Me hubiera gustado titularlo “salvar al soldado Prevost”, pero me veía obligado a poner entre paréntesis “Papa León XIV”. Los soldados de la época de Carlomagno obedecían al emperador y éste, bajo la imagen de las dos espadas, debía obedecer al Papa. Los soldados se encontraban entre el trono y el altar, es decir, entre los fusiles y las balas como el soldado Ryan de la película a la que aludo a continuación.
En 1998 Steven Spielberg recibió el óscar al mejor director por la película ‘Salvar al soldado Ryan’. Los guionistas pusieron del nombre de Francis Ryan al protagonista de esta película, basada en un hecho real. Narra el rescate de Frederick Nilan de un campo de prisioneros y el reencuentro con su familia, en la que ya habían perdido la vida sus tres hermanos, dado que los cuatro se alistaron patrióticamente para la liberación de Europa durante la II Guerra Mundial. Recupero este hecho para denunciar la simplificación que hace el trumpismo de la memoria moral del pueblo norteamericano, sobre todo cuando Trump ha decidido enfrentarse a León XIV sin calcular con responsabilidad las consecuencias de sus palabras o gestos.
Asistimos a la identificación del trumpismo con un nuevo paganismo e imperialismo mesiánico, revestido de ‘Mammonismo’ (el dios del dinero en arameo es ‘Mammon’), es decir, una teología política imperial y cesareopapista no legitimada por el derecho internacional sino por las armas y el dinero. El trumpismo no es consciente de que, en este caso, el Papa no es de Polonia, Alemania o Argentina, sino ciudadano americano.
Oyendo los discursos contra León XIV elaborados desde la Casa Blanca, uno tiene la impresión de que León XIV se ha perdido entre la retaguardia enemiga de la modernidad, los derechos humanos y el wokismo (floritura) progresista. Y tiene que ser mesiánicamente salvado. Como si el soldado norteamericano Robert Prevost tuviera que ser salvado del error, porque no es consciente de que la verdad está en el mesianismo de una supuesta ‘nueva Cristiandad’ que Trump representa.
Para ello, el mammonismo de Trump ha creado una imagen blasfema que ha dado la vuelta al mundo en la que él se considera el nuevo Mesías sustituyendo al pobre de Nazaret y al vencedor de la Cruz, pero con la aureola de los rayos del sol (el dinero y el poder prepotente) que aparecen por la mañana y se olvidan en el ocaso.
Con Francisco, el trumpismo lo tenía fácil. No sólo por su vinculación con la teología del pueblo, la justicia social o el cuidado integral de la creación. Lo tenía más fácil porque era un argentino venido del sur, casi del fin del mundo. Sin embargo, con el compatriota Prevost lo tiene más complicado porque es uno de los nuestros. La comunidad católica norteamericana es tan compleja como la española o la europea y no acepta simplificaciones paganas.
Las comunidades católicas son políticamente complejas y ya no están dispuestas a identificarse con ningún imperialismo. Con el ‘soldado Prevost’, el trumpismo tiene un problema que no es solo externo, porque León XIV propone una paz desarmada y desarmante basada en el derecho internacional; sino interno, porque tanto el nuncio de los EEUU, Christophe Pierre (llamado al orden por Elbridge Colby), como los cardenales Cupic, McElroy y Tobin le han recordado la autonomía moral del catolicismo ante cualquier mesianismo o neopaganismo imperial.
Trump viene de una cultura protestante y anglosajona, religión que está sujeta al Estado con sus iglesias nacionales dirigidas por el poder político nombrando a sus obispos y pastores al estilo franquista más rancio. El cesareopapista americano no ha conocido el concilio vaticano II e ignora que los católicos no se casan con el poder político.
La Iglesia católica busca su independencia y autonomía colaborando con las fuerzas sociales en aquello que respeta la dignidad de la persona humana. Prevost, como buen agustino, conoce la estrategia del gobierno de las dos ciudades: saber mirar adelante con la prudencia, el silencio y la seriedad del buen gobernante. Prevost como buen ratón americano, educado en la escuela de los pobres de Perú, sabe horadar las cloacas y los pies del gigante de Nabucodonosor (Trump) que se describe en el libro bíblico de Daniel.
