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Carlos Arnanz Ruiz (*) – Del telegrama al whatsapp

por Redacción
26 de abril de 2019
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A Marisa, Jerónimo y demás compañeros de Telégrafos, con el mayor afecto. También a la Asociación de amigos del Telégrafo en su XV aniversario.

La telegrafía eléctrica se inició en España en 1854 y el 22 de abril de 1855 nació El Cuerpo de Telégrafos con la flamante vocación de servicio público. Se han cumplido, pues, 164 años de esta efeméride. Con la creación del Organismo Autónomo Correos y Telégrafos en 1993, Telégrafos, propiamente dicho, inició una nueva etapa, condicionada por las tecnologías emergentes.

Los integrantes del Cuerpo de Telégrafos, en el que permanecí 35 años hasta 1993, celebrábamos cada 22 de abril nuestra fiesta principal. También lo hacíamos el 25 de julio, Santiago Apóstol, pero con menor solemnidad. Por estas razones, a la fiesta del 22 de abril la llamábamos San Telégrafos.

Desde 1993 los telegrafistas ya no celebramos nada, porque Correos tiene por patrona a la Virgen del Pilar. Sin embargo, conviene subrayar que el 6 de mayo de 1974, los telegrafistas de toda España, hicimos a esta imagen la ofrenda de un manto recibido por el Obispo de Zaragoza. Se quiso con ello estrechar la relación entre ambos Cuerpos basada en la que también existe entre los fundamentos originales de El Pilar y Santiago.

Así, pues, el TELEGRAMA ha sido sustituido por el SMS y el WHATSSAPP, cuyos usuarios, que yo sepa, carecen de patronazgo. Y con la falta de vigencia de Telégrafos, telegrafistas y telegramas, no hay celebraciones. Algo queda, pero lejos de lo que fue.

Hubo, pues, un tiempo en el que los clientes del Telégrafo, eran considerados por el reglamento de éste, como usuarios o expedidores. Y acudían a las ventanillas de las oficinas telegráficas para depositar en ellas sus mensajes. Poner un telegrama, se decía.

Preferentemente se cursaban asuntos mercantiles, familiares (felicitaciones en onomásticas y en Navidad), notificación de fallecimientos y los subsiguientes pésames…O casos insólitos como el de cierta dama que con el invariable texto de “el pájaro voló” indicaba a su amante que el esposo había salido de viaje.

Otros telegramas tenían que ver con asuntos oficiales expedidos por las delegaciones de los ministerios, la Guardia Civil o también el imponderable giro telegráfico, muy apreciado por su eficacia.

Los estudiosos de la telegrafía consideran al Morse como el sistema telegráfico por antonomasia. Y trabajando en Morse, estrené mi vida profesional como telegrafista a mediados del siglo pasado en Segovia.

El Morse era un sistema muy seguro. Tan seguro que permitía cursar mensajes, aun con los errores cometidos por telegrafistas con el alfabeto Morse mal aprendido. Las tormentas, por su parte, inducían los hilos produciendo interferencias. También algunos trenes. Pero estos y otros inconvenientes se solventaban con intuición, sentido común y profesionalidad. El aforismo de “supla con su celo las deficiencias del servicio” era de una aplicación muy frecuente.

Un telegrama recibido con las señas erróneas solía entregarse en la mayoría de los casos, porque para ello se contaba con el concurso de un “sabio”. Solía éste ser un funcionario veterano, con gran experiencia en reparto y conocedor de la vida y milagros de “la clientela”.

La transmisión en Morse se componía de una pulsación simple que equivalía a un punto. Una pulsación doble en el tiempo, una raya. La combinación de puntos y rayas formaba las letras del alfabeto Morse. Una a, punto y raya. Una b, raya y tres puntos, etc.

Por otro lado se hacía necesario abreviar los textos, como ahora ocurre con los mensajes que se emiten desde los móviles. La cara sonriente de un emoticono es un ejemplo equivalente no ya de una abreviatura simple, sino de una frase entera.

Gracias, gcs; adios, ads; recibido, recu; telegrama, tg; Giro Telegráfico, GT; Segovia, Sg; Madrid, Md; felicidades, fds, eran algunas de estas abreviaturas. Pero las incidencias se resolvían con todo un código: RAJAJ quería decir que “El destinatario de este telegrama es desconocido”. En otros casos se especificaba si eran las “señas insuficientes” o “el destinatario marchó sin dejar señas”. RAFUJ, RAJFU, etc.

Las simplificaciones también valían para los nuevos sistemas que sucesivamente fueron introduciendo teclados o el universal de las máquinas de escribir, presente hoy en los ordenadores. Sin embargo y a la hora de entregar a un destinatario un telegrama, debía éste de aparecer fielmente expresado: “Desde Segovia te deseamos muchas felicidades”.

El Morse consistía esencialmente en un manipulador, conectado a una pila, que, impulsado con la mano, emitía corrientes que traducía un receptor. Este aparato funcionaba mediante un mecanismo de relojería al que había que dar cuerda. Una lenteja impregnada en tinta marcaba sobre una cinta de papel los puntos y rayas de las transmisiones o lo que es igual, las letras del alfabeto Morse.

En la marina estas señales se hacían con pitidos. Pitido corto, un punto. Pitido algo más largo, una raya. Y esto se recibía “a oído”. Mas, también en Telégrafos, “recibíamos a oído” los sonidos que producía una armadura metálica al ser atraída por un electroimán.

Si se trataba de un punto la armadura hacía tic-tac en un segundo. Si se trataba de una raya, la armadura tardaba un poquito más en retroceder y hacía entonces un tic–tac más distanciado. Cuando se producían averías en los hilos, nos comunicábamos de esta manera, a oído, como también las llamadas: SEP, SEP, SEP, varias veces, Sepúlveda; SR, SR, SR, varias veces, San Rafael.

Los receptores Morse llevaban incorporada esta armadura. Y hubo telegrafistas que escuchaban sus sonidos sin leer la cinta con las letras en Morse impresas. Por lo tanto, transcribían los telegramas “a oído” con una fiabilidad del cien por cien.

Siendo el Morse tan artesanal, existía una notable diferencia entre unos telegrafistas y otros. Algunos destacaron de tal manera que participaron en concursos nacionales e internacionales obteniendo premios importantes.

Por mi parte, puedo decir que fui un telegrafista normalito, ni torpe ni brillante. Tal vez pudiera redimirme algo de semejante mediocridad, apelando a mi actual constancia. Viene ésta definida por la costumbre de enviar, con el manipulador de la imagen, telegramas breves a familiares y amigos ya fallecidos. Expreso en ellos mi recuerdo y cariño, aunque sin tener prueba de su recepción, a falta del preceptivo PC (acuse de recibo).

Respecto al 164 aniversario de la fundación del Cuerpo de Telégrafos, me parece una buena ocasión para recordar a cuantos han tenido que ver algo con “la chispa y el calambre” (1). Y dar mi particular bienvenida a quienes envían SMS y WHATSAPP. Son éstos los nuevos telegrafistas, que en “turno permanente”, han venido en masa a relevar a los antiguos telegrafistas.

—
(*) Académico Honorario de San Quirce.

(1) Así nos llamaba a los telegrafistas de Segovia, el compañero de Correos Mariano Gómez de Caso, también Académico Honorario, de San Quirce.

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