A las afueras de Segovia, en Madrona, una parte de los residuos que salen de obras, reformas y demoliciones deja de ser un problema para convertirse en materia prima. Es la lógica que sigue Felipe del Real Llorente, gerente de AGR Segovia, una empresa dedicada a la gestión de residuos de construcción, que explica a El Adelantado cómo funciona un sector clave para cerrar el círculo de la economía circular en la provincia.
Los residuos de construcción y demolición son mucho más variados de lo que parece. No son solo cascotes. “A una planta de tratamiento pueden llegar restos de hormigón, ladrillos, baldosas, tejas, azulejos, bordillos, piedras, maderas, plásticos, metales, palés, sacos, bañeras, yesos o materiales mezclados procedentes de una obra nueva, una reforma de vivienda o un derribo. El origen puede ser público, privado o incluso particular. Una gran constructora puede llevar toneladas de material, pero también un vecino que ha cambiado el baño de casa y acude con unos sacos de escombro” explica Felipe.
El primer paso es admitir el residuo. La planta debe comprobar qué tipo de material recibe y si está autorizada para gestionarlo. No todo vale ni todo puede tratarse de la misma manera. Los gestores trabajan bajo autorización de la Junta de Castilla y León y deben cumplir con los códigos y condiciones establecidos para cada residuo. Una vez aceptado, comienza el triaje.
Ese triaje es una de las fases decisivas. Primero se realiza con maquinaria pesada, separando los elementos más grandes o impropios. “Si en un contenedor llega una bañera, madera de palés, plásticos de embalaje, metal y restos de obra, cada cosa debe salir por un lado. La madera puede enviarse a empresas que la convierten en astilla o la destinan a tableros aglomerados. El metal va a chatarreros. Los plásticos y otros materiales siguen sus propios circuitos. Y el corazón del proceso queda en los residuos cerámicos y pétreos: ladrillo, baldosa, hormigón, piedra o bordillos”, cuenta el gerente de AGR.
Una vez limpio de impropios, ese material se introduce en molinos, machacadoras y cribas. Ahí el residuo se transforma en árido reciclado. La clave está en la granulometría, es decir, el tamaño del árido resultante. Según sea más fino o más grueso, tendrá una salida distinta.
El aprovechamiento puede ser muy alto. Del Real explica que, “en peso, puede reciclarse en torno al 95% de lo que entra en una planta de estas características, porque los materiales más pesados —hormigón, ladrillo, baldosa o piedra— son precisamente los que mejor salida tienen. El resto, una parte pequeña, termina en vertedero cuando no existe posibilidad técnica o económica de valorización”.
El gran reto no está solo en reciclar, sino en que ese material vuelva a utilizarse. El árido reciclado puede emplearse en caminos, rellenos de muros, subbases de calles, aceras, explanaciones, drenajes, carreteras y hormigones no estructurales. En determinadas proporciones también puede incorporarse a usos más exigentes, siempre que cumpla la normativa y los ensayos correspondientes. Sin embargo, todavía pesa la desconfianza. “Los técnicos, arquitectos, aparejadores y constructores son quienes firman la responsabilidad de una obra, y a menudo prefieren el árido natural por costumbre o por prudencia”, señala Felipe. La ventaja ambiental es evidente. Cada tonelada de árido reciclado evita extraer material nuevo de una cantera y reduce la cantidad de residuos enterrados.

También es competitivo en precio frente al árido natural. Aun así, el mercado no absorbe todavía todo lo que se produce. “Los particulares también pueden comprar los materiales para sus reformas en nuestras instalaciones. Son similares en calidad y precio y mucho más respetuosas con el medio ambiente”, resume el experto.
Para avanzar, hacen falta varios cambios a la vez: más control administrativo sobre el destino real de los residuos, más compra pública verde, más confianza técnica en los materiales reciclados y más concienciación ciudadana. Todavía aparecen sacos de escombro abandonados en cunetas o caminos, pese a que existen vías legales y asequibles para gestionarlos.
La economía circular en la construcción no consiste solo en llevar el escombro a una planta. El paso decisivo es que ese escombro vuelva a una obra convertido en base de una acera, relleno de un muro, firme de un camino o material de drenaje. Ahí empieza de verdad la segunda vida de los residuos.
