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El rey decapitado en el Palacio de Valsaín

por Eduardo Juárez
19 de septiembre de 2021
EDUARDO JUAREZ 1
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Inquiriendo acerca de la documentación existente en el Archivo Histórico Municipal del Real Sitio, me contaba la profesora de la Universidad de Valladolid, Asunción Carrera de la Red, la visita con parada y almuerzo en el otrora magnífico palacio de Valsaín del que habría de ser Carlos I de Inglaterra y Escocia, por aquel entonces Príncipe de Gales. Al parecer, aquel regio heredero inglés nacido en Escocia había gastado más de seis meses en nuestro país negociando su matrimonio con la infanta María Ana, hermana menor del llamado Rey Planeta, Felipe IV, cazador de los últimos osos vecinos de este Paraíso pocos años después de la citada visita.

Enviado a España por su señor Padre, Jacobo I, y su amante, el primer Duque de Buckingham, George Viliers, de quien aseguraban ser el más hermoso cuerpo de Inglaterra y cuya totalidad amaba fogosamente el monarca inglés a decir de las cartas que ambos intercambiaban y que aparentemente ignoró Alejandro Dumas mientras escribía su novela más famosa, Carlos acabó por estrellarse contra el farallón del catolicismo imperante en aquella España de negras sedas y blancas lechuguillas a juego con caras empolvadas de ese fino y perverso puritanismo que todo lo esconde, que todo lo retuerce. Que uno podía rebajarse hasta desposar a una infanta española, asumiendo por el camino la compañía de una monarquía hegemónica a la que plegarse, pero de ninguna manera podría aceptar la renuncia a la confesión cristiana anglicana inventada por su antecesor, el pérfido y sifilítico Enrique VIII, para poder divorciarse de otra infanta española, Catalina de Aragón. De haber renunciado a su confesión, habría cometido el mismo error del que siempre se arrepintió Victoria Eugenia de Battenberg, quién se bautizó el 7 de marzo de 1906 en San Sebastián para casarse con Alfonso XIII, asumiendo unas costumbres sociales ajenas por completo a aquellas que le formaron como individuo y que tanta controversia habían levantado en esa Inglaterra de luteranos, calvinistas, anglicanos y católicos enfrentados, todos ellos peligrosamente observados por los puritanos que habrían de liderar el infame Oliver Cronwell, Thomas Fairfax, Henry Ireton y John Pym.

Sea como fuere, aquel intento de unir España e Inglaterra mediante un matrimonio concertado fracasó en la pila bautismal, por lo que el estéril cortejo hubo de volver hacia Santander, donde esperaba la armada inglesa para devolver a Gran Bretaña al novio despechado, al bello valido asistente y todas las calabazas solícitamente regaladas. En el paso de Madrid hacia Segovia acabaron por llegar al palacio de Valsaín en el verano de 1623, dos años antes de que falleciera Jacobo I y que aquel príncipe ofuscado, quien trataría de declarar la guerra a España por la afrenta recibida, fuera coronado en la abadía de Westminster.

Llegado a nuestro Paraíso desde el puerto de la Fuenfría y pasado el Albergue Real que ordenara construir Felipe II a la sombra del Montón de Trigo, fue recibido en el patio enlosado de Valsaín. En compañía de Manuel de Acevedo y Zúñiga, conde de Monterrey, Diego Sarmiento Acuña, conde de Gondomar, el cardenal Antonio Zapata, sobrino nieto de Cisneros, y Gastón de Moncada y Gralla, marqués de Aytona, hizo Carlos Estuardo entrada por la granítica puerta porticada de Valsaín el 13 de septiembre, hace ya 398 años, para almorzar apresuradamente y partir a las 3:30 hacia Segovia.

Y sentado entre las ruinas de aquel palacio que fue y parece que nunca más será, viendo el cielo tenebroso descargar agua que alimente el verdor sin fin que a buen seguro aquel inglés asqueado ni siquiera percibió, este humilde Cronista no deja de pensar en lo caprichosa que es la historia que nos gobierna, capaz de enseñarlo todo y de ocultar, en el mismo envite, el camino claro que nos ha de llevar a buen puerto. Quién sabe si el príncipe de Gales, sentado en el mismo mojón que quien suscribe estas líneas, poseído por el deleite de un entorno que, de arrebatador, lo encandila a uno con una sola mirada, hubiera desoído al falaz duque de Buckingham y, aceptando la condición impuesta por el Conde-Duque de Olivares, no se hubiera casado dos años más tarde con Enriqueta María de Francia, hija del primer Borbón sentado en el trono traspirenaico, impulsor de la condenada ley sálica. De haber aceptado aquel bautismo probablemente habría desatado el huracán que latía adormecido en esa sociedad británica aplastada por el resquemor de la frustración que todo lo reprime. Quitadas las máscaras que asumían la homosexualidad del rey, pero no la libertad religiosa, ese pobre Carlos I que fue de Inglaterra y Escocia, hubiera tenido que soportar las fatigas de una guerra de religión como habían hecho años antes los franceses, pero conservando la cabeza sobre los hombros e impidiendo la dictadura fundamentalista de Cromwell y los Roundheads de tan infausto recuerdo para los pobres irlandeses.

Condenado a muerte y decapitado el 30 de enero de 1649, Carlos I engrosó la corta lista de monarcas juzgados y ejecutados, como su señora abuela, María I de Escocia, Luis XVI de Francia o Nicolás II de Rusia; ese mismo fúnebre corolario al que los españoles nada podemos aportar, a pesar de haber tenido una plétora de candidatos maduros para ello; esa madurez en la perfidia lograda por aquellos, aquellas, de infausto recuerdo, que nunca ha alcanzado el clamor preciso para superar el miedo al peso del pasado en el sentir de este santo País, más preocupado siempre por las formas, por los resultados, que por los palos de un sombrajo siempre amenazando con caerse. Jamás hemos cuestionado el poder, sino su ejercicio y, por ello, hemos visto cómo la monarquía y otras atávicas tradiciones se han perpetuado más allá del lógico cuestionamiento democrático de las estructuras básicas que sustentan el Estado, recetando aquella medicina foránea a todos los que, incautos, decidieron dar el paso de mover el sombrajo, los palos o, tan solo, de tratar de acercar la sombra al común.

Para todos ellos, el tajo acabó por recortar teorías y reivindicaciones a la altura del gañote, como finalmente experimentó ese rey despechado que una vez comió en el palacio de Valsaín.

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