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El Adelantado de Segovia

“‘La bordadora’ quiere acercar al lector cómo era la vida cotidiana, el día a día, en un palacio de finales del siglo XV”

Consuelo Sanz de Bremond, licenciada en Ciencias Biológicas y escritora

por Mercedes Temboury
31 de mayo de 2026
SANZ DE BREMOND
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—¿Qué mito sobre la higiene en la Edad Media le indigna más?

—Sin duda uno atribuido a un personaje muy vinculado con Segovia, me refiero al bulo sobre la falta de higiene de la reina Isabel la Católica. Se dice que prometió no cambiarse de camisa hasta la Toma de Granada, e incluso que dijo que solo se bañó dos veces en toda su vida. Hace poco llegué a leer en un diario digital un artículo, publicado hace pocos meses, que la reina no se bañó por miedo al agua, porque médicos aconsejaban no hacerlo ya que abría los poros de la piel y facilitaba la entrada de enfermedades, y porque la Iglesia los asociaba a la sensualidad, la lujuria y al pecado, y, claro, como ella era muy religiosa y austera, pues nada de baños. Todo esto son ridiculices, primero porque no hay datos, ni crónicas, ni escritos de época que demuestren que la reina lo dijo; en cambio, sí tenemos los que escribió el cronista Hernando del Pulgar, quien nos dice que era una mujer «muy ceremoniosa en los vestidos y en los arreos, y en sus estrados y asientos, y en el servicio de su persona», lo que nos indica que era una mujer preocupada por su aspecto. En cuanto al tema médicos, estos aconsejaban asearse y bañarse con cierta regularidad; lo que realmente aconsejaban para evitar determinadas enfermedades era bañarse con agua muy caliente o los baños de vapor. Desconocemos si la reina castellana se bañaba o no, son datos que los cronistas no nos cuentan, pero, por lógica, debemos pensar que cuidaba con esmero su aseo personal. En los libros de cuentas aparecen productos para el cuidado del cuerpo, cosméticos y perfumes.

—¿Por qué creemos que los hábitos de limpieza de Roma y de los musulmanes eran muy diferentes a los de los cristianos?

—Esto viene de lejos, ya desde la Ilustración, y se amplifica más aún en el siglo XIX, fueron los grandes impulsores de la leyenda negra que rodea a la Edad Media. También hay que echar la culpa a los colegios y las universidades que enseñaban, y siguen enseñando, estos bulos. Hay que añadir que las películas, las series y las novelas han contribuido a ello.

Se tiene la idea de que los musulmanes y los judíos, al tener la obligación por motivos religiosos de realizar rituales higiénicos, eran mucho más limpios que los cristianos. Esto, y la existencia de los ascetas más rigurosos que despreciaban todo lo material, incluyendo la higiene, ha llevado a la creencia, completamente errónea, de que los cristianos no se lavaban, que despreciaban el cuidado del cuerpo.

Sabemos que los cristianos tuvieron sus rituales higiénicos por motivos religiosos, pero estos se perdieron durante los primeros siglos de su existencia, sin embargo, esto no fue sinónimo de falta de higiene. Las fuentes escritas nos muestran la preocupación que tenían por mantener el cuerpo, la ropa y las calles limpios.

—¿Cómo era la higiene personal en la Edad Media y de qué siglos estamos hablando?

—Estamos hablando de un tiempo que va desde el siglo V al XV. Siglos donde encontramos numerosos baños públicos, objetos de higiene (palanganas, tinas, cubos, trapos, esponjas, aguamaniles, peines, jabón, etc.), el lavado por partes, el uso de la camisa (prenda de lino o de algodón que actuaba como exfoliante, como agente antibacteriano y como absorbente del sudor). La camisa se cambiaba y lavaba muy a menudo.

Además, nos han llegado recetarios bajomedievales para la realización de productos para mantener la piel, el cabello y los dientes en buenas condiciones.

—¿Desaparecieron los baños públicos romanos?

