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El paraíso tecnológico y la IA

por Jorge Hernández Mollar
4 de febrero de 2025
JORGE HERNANDEZ MOLLAR
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A lo largo de la historia, el ser humano se ha visto acompañado de grandes descubrimientos que han contribuido a su propio desarrollo y bienestar físico, científico e incluso intelectual. El fuego, la rueda, la escritura, la imprenta o la electricidad entre otros, han supuesto para el hombre hitos fundamentales en su evolución a lo largo de la historia. Sin embargo, ha sido en el pasado siglo XX cuando se produjo el salto más revolucionario: el mundo de la comunicación y conocimiento se ve sacudido por la aparición de la radio, la televisión, el ordenador e internet que se escenifican en la llegada del hombre a la luna en el año 1969.  Continuando este “gran paso para la humanidad”, el hombre ha emprendido una nueva, trepidante y arriesgada aventura: el desarrollo de la alta tecnología y de la IA que parece superar todos los límites del saber humano y que plantea grandes desafíos e interrogantes en el terreno de la ética, la ciencia e incluso de la propia supervivencia del género humano.

 

Pero lo que me motiva esta reflexión no es el relato de los grandes avances tecnológicos a los que estamos asistiendo y sus implicaciones en el mundo de la comunicación, educación, el comercio o el riesgo para la seguridad y libertad de los ciudadanos. El poeta y filósofo José Miguel Ibáñez Langlois en un ensayo sobre el sentido trascendente del sufrimiento y del dolor afirma que “Hoy parece renovarse la vieja utopía del paraíso, esta vez de la mano de la cibernética, del metaverso, de la robótica y de la inteligencia artificial… el transhumanismo nos está prometiendo hoy, por obra de las novísimas tecnologías un paraíso electrónico: el triunfo evolutivo de una vida superior sin males, sin sufrimiento, sin vejez, y en su versión más radical una vida sin muerte -con inmortalidad tecnológica- y sin cuerpo: ¿una conciencia flotante en el medio virtual? Su objetivo es la supresión del dolor, aun a costa de la supresión del hombre, transmutado en superhombre de ciencia ficción”.

 

La gran pregunta que la lectura de esta interesante reflexión sobre la aventura tecnológica de este nuevo mundo y la irrupción de la  Inteligencia Artificial en la vida de la humanidad sería la de conocer cuál es el espacio que le queda al hombre para pensar y decidir por sí mismo, para no ser manipulado por los algoritmos, para realizarse y enriquecerse con el calor de la relación humana o para interrogarse sobre el sentido de su propia existencia y especialmente la que transcurre, con todas sus circunstancias, desde su nacimiento hasta su muerte. ¿No estamos corriendo ya el riesgo de deshumanizarnos intelectualmente y robotizar hasta límites insospechados nuestra mente?

 

¿Puede la Inteligencia Artificial plantearse sobre sí misma, como la inteligencia humana lo hace, acerca de las dudas o preguntas sobre nuestra existencia?: “Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza…? Éste es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir… y tal vez soñar.” ¿Habría podido escribir William Shakespeare este magnífico soliloquio de su obra Hamlet preguntando al chatGPT o al DeepSeek chino?, y no digamos del mismo Quijote, la obra universal de Miguel de Cervantes. Indudablemente hay trabajos que hoy se pueden delegar en las máquinas y de hecho se viene haciendo con efectos claramente positivos en distintos ámbitos de la ciencia y sectores productivos, pero el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Baylor, Timothy Burns, ante las actividades que cultivan la mente y enriquecen el alma se pregunta: ¿no deberíamos pararnos antes de cederlas a las máquinas?

 

¿Podríamos ser expulsados un día del paraíso tecnológico como Adán y Eva lo fueron del paraíso terrenal? “El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues tiene conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que extienda su mano y también tome del fruto del árbol de la vida y lo coma y viva para siempre” Entonces Dios expulsó al ser humano del jardín del Edén. (Génesis 3,22-23)

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