Me llaman Carmina, porque el nombre sobrevive al cuerpo al igual que el Ser trasciende a su forma. Muchos lectores me conocen, otros no, pero eso no importa, porque el protagonista hoy es el espacio del que surgen el resto de los elementos que conforman un mundo, a veces no conocido. Y es que, quien escribe, Carmina, siempre trató de hacerse invisible como acto natural de entrega en el enaltecimiento de mis seres amados: esposo, hijos, nietas, padres, nuera, familia y amigos.
Existe un lugar en la tierra sostenido por el amor y la entrega. No encaja exactamente en el concepto “residencia de ancianos”, sino más bien en el intento del logro del ideal de crear una casa para ellos. No es tarea sencilla armonizar la organización, a partir del vacío, de un espacio dirigido a acoger a la población más honorable de nuestra sociedad, a la más sabia en la asignatura de la experiencia, a la más diferente en cuanto a su personalidad individual y necesidades físicas, sanitarias alimenticias, sociales y de todo tipo. Resulta necesario para ello, desde una muy eficiente dirección y gestión, hasta la más excelente limpieza de la última mota de polvo, pasando por la atención y el cuidado a cada uno de nosotros, que abarque la globalidad de nuestras necesidades. El trato, tanto hacia el morador como hacia sus familiares, resulta exquisito, roza la perfección. El milagro de su armónico discurrir reside en el personal que lo integra. El secreto de su acción en los valores que los sustentan.
Sorprende el olor a paz que se percibe al entrar. Asombra que las puertas estén abiertas de par en par y que todo se pueda explorar. Eso significa que no hay nada que ocultar y que lo que hay allí dentro es veraz. La honestidad rezuma. Todo está organizado para que lo que no sirve no permanezca ocupando lugar. La fragancia a limpio perfuma el ambiente. La sonrisa, alegría y contentamiento del personal acompañan siempre. Durante la jornada, no queda un minuto para el ocio. Todos saben lo que hay que hacer y el modo de llevarlo a cabo. Una generalizada confianza en la divinidad sirve de soporte a sus actos. Se trata de valores que los más antiguos se encargan de enseñar y mostrar con su ejemplo a los que van entrando, creándose una relación natural maestro/discípulo.
Allí es posible llevar a cabo el desarrollo de una vocación admirable con la que han venido vestidas ciertas personas a esta existencia. Se trata del espacio ideal para realizar con excelencia su plan de vida. Cercanos, educados, atentos, amables, cariñosos, siempre dispuestos. Eficaces, organizados, sinceros, cumplidores, amorosos, siempre prestos. Resolutores de dudas, facilitadores de demandas, arregladores de entuertos, entendedores de personalidades muy variopintas emanadas de vidas distintas.

El caso es que, aunque cada cual navegue en su propia barca, el río de la vida no deja de ser el río. Nacer, crecer, envejecer, enfermar y morir. Niñez, estudio/preparación, producción/ reproducción y retiro, no dejan de ser etapas, puertos fluviales, por los que muchas canoas transitan. La ideología ha puesto de moda una nueva forma de vivir la vida. La fase de retiro se ha convertido en un lapso de viajes, diversión y consumo, mirando hacia fuera, que llevan a uno olvidarse de sí mismo y de la aproximación de lo inevitable. A veces, las circunstancias lo imposibilitan, entonces el barquero se frustra y el sufrimiento lo ocupa. En mi caso, la pérdida del gran amor de mi vida me desapegó de ella y me condujo hacia una fase de retiro navegada a través de la red fluvial interior, para recibir a la amiga.
Y, casi sin darte cuenta, después de noventa y tres años, que son un instante, se presenta ante ti el momento más importante de la vida: la muerte. Resulta curioso, pues la mayoría de la gente sale corriendo despavorida. Quienes trabajan en la Casa de El Sotillo lo manejan con maestría. Según venga el río, se ocupan personalmente de ello o se ponen al servicio de los familiares del barquero para facilitar ese momento de sagrado acompañamiento. Si ellos piden una manzana, les traen una fuente de frutas; si solicitan una silla, se presentan con un sillón; si requieren un abrazo, se lo ofrecen largo, amoroso y extenso; y si precisan soledad la respetan al máximo.
Se trata de un gran momento, en el que el tiempo se indetermina para desarrollarse en un espacio sacralizado. Unos días antes de su llegada, percibes que todo se va acompasando para el gran acontecimiento. Se va perdiendo el olfato, la comida no sabe a nada, la vista se dirige hacia dentro, la piel se herida y se escama para no sentir la caricia del aire, y el sonido se va alejando hasta llagar al silencio. A la vez, sucesivamente, pero casi a la vez, la tierra se entierra en su arena, el fluir sanguíneo interior se ralentiza hasta su detención, el fuego vital se convierte en brasa apagada hasta el logro de la frialdad absoluta, el aire va entrando y saliendo cada vez con más calma hasta su suspiro final, y el silencio ocupa ese espacio infinito que se encontraba comprimido en un cuerpo que ya no soportaba al Ser.
Quiero agradecer al personal de Residencia El Sotillo – Cáritas muy especialmente, el respeto y la facilitación de las circunstancias para que haya podido vivir la muerte con esta calma y esta paz. Un abrazo para todos. ¡Recordad!, aunque mi cuerpo no esté, soy Carmina.
