Si tuviera que hacer un balance personal de fin de temporada, desterraría hablar de títulos ni ascensos, ni de fichajes o proyectos futuros. Simplemente deseo transmitirles cómo puede sentirse alguien vinculado con el deporte después de un curso futbolístico que empezaba muchos meses atrás, en pleno y caluroso verano.
Fatigado, decaído, desfallecido, exhausto, extenuado, rendido, molido, reventado, “hecho polvo”, desilusionado, desencantado, desengañado, chasqueado, abatido, defraudado, decepcionado, apenado, frustrado, incapaz, vulnerable, indefenso…
Es la otra parte del deporte, la que te sacude de tal manera que, a pesar de llevar décadas metido en él, no terminas nunca de dominarlo en su totalidad. Puede parecer sorprendente, pero nadie está a salvo, como cuando anuncia el gran Perico la llegada del “Tío del Mazo” con la carretera comenzando a empinarse y las piernas flaqueando por momentos.
Afortunadamente se ha avanzado mucho, y mostrar que uno no es indestructible ha dejado ya de considerarse síntoma de debilidad. Ha costado, pero aún hay trabajo por delante para desvincularse de esa imagen de macho trasnochado, impregnada en exceso de aroma de Varón Dandy.
Con el paso del tiempo se van recuperando las fuerzas. Dejas de aborrecer algo que te encantaba, las cosas comienzan a asentarse y tener sentido. La ayuda ha servido y ahora, únicamente necesitas que alguien llame a la puerta y te muestre algo con lo que ilusionarte de nuevo.
Mis mejores deseos para todos. Gracias a este diario por permitir mostrarme con total libertad cada dos semanas lo que sé (poco), creo (a veces), pienso (demasiado) y sueño (cada segundo) en torno al deporte.
