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“En las residencias de mayores, lo esencial es poner a la persona en el centro. Ellos tienen que decirnos lo que necesitan”

por David San Juan
2 de mayo de 2026
Mar Martín.

Mar Martín.

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En una sociedad del bienestar que presume de esperanza de vida, el cuidado de las personas mayores se hace cada vez más necesario. No sólo en sus vertientes clínica y terapéutica, también en la personal y la afectiva. Mar Martín, salmantina y segoviana de adopción, es una convencida de ello. Trabajadora y educadora social, ha dedicado su vida profesional a los mayores, sin olvidar sus incursiones en el mundo de la cooperación trabajando con inquietud misionera en proyectos sociales en Brasil, Honduras y Venezuela durante más de dos años. Desde 2015, ejerce su oficio con admirable entrega en la residencia de Cáritas, en El Sotillo, donde destaca por su infatigable actividad, su creatividad y su capacidad de mover a la gente; no sólo a los residentes, sino también a un grupo consolidado de voluntarios que la apoyan en todo lo que les pide. Hablamos con Mar de su trabajo, de la vida en las residencias y del trato cariñoso y digno que merecen nuestros mayores.

—Trabajador social y educador social son términos muy genéricos. ¿Podemos concretarlos un poco?
—De forma muy simple, trabajador social es aquel que ayuda, apoya y acompaña a diferentes colectivos: niños, ancianos, mujeres, personas vulnerables, drogodependientes, etc. en sus diferentes realidades. La educación social, que es complementaria a lo anterior, se centra en los aspectos formativos de esos colectivos: se trata de educar, de formar de una manera «informal», no reglada, dando herramientas a la persona para que avance según sus necesidades y capacidades.

Ejercicio y coordinación.
Ejercicio y coordinación.

—En la residencia en la que actualmente trabaja, ¿en qué consiste su labor? ¿Cuáles son las principales tareas que desempeña en el día a día?
—Pues muchas y muy variadas, no tengo tiempo para aburrirme. Como trabajadora social, lo primero es la atención directa a los residentes y familiares, así como recibir y dar información a todo aquel que se interese sobre la residencia. También mantengo actualizada toda la documentación relativa a la Ley de Dependencia, formo parte del equipo técnico del centro y soy responsable del programa de voluntariado, al que en Cáritas damos mucha importancia. Y también, la coordinadora del programa de trabajos en beneficio de la comunidad.

—Trabajos en beneficio de la comunidad. ¿En qué consiste ese programa?
—Es cierto que es poco conocido, pero es muy relevante socialmente. Hay diversos organismos (Ayuntamiento, Diputación, Cáritas…) que tenemos un convenio con Instituciones Penitenciarias por el que acogemos a personas con delitos leves, a las que el juez les ha impuesto este tipo de trabajos, de forma que se les da una oportunidad de ayudar a los demás. Podemos decir que es otra forma de voluntariado al que cuidamos especialmente.

—¿Y como educadora?
—En esta otra faceta, dirijo el programa de ocio y tiempo libre, en el que tienen cabida todas aquellas actividades no terapéuticas, pero igual de necesarias, encaminadas al entretenimiento y a la socialización. Y lo planteamos como un espacio abierto, en el que se involucran los voluntarios del centro y se invita a participar a los familiares. Algunas tienen carácter semanal (bingo, grupo de teatro, talleres de manualidades); otras se programan en fechas concretas o fiestas señaladas (actuaciones, proyecciones, exposiciones, juegos al aire libre…).

Santa Águeda.
Santa Águeda.

