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EL OFICIO DE TINIEBLAS

por Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila
3 de abril de 2026
ALFONSO DE CEBALLOS 1
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RESIDENCIA EL SOTILLO-CÁRITAS

Los ‘Gavarreros’ en el siglo XVIII

Una noche en la ópera

El viejo Oficio de Tinieblas es una ceremonia litúrgica de la Iglesia de Roma que ha durado más de mil años, desde el siglo IX por lo menos, cuando reinaba Carlomagno. Otras fuentes afirman que se originó ya en el siglo V y que estaba vinculado al canto del Miserere, al cual seguía el ruido de matracas, carracas y otros instrumentos similares por parte de los fieles, que cesaba cuando el sacerdote encendía una lámpara detrás del altar, símbolo de la sepultura de Cristo y la espera de la resurrección.

Se rezaba durante la Semana Santa, los tres días del Jueves, Viernes y Sábado Santos, en las horas canónicas de maitines y laudes, correspondientes a la madrugada.

La figura central de esta peculiar liturgia era el gran candelabro de forma triangular, llamado tenebrario o saettia, con quince luces o velas. Se colocaba ante el presbiterio, para que pudiera ser visto por todos los fieles asistentes. Y a medida que avanzaba la celebración, cada una de esas quince velas se iba apagando -menos una-, siguiendo un orden preciso: de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda. Menos una: la de la cúspide, precisamente.

La forma triangular se refería a la Santísima Trinidad. De esas quince luces, once representaban a los primeros Apóstoles (no a los doce: Judas Iscariote quedaba en el olvido), y a las tres Marías. La última vela, la de la cúspide, representaba al propio Cristo, y era la única que no se apagaba nunca.

Toda esta simbología ha sido comentada y examinada durante siglos, desde el arzobispo Amalarius de Metz en el 820, al padre De Hert, en 1862. Yo seguiré algunas notas que amablemente me ha proporcionado mi buen amigo Fernando Prado.

La ceremonia comenzaba con la colocación del tenebrario ante el presbiterio, poniendo cada vela en su sitio y encendiéndolas por el mismo orden en el que luego serían apagadas.

Tenebrario de la Catedral de Segovia.
Tenebrario de la Catedral de Segovia.

El Oficio de Tinieblas incluía los elementos tradicionales de la Liturgia de las Horas: salmos, antífonas y responsorios, omitiendo cualquier cántico y destacando los contenidos fúnebres y de lamento, con el altar desnudo y las imágenes y retablos cubiertos. Al finalizar no se impartía la bendición ni había rito de despedida. La oscuridad que, poco a poco, se iba apoderando del espacio, era símbolo del triunfo de las Tinieblas, triunfo solo momentáneo, escribe el P. Fortea. La celebración se dividía en maitines y laudes, por ser esas las horas canónicas propias del Oficio de Tinieblas.

Los maitines se dividían en tres partes de oración llamadas nocturnos. Cada nocturno contenía tres salmos, tomados del Libro de los Salmos. Al finalizar cada salmo, se apagaba una de las velas del tenebrario. A continuación, se rezaba en silencio un padrenuestro. Luego se leían tres pasajes del Libro de las Lamentaciones, seguidos del canto de un responsorio, un responsorium prolixum, más largo de lo habitual.

La segunda parte del oficio eran las laudes, la oración correspondiente a la hora tras el amanecer. Cada una de las laudes se repetía cada uno de los tres días, variando únicamente los salmos y las lecturas. Se componía de cinco salmos y, al final de cada uno, se apagaba una vela. Luego seguía un versículo con antífona o responsorio y se cantaban el Benedictus y el Christus factus est. El oficio concluía con un padrenuestro, rezado en silencio, y una breve oración final, sin el Gloria Patri, por estar en el tiempo de luto de la Semana Santa.

Durante todo el desarrollo de la ceremonia, tanto de los maitines como de las laudes, se iban apagando las velas del tenebrario, quedando solo encendida la situada en la cúspide. Al terminar el Benedictus, se apagaba toda la iluminación del templo, que quedaba completamente a oscuras, iluminado solo por la vela que representaba al Cristo. Esta vela era entonces retirada del tenebrario y llevada por un clérigo hasta el ángulo de la Epístola, vuelto hacia el lado de los Evangelios. En la fase final, con el inicio del Christus factus est, el coro se arrodillaba mientras el clérigo que sostenía la vela se escondía tras el altar.

Después del padrenuestro se cantaba el Miserere (salmo 50), y finalizada la oración, el oficiante o el maestro de ceremonias golpeaban con la mano abierta el banco o el libro, y todos los presentes le imitaban, al tiempo que sonaban desagradablemente carracas y matracas, en lo que se conoce como strepitus, ruido que simboliza el terremoto ocurrido tras la muerte de Jesús.

Entonces, el clérigo que estaba oculto regresaba mostrando la vela encendida, símbolo de la Resurrección de Jesucristo, y la colocaba sobre el tenebrario. Esta era la señal de que el oficio había concluido, y luego todos los asistentes se retiraban del templo.

Este bello y emocionante ritual desapareció con las reformas del Papa Pío XII. Primeramente, en 1952 se estableció la Vigilia Pascual, que es la celebración litúrgica que conmemora la Resurrección de Jesús, y que tiene lugar la madrugada del Domingo de Pascua. Y el 19 de noviembre de 1955, por medio del decreto Maxima Redemptionis, por el que se modificó la liturgia propia de la celebración de la Semana Santa, quedó definitivamente suprimido el Oficio de Tinieblas, que como va dicho se había celebrado al menos desde el siglo IX.

Hoy día, solo es practicado por los seguidores de la misa tridentina, según el Misal Romano promulgado por el Papa Pío V en 1570, a petición del Concilio de Trento.

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