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Navalparaíso

por Eduardo Juárez
12 de mayo de 2024
EDUARDO JUAREZ 1
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El Fondo Monetario Internacional no engaña

El paso por la ciudad de Gómez de la Serna y Puig

ACCIÓN-REACCIÓN

Dice Antonio Palomo que la gente cambia el nombre de las cosas. Preocupados por el presente, por la inmediatez, parece que nadie quiere saber de la memoria que todo lo guarda. Ese recuerdo del pasado, de lo vivido, escondido en un adjetivo extraño, un verbo a medio conjugar o un sustantivo fuera de lugar tienen tanto dicho que hasta cuesta olvidarlo por muy poco que te importe lo ya concluido. Ciclistas preocupados por el esfuerzo a entregar, caminantes a quienes distrae un pino tenido, una vereda desconcertante, un arroyuelo rebelde que invade el paso; trabajadores demasiado concentrados en cumplir con una obligación mal pagada y apresurada; funcionarios sometidos a un sistema que apisona toda voluntad de perseverancia con lo debido; docentes esclavizados por currículos impuestos desde políticas inciertas con el futuro y cainitas para el pretérito; políticos infames comprometidos con un mañana imaginado en su composición lamentable del presente; todos ellos y muchos más pervierten una y otra vez ese legado inscrito en cada topónimo arraigado en el bosque y el roquedal, en la majada y el descansadero, llevando el esfuerzo de Antonio y Eusebio, Tomasele, Rufino y tantos otros, otras, a la nada; pues en nada queda toda esa memoria plantada en sus mentes tras días eternos dedicados a un denuedo que, al parecer, no ha servido más que para quebrar los costillares una y otra vez, acarreando la penúltima carga de leña en la majada Pascual, pastoreando vacas y caballos, ovejas y cabras por Navalesquilar.

Sentado en el patio delantero del restaurante que regenta Mercedes, el Palomo se queja amargamente de su pesar; ese que no le deja contar a los chiquillos dónde están las Peñas Lisas o el Vado de los Arrastraderos, la Espera del Rey y hasta las viejas Pasaderas del río Valsaín, más allá del Salto del Olvido que trajo a Federico Cantero Villamil a soñar un Real Sitio más eficiente, iluminado y con suficiente agua para compartir entre vecinos sedientos en verano y turistas enamorados del correr monumental de las aguas en el jardín del Rey. Negando una y otra vez con la cabeza, lamentan esos mis mayores el ayer perdido en la novedad ignorante que nada deja para la reflexión de generaciones pasadas, entregando un patrimonio intangible que, paso a palabra, día a año, va dejando huérfano al bosque de pastores de árboles, guardianes del río, protectores del vergel segoviano que tanto ama mi Compadre, el Sr. Bellette.

Afortunadamente para Antonio y su lamento, aún quedan espacios en el bosque imposibles de roturar con ese olvido institucionalizado que tanto daño hace al mañana venidero. Cruzadas las piedras pasaderas donde tantas veces pescara Cipri truchas con una triste escoba medio encordada, surge un estrecho sendero de terroso aspecto, aplastado su caminar tanto por caballos pastoreando, ganado presto a soportar un estío aterrador y algún que otro gabarrero más preocupado por el deleite que por las roñas regaladas de un robledal caduco. Remontando ese paso por encima de la cacera que roba agua al río para alimentar la vieja casita que construyera Carlos III al inepto de su hijo mayor, aparece un inmenso pradal de verde yerba incólume al paso de las ganaderías. Metido en rebollo retorcido por encima del peñascal que acuna el meandro asomado al puente del Anzolero, el monte se empeña en hacer honor al nombre merecidamente recibido. Mientras la retama intenta romper la dulzura del verdor con una amarillo apastelado que ya quisieran haber conocido Renoir o Van Gogh, las gloriosas peonías explotan por doquier en una orgía de color inmaculado.

Allá por donde uno camina, los bulbos adormecidos por un invierno de diez meses compiten en captar la mirada de todo lo que por allí transita. Tejones perplejos, corzos impactados, conejos ralentizados y búhos diurnos no dejan de admirar el espectáculo que aquel paraje regala a quien allí sabe llegar. Abiertos los capullos en solitaria mata escondida tras un tronco revirado, mostrando la cara por detrás de la mata de tímida jara medio seca e incapaz de competir con su blanca flor de amarillo corazón; arremolinadas en batallones apretados de rosa violáceo metido en tonos azules imposibles, las peonías divinas de Navalparaíso no dejan de recordar a todo quisque lo importante que es comprender el porqué de un nombre ligado a un espacio ancestral. No me imagino quién pudo ser aquel primer paisano en descubrir el bosque estacional de las peonías de Valsaín a la sombra del viejo cerro de Matabueyes. Si buscaba nada y encontró algo, no lo sabría decir. Que de afortunados encuentros poco o nada se puede asegurar en esta vida incierta, sobre todo en lo que atañe a edenes ocultos, perdidos, desconocidos, intachables en cuya búsqueda se deba empeñar una vida. Aunque estoy seguro de que, de haber un Paraíso en esta tierra, se acuesta y levanta con las peonías en flor una mañana de rocío terso, sol adormecido y brisa serrana medio fría, medio despierta. Allí petrificado, impertérrito ante la belleza de una naturaleza indescriptible, seguro estoy de que mi ancestro se sintió en aquel paraíso del que muchos se esfuerzan en describir y ninguno en practicar. Viendo la mañana llegar entre el hozar de los jabalíes desperezados por el frío amanecer, el deber inconcluso, congelado por el incierto final, ese vecino pasado, vecina sensible y enamorada de una belleza que nunca se esconde, tuvo a bien bautizar aquel aquelarre de los sentidos con el más bello de los topónimos albergados por un bosque de eterno vivir.

Sentado en el brocal de una fuente recién concebida, escuchando con mi querido amigo el discurrir errático de una escorrentía perenne e inagotable en su cadencia, siento que aquel paraje sin parangón acabará por helarme el corazón una vez más, dando la razón de nuevo al Maestro Antonio Machado, pues siempre habrá un España que lo consiga; mas, en esta ocasión, será un hielo azulado de placer inmenso, metido en ese rosetón radiante y delicado, dulce y terso que regalan los amaneceres tardíos entre la loma acolchada y el vallejuelo recóndito que duerme en Navalparaíso.

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