Mira al oeste y se imagina el mar. Detrás de la bruma, a bandas grises y moradas, las olas no habrán dejado su trajín infatigable y los buques de incontables contenedores parecerán barquitos de papel en la distancia. La humedad del aire, la brisa, el olor sucedáneo del salitre, el campo todo verde antes de llegar al horizonte. Qué otra cosa va a haber sino el mar.
Por el este una bruma semejante no da el pego. Más bien parece un manto que cubre la mole del Guadarrama. San Cristóbal, Tabanera, Palazuelos, casitas en la lejanía, no se pintan de villas marineras.
Por eso vuelve hacia el oeste. La grisura del día engrisece El Parral, difuminado en la lejanía. Crecen majestuosas las masas grises de las nubes grises que, con su lengua gris, hablan del inminente chaparrón.

No puede reprochar a los meteorólogos que la noche pasada tampoco derrochara, como anunciaban, truenos, relámpagos, airón y granizo. Porque a la tarde la venganza, además de terrible, puede venir a dar en los morros a todos los descreídos. Sí agradecer este dulce fresco de la tierra, de la hierba, riego amable, consuelo para que en abril no termine de agostarse la primavera.
Años de viajes al sur. Sentado durante horas a ver, Antonio Burgos y Carlos Cano mediante, cómo “las olas de la Caleta, que es plata quieta, rompían contra las rocas de aquel paseo que al bamboleo de aquellas bocas allí le llaman El Malecón”. Años de viajes al norte. Durante horas, desde el vértice geodésico de Suances, temeroso de que el mar, en una hipérbole, mojara los pies, mientras olas más razonables peinaban el mar hasta la playa de Los Locos.
Desde aquella excursión infantil el mar se reviste de meta. La vida, moneda al aire, le dejó en tierra castellana, como a un Delibes marinero. Entonces comenzó a reconocer olas cuando se mecía la cebada, el centeno, todavía verde, ya dorado, desde los surcos, y la bruma marina en el horizonte recién amanecido con su séquito de nielas. Mucho más que una resignación.
Ahora, pensión tiritante, diésel caro y antiguo, se conforma con este paisaje de primavera: verde, brumoso, húmedo, chispeante. La tierra firme se le hace más segura que el mar más remansado, cuanto más el oleaje que pone a los navíos verticales sobre la tempestad.
Cuando la suerte le aleje definitivamente del mar volverá a la añoranza. No de las costas siempre fabricando movimiento, llamas de agua. Añoranza del mar que se guarda tras las nubes del oeste, sin importar que ese mar, esa mar, diste pocos pasos o cientos de kilómetros. Porque allí habita la esperanza.