—¿Se trata sólo de ocio o se persigue algo más con ello?
—Mucho más. Estos programas no están diseñados para matar el rato: se trabajan muchas cosas que no se aprecian en un primer vistazo. Lo primero es mantener la capacidad cognitiva y después desarrollar, si es posible, otro tipo de habilidades. Por ejemplo, en el bingo se trabaja la capacidad de escucha, la identificación de los números, la manipulación y la colocación precisa de las fichas. En el teatro, la comprensión de una historia compleja, el movimiento espacial y la interacción con los compañeros: saber cuándo tengo que levantarme, cuándo hablo y cuándo me toca escuchar. En manualidades, la manipulación fina, la relajación y la reminiscencia, sobre todo entre las mujeres, que recuerdan cuando, en otros tiempos, hacían labores (de punto o de ganchillo, pongamos por caso) para la casa, los bebés, el marido, los nietos… Se comparten recuerdos y vivencias; es como si volvieran a salir a la puerta de casa a departir con las vecinas y esto les hace mucho bien.

—Lo más importante es la persona y el cariño que se le debe dar…
—Eso es. La clave es poner siempre a la persona en el centro. Es el residente el que tiene que decirnos lo que necesita y nosotros respetar sus decisiones. Al fin y al cabo, están en su casa. Y respecto al cariño, que no ha de faltar, no ha de convertirse, por exceso, en un hacer por ellos aquello que aún pueden seguir haciendo por sus propios medios. Ni decidir en su nombre, aunque a veces pueda costar mantener esta actitud. Hay que respetar su autonomía y favorecer las capacidades que aún conservan: tú puedes, yo te ayudo, pero no te sustituyo. El cariño no es sobreprotección. Pero sí es cierto que se generan vínculos afectivos. Se les coge muchísimo cariño y se les quiere mucho. Aunque a veces haya que regañarles un poquito… (risas).

—Ser trabajador social, ¿es una vocación?
—Para mí, sí. Aunque me costó decidirme a la hora de elegir mis estudios, el trabajo social ha sido el guion de mi vida. Y creo que a las personas con vocación se nos nota o se nos debería de notar: no se trata sólo de ser un buen profesional, sino de dar algo más. Yo me voy todos los días a mi casa súper contenta.

—¿Por qué?
—Porque me encanta mi trabajo, no me cuesta venir a trabajar. Me gusta dar vueltas a nuevas propuestas de actividades, imaginar su resultado. ¿Lo que más me satisface? La sonrisa que me dedican, verlos contentos, saber que están disfrutando, provocarles para que me propongan nuevos retos… Otra cosa es estar segura de estar haciéndolo bien, saber si lo que tú propones es lo que ellos realmente quieren. Al final, es su ocio y su tiempo libre, no el del educador. No hay que ser complaciente con lo conseguido, siempre se puede mejorar.

—Una parte fundamental de su trabajo es el trato con los familiares de los residentes. ¿Cómo se plantea un tema tan delicado?
—Los primeros momentos son los más difíciles, cuando acuden llenos de dudas ante la posibilidad de un ingreso que puede provocar dolor y ansiedad. Se les intenta acompañar y aconsejar, dándoles plena libertad en su decisión. Después, viene el periodo de adaptación, para la familia y para el nuevo residente, periodo que puede ser de días o de meses, según el caso y la historia de vida. Una vez la situación se estabiliza y éste se integra en el día a día del centro, todo fluye de otra manera. Después, hay familiares que se dejan asesorar y colaboran a las mil maravillas en las actividades que se les proponen y otros son más renuentes, cada caso es comprensible. Todos los familiares son bienvenidos. Para lo bueno y lo malo, la residencia es también su casa. Y en la mayor parte de los casos son un gran apoyo.

—Hablemos de un momento inevitable: el del fallecimiento de algún residente. ¿Cómo se trabaja el duelo con la familia y con el resto de sus compañeros?
—Quizá la palabra normalizar pueda parecer excesiva, pero es la que mejor define la realidad de la muerte de un interno entre los trabajadores y el resto de residentes. La muerte es parte de la vida y unos y otros la asumimos con naturalidad cuando llega el caso. Especialmente sus compañeros, es algo que llama mucho la atención. No es frialdad, es aceptar la realidad y ellos saben hacerlo mejor que nadie. En cuanto a los familiares, no es lo mismo un óbito repentino que el resultado de una enfermedad de larga duración. En ambos casos, el personal facilita las cosas al residente y a los familiares y los acompaña en todo lo que puede. También durante los cuidados paliativos, si aquellos desean que se apliquen en la misma residencia.

