los independentistas, casi nunca denominados así, estuvieron formados básicamente por americanos, tanto en el caso de la tropa como en el de los oficiales. En ellas no se combatió sólo, en muchos casos ni siquiera principalmente, por la ruptura o no con el Rey sino por otros aspectos como por la abolición o no del Antiguo Régimen y otros conflictos, en muchos casos de tipo local.

—¿Supusieron las independencias el fin de la esclavitud?

—No. La posibilidad de poner fin a la esclavitud fue utilizada como arma de movilización política tanto por realistas como por los rebeldes al rey y fueron bastantes los esclavos que obtuvieron su libertad gracias a su participación en uno y otro ejército. A pesar de las promesas, sin embargo, la abolición legal de la esclavitud se retrasó en algunas de las nuevas repúblicas varias décadas.

En algunos casos, como el de Brasil, la independencia no sólo no supuso la abolición de la esclavitud sino su intensificación, con el desarrollo de una economía mucho más claramente esclavista que la de antes de la independencia y, como consecuencia, con un aumento espectacular del número de esclavos, tanto en cifras absolutas como relativas.

Algo parecido, aunque sin independencia por medio, ocurrió en Cuba, donde la esclavitud no sólo se prolongó hasta entrada la segunda mitad del siglo XIX, sino que, lo mismo que en el caso brasileño, se desarrolló una economía más estrictamente esclavista de la que habían tenido el conjunto de los territorios americanos de la Monarquía católica en los tres anteriores siglos.

tomas perez vejo nacion identidad nacional y otros mitos nacionalistas

—En el difícil proceso de construcción de las naciones o de los estados ¿hubo modelos diferentes del liberal?

—El proceso de construcción de los Estados y naciones iberoamericanos, a uno y otro lado del Atlántico, fue obra de lo que podríamos denominar las distintas facciones de la gran familia liberal. La distinción entre conservadores y liberales resulta en este sentido engañosa ya que unos y otros comparten lo que podríamos denominar los grandes principios del orden político resultado de las revoluciones liberales, al margen obviamente de los derrotados defensores del Antiguo Régimen.

Esto no significa que los distintos grupos liberales compartieran los mismos proyectos de Estado ni de nación, con divergencias importantes respecto al primero (monarquía/república, república federal/república centralista), pero también al segundo, con relatos de nación, una nación es sólo la fe en un relato, que oscilaron, en el caso hispanoamericano, entre el rechazo de la herencia española y su exaltación como rasgo de nacionalidad.

—El continente iberoamericano ha sido a lo largo de su historia poco dado a las guerras internacionales, salvo casos muy concretos de límites, ¿cómo lo explica?

—Se trata de una afirmación que sería necesario matizar, algunas de estas guerras de límites, como la Guerra de la Triple Alianza o la Guerra del Pacífico, fueron de una virulencia y nivel de destrucción que nada tienen que envidiar a las de otras partes del planeta. Al margen de esta precisión, la menor presencia de las guerras internacionales tiene mucho que ver con la debilidad de los Estados nacidos de las guerras de independencia. Una especie de círculo vicioso en el que Estados débiles están incapacitados para hacer la guerra y la ausencia de guerras internacionales impide el fortalecimiento de los Estados.

—¿Las guerras de independencia fueron el prólogo, décadas antes, de los procesos revolucionarios?

—No, las guerras de independencia fueron el elemento central de estos procesos revolucionarios. Revolución e independencia son en Hispanoamérica términos prácticamente sinónimos.

—¿Cómo pasó el orbe hispánico de actor fundamental durante trescientos años a una colección de países irrelevantes en el tablero del poder mundial?

—Como la consecuencia lógica de la desaparición de una potencia global, en torno a la que había girado la geopolítica del planeta durante tres siglos, y su disgregación en casi una veintena de nuevos Estados-nación, todos irrelevantes desde el punto de vista del poder militar y económico y, como consecuencia, relegados a la condición de objeto y no sujeto de la política internacional.

tomas perez vejo españa imaginada

—¿Cuán exitoso fue el proceso de construcción de los estados nación iberoamericanos?

—Habría que distinguir si hablamos de éxito respecto a la construcción del Estado o respecto a la construcción de la nación y si lo hacemos visto desde el lado europeo o del americano. Simplificando, visto desde el lado americano, hubo un claro éxito en la construcción de la nación, todas las nuevas soberanías políticas lograron, a pesar de las malas condiciones de partida, construir naciones a la medida de sus Estados, y un relativo fracaso en la construcción del Estado, con Estados incapaces de garantizar los derechos más elementales de sus ciudadanos ni, menos todavía, un razonable reparto de recursos; en el europeo, por el contrario, hubo un razonable éxito en la construcción del Estado y un relativo fracaso, en el caso español no en el portugués, en la construcción de la nación.

—El debate histórico en México ¿está realmente tan polarizado como lo pretenden los políticos?

—Los políticos se limitan, con más o menos irresponsabilidad, a utilizar elementos de polarización que están en la sociedad, no se los inventan, y nada polariza más que los conflictos identitarios. No es un debate histórico, es un debate sobre qué somos. No es un problema con España sino con el pasado español de México y su lugar en el proceso de construcción nacional mexicano. España, lo español y los españoles son solo los convidados de piedra en un debate sobre el que ni tienen nada que decir ni a nadie le importa lo que digan.

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