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Montserrat Sanz Yagüe(*) – El voto rogando y con el mazo dando

por Redacción
19 de abril de 2019
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Aquel célebre pecado nacional de la envidia ha sido superado por uno nuevo: nuestro impenitente victimismo. No estoy segura de a quién beneficia el presente debate sobre el voto rogado de los españoles residentes en el extranjero, pero estoy alarmada de que medios de comunicación fiables estén difundiendo con hipérboles como odisea o calvario que tenemos problemas graves para votar. Yo, más que en el extranjero, debo vivir en el limbo de los ingenuos, porque llevo treinta años fuera de España y nunca he asumido que tendrían que traerme una urna a domicilio. Es más: estoy empezando a dudar de si el gobierno ha establecido un sistema de voto a distancia solo para mí, porque lo que oigo en la televisión y leo en la prensa no se parece en nada a lo que yo hago para ejercer perfectamente mi derecho al voto.

Cuando uno se muda al extranjero, tiene dos trámites importantes que realizar: registrarse en el censo electoral de españoles residentes en el extranjero—en su lugar de origen— y darse de alta en el consulado correspondiente. Una vez completadas estas gestiones, unas semanas antes de las elecciones, te llega a casa una notificación que va acompañada de una clave. Te metes en un enlace, ves tus datos, pinchas el botón de rogar el voto, y recibes las papeletas en tu casa. El resto consiste en una simple visita a correos para enviar el voto certificado, el costo del cual se reembolsa al cabo de unos meses.

Las personas que aparecen en los reportajes televisivos declarando que tienen que personarse en el consulado atravesando la ciudad para votar, perdiendo tiempo y dinero y sufriendo penalidades, admiten que no habían cumplido el registro previo, pero se prestan a dejarse grabar en conversaciones a todas luces pre escritas por alguna mano interesada, en las que declaran sentirse excluidos por el sistema, poco menos que olvidados de todos en su madre patria. Un síntoma de inmadurez impropio de un cosmopolita.

Se me ocurren dos reflexiones al hilo de estas informaciones. Por un lado, ilustran el síndrome europeo del eterno pedigüeño de derechos. Para los nacidos bajo las democracias sociales más perfectas del mundo, pareciera que cualquier incomodidad debe ser solventada por el gobierno, que la solución siempre debería venir en bandeja de plata. Por otro, alimentan esa nueva necesidad de mantener a la población en un constante estado de queja y crispación a la que con preocupante ligereza se suman los medios de comunicación.

La realidad es que la mayoría de los habitantes de este planeta no tiene acceso a la democracia ni a servicios y apoyos sociales para todo tipo de males como tenemos los europeos. Esta forma nuestra de maltratar la convivencia y de desdeñar nuestros privilegios es descorazonadora. Parece interesar que todos estemos insatisfechos por cualquier aspecto de la vida, y obviemos que lo conseguido en esta región del mundo es para sentirse agradecidos. La inmigración de los europeos, incluso la de los españoles por la crisis, no se parece en nada a la que ejercen la mayoría de los habitantes de otras partes de la tierra donde la guerra y el hambre o el subdesarrollo provocan éxodos masivos. Nosotros salimos casi siempre en avión, estamos protegidos allá donde vamos por una red diplomática y conservamos derechos como el del voto. Uno emigra para progresar, porque encuentras trabajo, porque este es más afín a tus aspiraciones que el que te ofrecen en España, o simplemente porque te pagan más. Lo natural es asumir algún inconveniente, y el paseo a correos para poner el voto me parece infinitamente más ameno que las penalidades de vivir en un campo de refugiados, por ejemplo.

Sería deseable que los españoles residentes en el extranjero no nos prestemos a sensacionalismos gratuitos, y que, al contrario, trascendamos el victimismo nacional y hagamos gala de cosmopolitismo ayudando a los que dejamos atrás a relativizar sus penas con lo que hemos aprendido de nuestras experiencias en el mundo. Las democracias son como el parabrisas de un coche: nos permiten avanzar a gran velocidad sin que el viento nos dé en la cara y nos impida ver el camino, pero son de cristal. Si no valoramos lo mucho que nos protegen y les aplicamos mazazos innecesarios, conseguiremos que se rompan. Desestabilizar mediante una perenne insatisfacción no ayuda a la sociedad a solventar esos problemas que estuvieron en el origen de nuestra salida.
——
(*) Doctora en Lingüística y Ciencias del Cerebro y Cognitivas por la Universidad de Rochester (NY) y es catedrática y directora del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe (Japón), donde ejerce la docencia desde 1996.

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