Celebrando San Fermín.
Celebrando San Fermín.

—Ya se ha cumplido un año del famoso apagón. Vaya susto, ¿no?
—Y tanto. Lo que en hogares y lugares de trabajo convencionales no pasó de ser una molestia o tener repercusiones leves, en una casa como la nuestra pudo convertirse en un asunto muy serio si hubiese durado más tiempo. Sin ascensor para los internos sin movilidad, sin electricidad para los aparatos de oxígeno, la cosa pintaba mal. Al final, como en otras residencias, gracias a la implicación del personal, de los familiares y de la guardia civil, bomberos y policía, todo salió bien. ¡Ah, y a los transistores a pilas de muchos residentes, que fueron en esas horas nuestra internet particular!

—No me resisto a conocer su opinión sobre los robots que ya se están introduciendo en algunas residencias y que pululan por los pasillos para la interacción con los mayores. ¿Es un avance, es un estorbo, es el futuro…?
—No tengo una opinión formada sobre ello; es algo novedoso y no tengo experiencia ni información de primera mano para valorarlo como conviene. En principio, puedo entenderlo como un apoyo para ciertas actividades o para mantener algunas capacidades cognitivas por la información que pueden facilitar. Pero, por mucho que queramos, el tacto, el cariño, el acercamiento, la mirada… los robots no los tienen. Las máquinas no miran a los ojos, no saben coger una mano. ¿El futuro? ¿Quién sabe? A lo mejor, cuando nos toque a nosotros deambular por esos pasillos, buscaremos una pantalla con patas para contarle nuestras cositas (nuevas risas de Mar y suplicante mirada al cielo de quien la entrevista).

—Háganos una somera valoración de la realidad asistencial en Segovia.
—No digo nada nuevo al afirmar que la población española está envejecida. Es algo que salta a la vista y más en una provincia como la nuestra. Cada vez la esperanza de vida es más alta y todos queremos pasar nuestros últimos años con la mayor calidad de vida posible. Cuando uno ya no se vale solo, cuando estar en la casa propia es inviable, es cuando se necesitan los recursos asistenciales. ¿Qué ocurre en Segovia? Que, claramente, las plazas en las residencias, tanto públicas como privadas, son insuficientes para la demanda que hay. Todas, cual más, cual menos, tenemos una lista de espera que en ocasiones es demasiado abultada.
En mi opinión, la Junta de Castilla y León debería ampliar los conciertos con centros privados y también construir nuevas residencias para satisfacer esta necesidad social. Además de, por supuesto, facilitar el acceso a este recurso a las familias con menos capacidad económica. Ahora mismo, la diferencia de coste entre una plaza pública y privada es muy significativa.

—El edadismo es el prejuicio o discriminación por razón de edad, especialmente de los ancianos. Salgamos de la residencia para concluir la entrevista. ¿Es la sociedad segoviana edadista?
—No lo creo, eso es mucho decir. Pero sí que me he encontrado muchas veces con comportamientos individuales insensibles con las personas mayores detrás de una mesa o una ventanilla. Si no te pones en su lugar, puedes causarles daño. Si alguien no ve bien, no oye bien, tiene dificultad de comprensión o, simplemente, no entiende el entorno digital ni unos trámites que le superan, hay que «descender» a su nivel, facilitarle las cosas. Muchas veces, basta con hablar más alto y más despacio, vocalizar, explicar lo que necesitan saber con una sonrisa. La sociedad —y la Administración, especialmente—, al igual que lo hacemos en las residencias, debería ser capaz de brindar una atención adaptada a las circunstancias de la tercera edad. Es de justicia.

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