—En el periodo tardoantiguo la mayoría de los baños públicos romanos desaparecen, ya que las ciudades se vacían; no son viables o no se pueden mantener. Hablo de los baños con piscinas donde entraban bastantes personas. Pero hubo otro tipo de baños, el de los germanos que tenían saunas comunitarias que fueron llevando en sus desplazamientos por Europa, y que poco a poco fueron evolucionando. Cuando las ciudades vuelven a crecer, además de los existentes (también los había en monasterios), se construyen edificios de distinta tipología. La mayoría eran pequeños: solo se necesitaba una pila o «lavabo» con agua y un recipiente para echarse el agua por encima. Por cierto, así fueron la mayoría de los baños musulmanes. Y no hay que olvidar que en la península Ibérica, ya hubo baños de vapor antes de la llegada de los musulmanes, pero cuando estos se asentaron, los cristianos empezaron a construir baños estilo andalusí. También la gente poderosa abrió o alquiló los suyos a los vecinos, con bañeras individuales. Pero además no hay que olvidar que la gente se bañaba en ríos, fuentes o lagos.

historia indumentaria española

—¿Cómo se recogía la basura o se hacían los alcantarillados?

—Dependiendo de la ciudad había partidas especiales de limpieza, equipos de barrenderos para la retirada de residuos, de estiércol y de animales muertos que se llevaban a los basureros, muladares o fosos. Se utilizaban todos los medios políticos, administrativos y materiales para conseguirlo. Se multaba a los que ensuciaban las calles. Los vecinos también ayudaban, trataban de mantener su entorno salubre. Los residuos sólidos iban a los pozos ciegos, que eran numerosísimos en las ciudades, que eran vaciados por trabajadores.

Hay que entender que los alcantarillados que hubo en la Edad Media, tanto en ciudades cristianas como musulmanas, no son los de hoy en día, subterráneos. Estos arrastraban las aguas sucias de la superficie, no los residuos sólidos. Como ocurrió con los baños públicos, la mayoría de los alcantarillados durante el periodo tardoantiguo, no son viables, ni son necesarios. Solo las ciudades con abundante abastecimiento de agua corriente podían permitirse este sistema, y solo en determinados barrios.

En 1496 el Concejo Segoviano prohibió tener cerdos en determinados barrios, lo que contribuyó a quitar animales tan molestos. Igualmente estaba prohibido arrojar toda clase de basuras a las calles y se obligaba a tirarlas en los muladares o fuera de los muros de la ciudad. Los sábados recorría las calles un carro con varias personas encargadas de limpiarlas y retirar las basuras acumuladas.

También es interesante la ordenanza de 1485 por la que se imponen multas y sus importes varían según las basuras arrojadas: heces, orines, gallinas muertas, gatos muertos, huevos podridos, lechugas, etc.

—¿Es verosímil pensar que la gente se paseaba con las caras embadurnadas de tierra, como pretenden las películas actuales?

—Para nada. Es absurdo, como también lo es pensar que iban con la ropa sucia, andrajosa y que la usaban hasta que se caía a pedazos. Y lo peor es que hay gente que lo cree a pies juntillas. La limpieza del cuerpo fue una preocupación constante durante toda la Edad Media, incluso durante la Edad Moderna. Hubo tratados de medicina donde se recomendaban los baños de todo tipo, con agua fría, caliente, termales… y que se hicieran con cierta regularidad.

la bordadora

—¿Cómo perfumaban las casas y los cuerpos?

—Son numerosas las recetas medievales que nos han llegado que describen cómo hacer perfumes para crear olores para perfumar estancias, objetos, ropa y para el cuerpo.

Para la casa se usaban pebeteros, sahumadores, braseros, perfumadores, bujetas, incensarios, etc. En ellos se echaban materias o plantas olorosas

Asimismo, se utilizaban productos para perfumar los vestidos, aunque su finalidad principal era ahuyentar a los insectos para que no los apolillaran, igual que hacemos hoy en día. En las arcas o arcones donde se guardaban las prendas de vestir, así como la ropa blanca, se colocaban hojas o flores que se metían en bolsitas o almohadillas.

