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José Luis Cuenca Aladro – Soy cazador

por Redacción
26 de enero de 2019
JOSE LUIS CUENCA ALADRO
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Cazar ha sido, para el hombre, durante largos milenios, una ocupación vital. Una actividad indispensable de la que dependía su propia subsistencia y la de su pareja y su prole. Por tanto, la capacidad de supervivencia de la especie humana ha estado condicionada por el desarrollo de sus aptitudes para capturar animales que pudieran servirle de alimento, y aportarle las proteínas que habían de completar la parca dieta vegetal, que no podía ser muy abundante y rica antes de inventarse la agricultura. Esa situación duró cientos de miles de años. Cazar en compañía, en sociedad, fue la clave del éxito, en la lucha por la existencia, de la humanidad primitiva.

Soy cazador desde mi infancia. Desde que, acompañando a mi padre (mi primer maestro en la caza, y en tantas cosas) ejerciendo de “morralero” en sus salidas al campo, sentí la pulsión de la naturaleza. Algo que nunca he dejado de sentir. Y soy cazador porque amo la tierra que piso, el campo, los ríos, los montes…los animales. Sí, desde muy niño he respetado y admirado a los animales que daba captura, y he sido consciente y responsable de hacer compatible mi afición, mi pasión por la caza, con la necesaria conservación que muchas especies exigían, antes y ahora. Creo firmemente que los cazadores se han ido concienciando de forma muy positiva con respecto al conservadurismo en los últimos tiempos. Y doy fe de ello.

La caza es una actividad completamente legal. Sus leyes escritas nos indican lo que se puede hacer o no. Las “no escritas”, tan importantes o más que las otras, lo que se debe hacer o no. Es cierto que en un colectivo de alrededor de un millón de cazadores siempre habrá algunas personas que se salten las líneas rojas de la ética de la que todo buen cazador ha de hacer bandera en todo momento y lugar, pero créanme que son los menos. Por regla general, somos los cazadores quienes más nos esforzamos por mantener la sostenibilidad de las especies, los que más procuramos el mantenimiento y mejoramiento de su hábitat natural. Somos, en definitiva, los mejores, los más “ecologistas” de todos.

Lamentablemente, la ignorancia y la complicidad de muchos medios de comunicación con buena parte de nuestra clase política más radical, han hecho posible la existencia de movimientos contrarios a la práctica de la actividad cinegética en nuestro país, y piden su prohibición de manera recurrente. Poco les importa que se les argumente que la caza en España aporte al PIB 6.500 millones de euros anuales contando con 44.000 empleos directos y más de 200.000 indirectos. Nada les sirve como argumento para el debate que no sea el de su propia intransigencia visceral.

No seré yo quien intente hacerles cambiar de opinión. Sí he tratado siempre de argumentar con quienes, no siendo practicantes ni simpatizantes de la caza, al menos atienden a razones que creo muy fundamentadas. Les recomendaría, por ejemplo, la lectura de algunos de los libros que componen parte importantísima de la ingente obra de uno de nuestros genios de la literatura española de todos los tiempos: el vallisoletano Miguel Delibes, a quien tuve el honor de conocer personalmente en mi adolescencia durante una jornada perdicera celebrada en los alrededores del Burgo de Osma. La caza es considerada por Delibes como un “tratamiento ideal” para un cerebro de ordinario tan martirizado como el del hombre de nuestros días. Leer libros de Delibes es siempre una experiencia muy gratificante para el espíritu. Los publicados sobre la caza hacen muy comprensible entender el por qué de nuestra pasión por la caza, por la naturaleza. Dice Delibes que “lo que un cazador es capaz de hacer por una perdiz no puede imaginarlo más que otro cazador”. Totalmente de acuerdo.

Cazar es una peripecia dramática en la que hay goce y sufrimiento, pero no crueldad sino, más bien, amor. Refranes como “no hay amor sin dolor” y “hay amores que matan” son literalmente aplicables al ejercicio de cazar. El cazador de verdad es fundamentalmente un enamorado de la especie a la que caza. Quisiera el cazador poder declarar su amistad a la presa, hacerse con ella sin hacerle daño. El hombre tiene ansiedad de naturaleza, de contacto con el campo, el mar, el río y la montaña. Por eso mismo el hombre de las grandes ciudades las deja vacías en cuanto dispone de unos días libres. Es evidente que para nuestro equilibrio psíquico necesitamos realizar alguna actividad deportiva al aire libre, un ejercicio físico y mental desinteresado, lúdico. Y entre todos los deportes ninguno tan natural, que encaje mejor con nuestra naturaleza, como el deporte de la caza.

La felicidad que encontramos en el ejercicio de cazar responde a un atavismo en el que reproducimos las emociones que sintieron nuestros antepasados a lo largo de miles de generaciones. El goce de cazar está en proporción con el esfuerzo muscular requerido para aproximarnos, descubrir y levantar la caza; con la dificultad de abatirla, y la belleza de la pieza cobrada. Factores todos ellos que concurren de manera ejemplar en la captura, por ejemplo, de la perdiz roja española, mi pieza favorita. Las perdices castellanas, las del nordeste de nuestra provincia no tienen parangón con ninguna otra especie. La descripción “estática” de la perdiz no acaba de hacer justicia a su belleza. Hay que ver a la perdiz en movimiento, apeonando airosa, engallándose con arrogancia, levantándose en vuelo rápido o planeando al tomar tierra, para apreciar toda la hermosura de la reina de la caza menor.

Todo hombre sano es potencialmente un cazador, sin que necesite poseer facultades sobresalientes. Es suficiente una condición física normal para practicar con éxito el ejercicio de la caza, el más natural de los deportes, el más saludable y más gratificante, aquel en que se persigue el más objetivo de los trofeos: la pieza cobrada, la perdiz roja en mi caso. Pocos placeres tan sanos como la reunión con los compañeros al emprender una partida de caza, y al compartir “el taco” y los comentarios de las incidencias al final de la jornada, fatigados por el esfuerzo. El cazador es un enamorado del campo y de las maravillas de la naturaleza, el que disfruta del juego supremo de instintos que componen el perro y la perdiz.

Esto es la caza. Nada más y nada menos. Gracias a ella conozco el territorio del municipio de Riaza en toda su extensión como las palmas de mis manos. También buena parte de los de la meseta soriana y burgalesa. Los páramos toledanos. Gracias a ella he conocido a grandísimos cazadores ricos en los mejores valores expuestos anteriormente. Gracias a ella he hecho amistades imperecederas.

Y acabo, amigos de El Adelantado: los cazadores de verdad, la inmensa mayoría, somos así. Tal como les cuento. Solo queremos que respeten nuestra afición y, por añadidura, que nos respeten a los cazadores de la misma manera que nosotros respetamos a todo el mundo en el ejercicio de su libertad. Nada más, y muchas gracias.

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