En los años 70, la privacidad era un concepto difuso que se negociaba de ventana a ventana en los patios de luces entre tendederos de ropa. No había redes digitales, sino un complejo sistema de intercambio de información analógica entre el vermú del domingo, las cartas a mano y los teléfonos con cable. Éramos piezas de un engranaje vecinal donde todo se sabía, pero nadie te vigilaba.
Nuestra libertad tenía una dimensión que hoy resultaría casi delictiva. Nos íbamos de casa con un simple «salgo a jugar» y desaparecíamos del radar adulto. Las pandillas no explorábamos: colonizábamos. La propiedad privada era una sugerencia abstracta que se ignoraba ante un árbol al que trepar, una tapia que saltar o una manzana ajena que, por el simple hecho de ser «sustraída», sabía a gloria. Vivíamos en la calle, bebiendo a morro de mangueras, compartiendo chicles y disputándole la jerarquía del barrio a los perros callejeros que alimentábamos y convertíamos en miembros de la pandilla.
El peligro era nuestro ecosistema cotidiano. Aprendimos a nadar en el río sin socorrista y jugábamos en descampados llenos de cristales, chatarra y obras sin vallar. Los tejados, muros y andamios ejercían una atracción irresistible. Tirarse en bici por cuestas sin frenos decentes o jugar a la guerra con tirachinas, piedras, castañas o carabinas de balines eran lecciones de física aplicada.
El baño era semanal, la ropa tenía remiendos, coderas y rodilleras. El peluquero rapaba, no esculpía. Tomar un poco de vino con agua y azúcar en comidas familiares o probar la cerveza en fiestas del pueblo no alarmaba a nadie. Me ahorro contarle lo que hacíamos con las colillas de cigarrillos que encontrábamos en el suelo para no estropearle el día.
Si se nos ocurría mencionar el aburrimiento, el ultimátum materno llegaba rápido: «O buscas algo que hacer, o te pongo yo a subir carbón». Así, por pura supervivencia ante la tarea doméstica, inventamos el mundo con lo que había a mano. Esa autonomía se extendía al deber. Ir solo al colegio desde los seis años, recogiendo amigos por el camino, cruzando calles con tráfico real, era lo corriente. Las aulas eran el otro frente de batalla; allí el maestro no era un coach, sino una autoridad incuestionable que te ponía firme con una mirada o con otros métodos que hoy abrirían informativos.
Sobrevivimos a travesuras que ahora se tildarían de vandalismo y a excursiones sin seguros ni protocolos. Nos rompimos huesos y coleccionamos cicatrices que no eran traumas, sino medallas de guerra que nos enseñaron a calibrar el riesgo de forma empírica. Crecimos sin agendas ni supervisión. Vivíamos en la calle hasta que se encendían las farolas.
Aprendimos a convivir con nuestros pensamientos sin entrar en pánico, capaces de pasar horas escuchando un disco sin que nada nos exigiera atención cada tres segundos. Sabíamos esperar: una semana por el siguiente capítulo de una serie de televisión o varios días por el revelado de una foto. Al postureo y al selfi le faltaban décadas para ser moda; éramos «wisiwig» (what you see is what you get).
Nuestros padres y maestros no eran nuestros amigos; confiaban en nuestra capacidad para no ser idiotas y nos dejaban lidiar con las consecuencias de nuestros actos… hasta que nos pillaban en alguna «gorda». En esos casos, el remedio aplicado no se recomienda hoy en ningún manual de pedagogía moderna, pero nos hizo competentes. Si nuestras infancias ocurrieran hoy, nuestros padres estarían en la cárcel y nuestros maestros inhabilitados.
Sin embargo, aquel salvajismo no nos dañó: nos dotó de una salud mental que hoy es, sencillamente, un lujo extinguido. Entiéndame bien, no recomiendo volver por ese camino por mucho que nuestra memoria lo haya dulcificado, pero a las pruebas me remito: nuestra generación sufrió la dictadura y la supo convertir en transición. La siguiente anda por ahí levantando muros y consolidando bloques… A alguno le vendría bien una pedrada.
