Vuelas sobre los paisajes que presenta Don Juan Manuel Santamaría cada domingo en El Adelantado. Dron analógico de fácil manejo que consiste en pasar las páginas del periódico, hasta que decides aterrizar. Ahora pura infantería. Por el jardín de Mauricio Fromkes, paraíso en diminutivo, te asomas a Zamarramala, que se abre de capa sobre el valle del Eresma con su colección de árboles y templos. Al lado de una grúa que no termina de ausentarse aparece una torre. ¿Románico ilerdense? Date: ¡San Esteban! Por Velarde, antes de pisar Pozuelo, esquina Descalzas, Santa Teresa reza en unos baldosines: “Bendito sea el Señor que con tanto cuidado mira lo que toca a sus siervas”. Puedes darte por aludido. En el Vallejo, tras dos arcos de románico diminuto, Antonio Machado tiene abierta la ventana para que salga el frío de la pensión de doña Felisa y se oye, a modo de anticipo: “La plaza tiene una torre, / la torre tiene un balcón.” Cruzas el Doctor Velasco y pun: la Plaza de San Esteban.

Desde el banco el atrio te regala una colección de arcos y capiteles a los que la meteorología no termina de derretir. Guau, la torre. Ojo al parche. El santo protomártir ha recogido las piedras de su martirio. Ni cal y canto, ni mampuesto: sillares perfectamente alineados. Zócalo de granito, cuerpo macizo al que casi no se atreve a subir una ventana. Ahora dos cuerpos de arcos ciegos. Y arcos traspasados de viento para nido de campanas: dos cuerpos de dos y la traca del cuerpo de tres. Arcos con arquivoltas y chambranas sobre juegos de columnas que se van despidiendo del románico al gótico, en un derroche de cantería hacia el cielo. Puede que el viento deje ver las barbillas del gallo, si hace girar la veleta oportunamente. Y pensar que no hace tanto todo este tesoro estuvo desparramado por la plaza por culpa de la tempestad.
Cuando las cervicales reclaman descanso vuelves la mirada al granito de la fachada del palacio del obispo. Contraste de los siglos. Ahora te empiezan a estorbar las filas de coches aparcados, tan inocentes, tan disruptivos. Al silencio de la plaza, continuamente interrumpido por un auto en busca de aparcamiento, le añadirías, como en los cuadros que rescata del olvido don Juan Manuel, ausencia de automóviles. Ya estamos fastidiando al usuario por la cosa de la contemplación.

Una dole tele catole quile quilete estaba la reina en su gabinete vino Gil y nos dejó la furgoneta porque tenía que ir a Recoletas y no quería pagar el parking. De lo cual resulta que en la foto te salen coches por todos los rincones.
Voto a bríos que esta moza de tan bella factura, la torre, digo, luciría más bella, si cabe, sin condenar a la plaza a ser un aparcamiento. Cuanto más el atrio románico y la fachada episcopal. Tampoco sobrarían otro par de bancos para no tener que esperar a que los turistas terminen de revisar sus mapas y de fotografiar.
En el entretanto que los municipales lo decretan podrían decidir las autoridades, si no mundiales, sí nacionales o autonómicas, que los coches en batería aparcaran de culo para ver venir lo que se viene, no salir a ciegas. Que ya nadie atiende al “que viene uno”, sino que, por terminar la maniobra, parece que afirman “que se espere”. No sería esta plaza la más beneficiada que hay cuestas como la de San Gabriel más provocativas.
Puedes volver al bullicio de la Plaza Mayor o alejarte por el callejón de María Zambrano que, como su propio nombre indica, te conducirá a la meditación, filosófica o teologal de las Dominicas, de La Trinidad. Entre ambas don Juan Contreras y López de Ayala, desde su bajorrelieve, te resume: “La vida es romería que/ no admite descanso. / Así es eterna el agua/ que los cantiles bate;/ así el agua se pudre/ si para en el remanso.” También puede que caigas en la tentación porque José María abre los atrases con el almacén de todas sus golosinas.
Mira, Don Juan Manuel, en qué queda la didáctica dominical.
