Hace 24 años, apuraba los últimos kilómetros de mi Opel Astra y el mundo era otro: acabábamos de estrenar el euro, los móviles servían básicamente para llamar, Aznar estaba en La Moncloa y Rosa, Bisbal y Bustamente disputarían la final de la primera edición de “Operación Triunfo”.
En Segovia, todavía resonaba el eco glorioso del Caja Segovia de fútbol sala y La Albuera era -y sigue siéndolo- uno de esos campos destartalados donde -hoy eso sí que ya no pasa- los futbolistas conocían el nombre de buena parte de los 400 espectadores (en tardes de buena entrada) que se sentaban en la grada del, por llamarlo de algún modo, estadio.
Hace 24 años, llegó Manu Olmedilla a la Gimnástica Segoviana y desde entonces, ha pasado dos tercios de su vida en nuestro querido Club. One-club man, que dicen los anglosajones. Hay algo profundamente hermoso en los futbolistas de un solo club -aunque éste sea modesto- y es que representan algo que el fútbol profesional y hasta el semiprofesional, está perdiendo a chorros: pertenencia. Manu Olmedilla pertenece a la Segoviana como Gárate perteneció al Atleti. No se concibe lo uno sin lo otro. Partido tras partido. Temporada tras temporada. En los ascensos y en las tardes grises. Cuando había euforia y cuando la grada estaba desierta cada domingo.
Ahora se marcha junto a Pablo Carmona que, con seis años en el club, parece que es poca cosa al lado de Manu, pero que ha demostrado una fidelidad al equipo, viniendo de fuera, que corrobora ese sentimiento de pertenencia tan especial. Por eso, despedidas así emocionan tanto; porque no se marcha tal o cual futbolista, sino que se va una parte reconocible del equipo.
Uno ha visto jugar a la Gimnástica en El Peñascal; ha visto a Maroto, a Cuéllar, a Borreguero… pero hoy en día hay padres en la grada de La Albuera que no recuerdan una Segoviana sin Manu, con hijos que no han visto una Segoviana sin Carmona. Y eso, en el fútbol de hoy en día, tiene un valor enorme.
Gracias, gracias, gracias.
