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Los Himplados

por Fernando Ayuso Cañas
5 de abril de 2024
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En el periódico impreso de mayor tirada de España, el escritor Luis Landero publicó el 18 de noviembre de 1990 un extenso artículo titulado Los Tumbados. Es fácil encontrarlo en internet. El asunto daba para mucho más, por lo que después publicó el libro Tumbados y Resucitados.

Para los que en aquel tiempo conocimos de cerca la figura del tumbado, ese artículo fue una gran aportación sobre este fenómeno que hasta entonces algunos creíamos excepcional.
A pesar de su éxito, Landero no destinó ningún artículo a otros sujetos estereotipados que se hacen notar sobre el común de los mortales, sobre todo en los grupos sociales pequeños, como son los de los pueblos.

Este es el caso de los himplados.

En las conversaciones informales de las vecindades se pronuncia, a sabiendas de su incorrección, sin la d final: himplaos, y así se nombrarán aquí para reflejar ese lenguaje informal de la calle. De igual forma, se emplea como genérico inclusivo, por lo que este término abarca todo el arco de sexos en su infinidad de combinaciones, incluidas las inexplicables y las imposibles.
Etimológicamente este término lo registra el DRAE con múltiples significados que, en su mayor parte, no coinciden con el consensuado en las conversaciones que he escuchado. Sin embargo, con toda probabilidad tiene relación con la primera acepción del término hinchar: hacer que aumente de volumen algún objeto o cuerpo, llenándolo de aire u otra cosa. Y, sobre todo, con la octava: envanecerse, engreírse, ensoberbecerse. Con ambas nos quedamos.

Los himplaos son los fuegos fatuos de la vacuidad. Un arquetipo humano que medra en cualquier parte del mundo, incluidas las selvas, desiertos, casquetes polares, megalópolis, aldeas de escasa población… y en cualquiera de las culturas y grupos sociales.

Es cierto que en los grupos pequeños y en poblaciones de menos de 400 almas, a los himplaos se les conoce mejor, forman parte de lo consabido y el control social que opera en estos entornos estrecha bastante sus campos de acción, su despliegue.

¿Cómo se les detecta? La primera consideración es la de no confundirlos con los exhibicionistas, los engreídos, presuntuosos o similares. El exhibicionismo se basa fundamentalmente en la ostentación de algo: objetos, saber, belleza, poder, dinero, clase social, éxito… es más bien una patología causada por la obsesión.

Bien, pues, analizadas las peculiaridades más definitorias de este arquetipo, se concluye que su personalidad es simplemente una forma de estar en el mundo, por lo que el himplao no necesita ningún recurso de los empleados por los ostentosos para elevarse sobre los raseros de la gente común. Simplemente se coloca, como de forma natural, en un nivel intelectual superior, y ahí desarrolla un comportamiento que pronto muestra su deriva fundamental: la de que, ante cualquier circunstancia o cuestión, dan a entender con su actitud que ellos están ya de vuelta.

La primera impresión que produce un himplao cuando se le trata de cerca, es la de que no ha soltado el aire convenientemente: bien de la digestión, bien de otros procesos. Con todo lo que ello supone. De ahí la primera acepción del DRAE, idónea para ubicar el concepto.

Sin embargo, no sabemos si la incomodidad que declaran sus rostros se debe a temas de gases o a la contrariedad que les causa relacionarse con seres vulgares. Así es como nos contemplan ellos desde su atalaya.

Estos sujetos se perciben a sí mismos, y así se muestran, como respaldados por un derecho natural o un fuero otorgado por alguna deidad que les eleva a un estatus social exorbitante, a mucha distancia del resto. ¿En qué sentido? En cualquiera. Cualquier rasgo propio que les guste, puede desencadenar el himple: por percibirse como más guapos, más listos, más altos, mejor presentados, más elegantes, mejor hablados y, por supuesto, como más ricos. Sí, como más ricos, porque ellos saben administrar, gastar y disfrutar de lo que tengan, sea poco o menos, notablemente mejor que los demás. Muchas veces nos recuerdan los peores patrones de la rancia hidalguía.

Tratados en corto, se constata su especialización en proyectar un halo que impregna el ámbito del grupo en el que se encuentran y que consiste en que ellos, por una gracia concedida, por una iluminación celestial exclusiva, tienen en este planeta un cometido, siempre indeterminado pero de alto valor, que está muy por encima de los afanes del resto. Ellos están en este mundo para obtener la verdad de las cosas, poner en su orbe un poco de armonía y clarividencia, mientras el resto, la plebe, brega en cometidos vulgares, gastando vidas intrascendentes, insustanciales y prescindibles.

