La audiencia que me siga ya lo sabe: siempre he sido de los que creen en los entrenadores que sienten el escudo, formados en la casa. Lo veo en Lolo Sainz y Pablo Laso en el Real Madrid; en Pep Guardiola y Johan Cruyff en el Barça y, claro, en Luis Aragonés y el innegociable Diego Simeone en el Atleti. Tipos que no solo dirigen equipos, sino que entienden lo que significan. Y que se van a otros sitios y siguen triunfando.
En Segovia tenemos entrenadores de esa clase, de los que construyen algo más que resultados: podríamos hablar de Porfi Fisac o de Pedro Rivero, pero en esta ocasión, por el momento y la trayectoria de los últimos años, toca hablar de Ramsés Gil.
Ramsés decidió apostar por este oficio de tanta incertidumbre llegando a la Gimnástica Segoviana en un momento no precisamente fácil: a mitad de temporada con un equipo, el suyo de toda la vida, en el que aparecían las urgencias, las dudas, las cuentas que no salen… Y cuando todo parecía arreglado, tuvo que sufrir hasta el último partido para conseguir la permanencia en 2ª RFEF.
A partir de ahí, ya conocen la historia: crecimiento, playoff, campeonato y un ascenso a Primera RFEF que no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de su trabajo. Luego vino una temporada valiente en la categoría, con buen fútbol y más dignidad que puntos. Y también, decisiones, inercias y azares de esos que los entrenadores no controlan y que a veces deciden destinos. Pero el deporte, como la vida, tiene memoria selectiva y devuelve (o suele hacerlo), lo que uno siembra. Y Ramsés, en su primera temporada en Irún, ha hecho campeón al Real Unión. Como si todo encajara.
Mientras tanto, en Segovia, no hace falta echarle de menos para saber que fue importante, pero sí agradecerle los buenos ratos que nos hizo pasar y que no fueron pocos. Ahora no está, pero aquí sigue.
