Me refiero al libro “El síndrome de Hubris” del político y neurólogo británico David Owen. Según nos cuenta, el término —arrogancia en griego— recoge una alteración conductual engarzada al poder y caracterizada por generar un ego desmedido, un sentimiento de impunidad y un alejamiento de la realidad; la autocomplacencia y prepotencia enraizada en la vanidad. Owen no lo describe como enfermedad, pero sí como un trastorno narcisista que, desde luego, tiene un buen caldo de cultivo en la política. Vale. Si esto es así entonces, un castizo diría: “¿En manos de quién está el mundo?” Y tal vez no le falte razón. Con este preámbulo, ¿en quién podríamos pensar que remotamente se asemejase a este diagnóstico? Lo cierto es que me vienen a la cabeza algunas frases y sus protagonistas. Veamos.
Trump aseguraba siendo precandidato presidencial que tenía derecho a hacer lo que quisiera y que (sic) podría disparar a cualquier en la Quinta Avenida y no perdería votos. ¡Qué exceso de personaje! Claro que Miley tampoco anda a la zaga con lindezas malsonantes que incluyen limpiar la política argentina de “zurdos” y “pelotudos” o Bolsonaro diciendo que él es el Mesías. ¡Puf! Suma y sigue, porque también la izquierda tiene su rebaño de ungidos. El Che aseguraba en la sede de Naciones Unidas: “Hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte”. Lula, en tono adanista, aseguraba que él era la semilla; la idea. Por su parte, King Jong-Un afirma que “si quieres amar a los demás, primero debes amarte a ti mismo”. Curiosa frase para alguien que ejecutó a su ministro de defensa de un cañonazo o que liquida a ciudadanos por ver la televisión de su vecina Corea del Sur y no adularle a él, el líder supremo. Putin también se apunta: “A veces es necesario estar solo para demostrar que tienes la razón» Supongo que de ahí le viene su afición a administrar polonio a los opositores… y, claro, quedarse solo.
En España también tenemos iluminados. ¿Cómo olvidar aquella frase de Franco? “Solo soy responsable ante Dios y la historia”. Pero sin duda, una de las más gloriosas y recientes ha sido la de María Jesús Montero en la campaña andaluza para referirse a sí misma en tono redentor como la mujer con más poder de la democracia y que, sin embargo, había decido venir a Andalucía. Míster Marshall de Sevilla poco después se despeñó en las urnas, supongo que por un accidente laboral. Sin embargo, Sánchez es el paradigma de Hubris, convirtiendo su ego en un faro de partido. Y lo peor es el aplauso de su entorno ante la mentira para después escucharle decir: “Soy una persona honesta que hace lo que dice”. Menos mal, señor presidente, porque si no fuera así, entonces no dormiría por las noches ¿no? Serán las cosas de tomar decisiones con el espejo.
Hubris no solo está en la política. El futbolista Ronaldo aseguraba que le tenían envidia por ser rico, guapo y buen jugador. Y de Madeira, añado. ¡Ahí queda la perla! Del mundo empresarial, mejor ni hablamos.
Voy a ir concluyendo. Invito al lector a reflexionar sobre si el síndrome de Hubris está muy arraigado en nuestra sociedad. Un narcisismo que en muchas ocasiones se apoya en la adulación y el peloteo del entorno, como en aquella ocasión en que la entonces ministra Leire Pajín aseguró que el encuentro entre Zapatero y Obama era un “acontecimiento histórico planetario” Vamos, como la Batalla de Lepanto que fue la más alta ocasión que vieron los siglos. Cervantes dixit.
En fin, la arrogancia, la paranoia, la vanidad, la ambición, la superioridad moral, la comparsa justificativa… que rodean al poder y a sus tenedores, no son nuevas, pero sí que son señales de una sociedad enferma de valores en que la identificación de los síntomas del síndrome de Hubris puede ayudar al diagnóstico. Míster Owen, en cuestiones de hipocresía y arrogancia, el cardenal Mazarino parecía un aprendiz.
