Cuando Diego Navarro Postigo (Pluma para todos aquellos que gustan de hablar de fútbol) comenzó a dar patadas a un balón, algunos empezábamos a juntar letras aporreando las teclas en una máquina de escribir. Así que, sin haber llevado vidas paralelas, sí es cierto que he tenido la oportunidad de seguir más o menos de cerca la trayectoria de uno de los grandes capitanes del fútbol segoviano.
De Pluma guardo más de una anécdota, como aquella cuando, después de un entrenamiento el CD La Granja tras su paso por el Caja Segovia de fútbol sala, me comentó que veía huecos “por todos los lados”. O una que hemos comentado cien veces en el grupo de amigos, cuando en un partido Diego, en un arranque a lo ‘Beckenbauer’ se fue al ataque con el balón controlado buscando el gol, desoyendo las voces que le daba desde el banquillo José Manuel Arribas: “¡Pluma, me c… en un p… vida!”. Obviaré comentar el desenlace de la jugada en cuestión, para no dejar mal ni a un entrenador excepcional, ni a un capitán de los que no quedan.
Porque Pluma es de esa raza de jugadores que han dignificado el brazalete desde la primera vez que lo lucieron en su brazo. Más allá de lo que en 40 años de partidos de fútbol haya podido hacer mejor o peor, con lo que verdaderamente me quedo es con el legado que deja en el vestuario. Un jugador comprometido como pocos con su club, con aquellos con los que compartía camiseta y con un hobbie que se tomó como una profesión pese a que eso de ganar dinero con el fútbol modesto es una pura utopía.
Pluma siempre defendió al equipo, en su puesto de defensa central, y en su posición de líder del vestuario. Y ahora que deja el fútbol (el federado, que del otro no se aparta) me da por pensar que ya sólo nos queda Manu Olmedilla como el último de una estirpe de capitanes que (mal que les pese a algunos) siempre pusieron, y ponen, al equipo y al compañero por delante.