Para el cuerpo se usaban fragancias de polvillos, pomas, cuentas, aguas o aceites de olor. Se podía rociar la ropa con esas aguas de olor.

La gente con poder adquisitivo alto usaba la algalia, almizcle, estoraque, benjuí, agua de rosas, inalcanzables por su precio para la gente de a pie.

—En cuanto a la historia de la indumentaria española ¿qué es lo más característico en comparación con otras naciones?

—Hay que destacar dos momentos. Uno tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XV, y afectó al armario femenino; a la saya y al brial se le cosen verdugos (aros de mimbre o de madera flexibles), dando a la falda una forma acampanada. Podemos decir que cambió por completo el vestuario de la mujer, además de cambiar su silueta, que por entonces era estilizada y delgada; un escándalo por aquellos años. Y también aparece el traje de dos piezas, gonete y basquiña, toda una revolución de la moda española. Hasta entonces el cuerpo y la falda eran de una sola pieza o llevaban una costura en la cintura.

El otro momento tuvo lugar desde la segunda mitad del XVI hasta 1650, cuando casi toda Europa vistió a la española. La dama lucía unos vestidos espectaculares sobre el cartón de pecho, que ocultaba la forma de los senos, y sobre el verdugado, que ahuecaba las faldas de forma rígida, junto con los chapines y el cuello de lechuguilla. El hombre lucía las calzas atacadas, con su correspondiente bragueta pronunciada, y el cuello de lechuguilla. Además, se pone de moda el negro, color que fue sinónimo de poder y lujo al usarse un tinte que se obtenía del Palo de Campeche proveniente de América. Este tinte carísimo daba al tejido un tono negro azulado o azul violeta oscuro de gran belleza.

el olor de la edad media

—¿Por qué la supresión de las capas provocó un levantamiento popular contra Esquilache?

—Los madrileños tomaron las calles por la subida de precios de los productos de primera necesidad, pero también porque no aceptaban las modas extranjeras que imponían los Borbones. En concreto, en marzo de 1766 se prohíbe a los hombres el uso de capas largas y chambergos (sombreros de ala ancha) en la capital madrileña, y se exige que las capas sean cortas y que los sombreros sean de ala corta que no oculten el rostro.

—¿Cabría pensar en una historia de la indumentaria de corte y otra distinta de la indumentaria popular?

—Sí, perfectamente. La indumentaria en villas, pueblos y aldeas nos muestran rasgos propios, de carácter tradicional, que a su vez podía mostrar detalles provenientes de la moda cortesana. Esta indumentaria popular, que tendría sus inicios en el siglo XV, dará lugar, en la segunda mitad del siglo XVIII, al traje tradicional español. Es en el setecientos cuando el traje nacional toma fuerza frente a los vestidos franceses que habían entrado a finales del XVII; incluso las clases altas muestran cierta atracción hacia los símbolos españoles, como fue la mantilla.

—¿Qué nos puede decir de su novela de La Bordadora?

—La bordadora es una novela histórica ambientada en una ciudad castellana del siglo XV. Es una novela que se sale de lo habitual, diferente: no hay hechos históricos, ni personajes famosos, ni aventuras legendarias, ni batallas. La protagonista es la moda. Fue una excusa para escribir sobre costumbres medievales y sobre gente normal, para acercar al lector cómo era la vida cotidiana, el día a día, en un palacio de finales del Medievo.

—¿Cómo investiga y cómo divulga su conocimiento?

—Mi metodología comienza con la lectura de libros, artículos y tesis doctorales. Después busco las fuentes primarias; es un trabajo de campo que supone ir a bibliotecas, mirar documentos de época y bucear en internet. Hoy en día en internet se encuentran la mayoría de los datos que busco. Después analizo y contrasto opiniones de gente experta.

Divulgo en las redes sociales, sobre todo en X (antes Twitter). Y tengo un blog donde escribo sobre indumentaria española y costumbres (opusincertumhispanicus.blogspot.com).

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