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Paulina

por Mario Antón Lobo
11 de septiembre de 2023
MARIO ANTON LOBO
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ARTURO Y CÍA

Y el sueño se hizo realidad

Provinciales

Ando algo contrariado estos días porque en la boda de Paulina no le están dando bola a Don Daniel, su padre. El otro día fueron a visitar la casa donde van a vivir los recién casados y el hombre, Don Daniel, no encontraba ningún rincón en ella que estuviera destinado a ser su habitación. A mí me habría parecido hasta normal, el casado casa quiere. Pero considerando que el novio se trae a vivir con ellos a su hermana soltera y que ha llenado la casa con los muebles de sus padres, me malicio que ya estamos con otro caso como el de Rebeca, y por ahí seguido.

El colmo ha llegado cuando el vestido y ajuar que preparaba Paulina para su boda ideal (blancos, transparencias) se ha trocado en un terno negro de hirsuto acomodo.

Don Daniel ha ido a la misa de boda todo el rato mirando desde el carruaje las yerbas, que, como todo en Gabriel Miró, son una fantasía: centaura, cardencha, cardo de flor gorda, matricaria, bellorita, estelarias y alguna más, con sus correspondientes pompas de adjetivos y circunstancias en un generoso párrafo de diecisiete renglones.

Ah. No os lo había dicho. Es que estoy leyendo, por fin, Nuestro Padre San Daniel, de Gabriel Miró. De las muchas tareas que tengo pendientes y pospuestas para la jubilación esta es una. Han tenido que pasar cinco años y casi una vida desde que leí aquel placentero Figuras de la Pasión. Ya veía que no llegaba. Porque no faltan entretenimientos, cuando no obligaciones.

Así que me está poniendo el don Álvaro, con eso de no tratar como se debe a la buena de Paulina, que ni el beso de Rubiales, ni las condiciones de Puigdemón. Claro que, mirado de otra manera, a mí mi madre me impuso que invitara a sus hermanos para mi boda, mi primo me trajo un burro para que subiera a él después de la ceremonia, y otro invitado gracioso contrató a un dulzainero para hacerme bailar la jota, cosa que no es que deteste, es que no tengo piernas para esas jerigonzas. Pero, amigo, en cuanto me casé, ha ido siendo más fuerte la voluntad de hacer lo que nos diera la gana a Pili y a mí, que el parecer, las sugerencias, si no las tendenciosas imposiciones, de los demás, incluida la familia. Aclaro: todavía no tengo nietos, quienes, a lo que se ve, cambian las convicciones arraigadas por dulces concesiones.

Porque puede que volvamos a las tribus antes de que cambie la ley electoral, que la inflación sobreviva a la palabrería del gobierno, que se acaben los coches de gasolina, que tenga que cambiar la caldera de gas por no sé cuál otra, suponiendo que en el 2035 estemos vivos. Lo siento, me afecta de un modo irremediable. No puedo cambiarlo. O no voto, y eso da toda la responsabilidad a los ganadores. O gana el partido al que no voté: a ver cómo demuestro yo mi talante democrático. Pero que, una vez que traspaso la puerta de mi casa, me digan lo que tengo que hacer… Eso sí que no. Ya le pueden ir dando a El Capital de Marx o a Las moradas de Santa Teresa, por poner dos ejemplos extremos y desconocidos para mí, que yo me remito a unos de mis ídolos literarios: “Dentro y fuera de mi casa me pongo el sombrero como me da la gana” que tradujo León Felipe, por resumir; no os voy a transcribir ahora todo el Canto a mí mismo de Walt Whitman. “Siempre has hecho lo que te ha dado la gana” me dicen. No sé si es un reproche o un halago. Siempre he intentado hacerlo, corregiría. A veces sé callarme.

Yo sé, mejor que otros, y no desde hace mucho, que dentro de poco, como decía mi amigo Ángel Muñoz de Pablos, quedaré en nada, como antes de que apareciéramos aquí. Si pudiera llorar un poco a lo mejor licuaba esta sensación de cabreo. Pero me salen al encuentro renglones que me piden palabras. Se me ofrece la guitarra, ayuna de notas nostálgicas. Y la máquina de fotos me lleva a las puestas de sol desde el cementerio. Así voy tirando.

Hoy me ha cabreado el abusón de don Álvaro, que deja al pobre don Daniel huérfano de hija, de familia. No dejo de leer porque Gabriel Miró me fascina con su prodigio de enumeraciones, por su vocabulario antiguo y preciso, por sus retratos y paisajes tan bien dibujados. Sí. Sería la misma reacción que cuando me llevaron al hospital o cuando me caí de la moto o cuando… esto no está pasando. Dejo el libro y en paz. Así me gustaría irme: cerrar el libro y se acabó la novela.

Pero mi novela también afecta a más personas. Ni puedo cerrar el libro ni prescindir del final.

Tendré que terminar de leer Nuestro Padre San Daniel. A ver si se arregla algo. De no ser así, sé que las horas invertidas me habrán proporcionado un placer que yo quisiera para el resto de los lectores, alumnos y ciudadanos en general, porque disfruten, porque aprendan, porque no besen sin acuerdo ni dejen subir la inflación, ni disfracen sus vanidades de nacionalismos, ni llamen a los parados fijos discontinuos, ni…

Ah. ¿Estoy mezclando churras con merinas? Cuando intento ponerme sutil me desvió de las fuentes. Es lo que tiene un libro: te cabrea, pero no te riñe. Voy a seguir leyendo.

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