En consecuencia, su comportamiento constituye un compendio de arrogancia, por lo que en este punto conviene advertir que, a menudo, la arrogancia es la cáscara con la que se cubren las personas débiles y humilladas.

No suelen ser los primeros en saludar, ni se dignan a saludar a cualquiera, aunque lo conozcan. Mucho menos entablar conversación, si bien ante los que ellos consideran de clase superior a la suya, himplaos o no, adoptan una actitud más propia del vasallaje. Si dirigen su mirada a la plebe no se fijan en nadie, y sólo están pendientes de ellos mismos. Rechazan el encuentro visual, pero, cuando lo hacen, observan a los demás desde su cúspide, desde lo que ellos perciben como una cima personal y desde ella te miran como un monte mira a un arroyuelo que corre a sus pies. La imagen que de sí mismos difunden es la de la auto complacencia por vivir dentro de una llama dorada.

Pero no son intrépidos en actos sociales, no se ponen en primera línea; más bien controlan y dosifican sus brillos; parece que manejan reguladores de intensidad lumínica. Se trata de un comportamiento condicionado por su inseguridad; prefieren dejar que todo fluya, o se despeñe, mientras ellos iluminan el pequeño espacio de la burbuja gaseosa en la que habitan.

No están agraciados con un saber superior pero manejan mecanismos psíquicos muy antiguos que sustituyen a la inteligencia.

Aunque en sus afirmaciones acuñan un sello de llevar razón en cualquier caso, porque están de vuelta, tampoco les gusta llevar la voz cantante; prefieren escuchar hasta el momento en que ellos puedan cerrar el tema con un remate solemne a modo de conclusión fijada por un sínodo de jurisconsultos.

Aunque están relacionados con los soberbios, por cuanto si cualquier soberbio es un himplao, no todos los himplaos son soberbios ni adoptan los modos y la impertinencia de éstos.

¿El himplado nace o se hace?

Es la pregunta inevitable.

Pues las dos cosas. En cuanto a los de nacimiento, el que nace himplao, ya lo es para toda la vida. Ningún suceso, por fuerte que sea, le va a relajar. Y luego están los sobrevenidos, los que se han transformado durante su periodo de socialización por causas variadas. Cuando en una sola familia salen varios himplaos, está claro que vienen así de fábrica, porque estadísticamente no es posible tanta concentración.

A los genéticos se les distingue con cierta facilidad incluso a simple vista. Debido a que se crean por una determinación molecular primigenia, esos modos no son adquiridos, sino connaturales a su desarrollo y desenvolvimiento, los modos vienen a ellos y no al revés. Por eso los dominan de forma espontánea, sin ningún esfuerzo ni ayuda especial. Sin embargo, en los sobrevenidos, a menudo debido a algún éxito, real o figurado (recordamos aquí que, como afirmó Oscar Wilde, un tonto nunca se recupera de un éxito), han de ejercer en cada momento esta faceta incorporada. Y claro, como es imposible forzar a tiempo completo, se cansan, desfallecen y enseguida muestran, involuntariamente, su artificio, su talón de Aquiles.

Socialmente a los genéticos, aunque son también responsables de su dislate, porque tiempo han tenido de subsanarlo, se les tolera mejor, por cuanto son de nacimiento. Todos espantan, pero los sobrevenidos a menudo se vuelven insoportables. El rechazo manifiesto que suscitan, en caso de percibirlo, lo suelen atribuir a la envidia o a la ignorancia; de este modo se mantienen atrincherados e inamovibles.

Salvo el origen, comparten mucho de todo lo demás. Comparten primordialmente el destrozo del principio de Arquímedes: todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso del fluido desalojado.

Comprobado está que desalojan, eso sí, pero el empuje que experimentan debería ser hacia abajo, por el rechazo que causan, pero no. Arquímedes no trasladó a los humanos su experimento con los objetos.

Antídoto

Malas noticias.

Si estos tipos existen desde siempre y están por todas partes, mejor no descartar que alguno pueda acompañarnos en según qué momentos.

Para el común de los mortales, es difícil mantener la serenidad y el buen juicio cuando se comparten espacio y tiempo con ellos. Lo mejor es evitarlos. Y si no se puede, nunca jugar a lo mismo que ellos porque nos llevan mucha ventaja. Nunca discutir con un arrogante, porque te llevará a su campo y ahí te vencerá por experiencia.

Algún arte del toreo puede resultar oportuno. Ponerse de lado, evitar las embestidas y mantener una calma mineral hasta que, llegado el momento apropiado, se pueda aplicar una estocada certera en su línea de flotación.

No es una solución definitiva. Ellos se recuperan, pero al menos, se les habrá inoculado un germen de inseguridad que debilite en algo la plácida y terca impostura de su existencia.

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