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Victoriano Borreguero – Telarañas en la chimenea

por Redacción
29 de noviembre de 2018
VICTORIANO BORREGUERO
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El tiempo y sus túneles. Debajo del silencio. Comenzar a vivir es comenzar a morir. Escribo versos. Gigantes egoístas. No sé cuántos títulos más y, finalmente, Telarañas en la chimenea, una artimaña clandestina.

El tiempo y sus túneles fue el título de una serie de televisión estadounidense de un amplio acervo de episodios del género ciencia ficción: un pasadizo imaginario que por decir está a una legua escasa de “La Viña” que Gonzalo Payo Subiza amó más que a ningún otro de sus domicilios -para hablar de “La Viña”, la casa rural de la familia Payo, hay que hablar en leguas y en el tiempo y sus túneles ni idea tengo de si es mucho o poco una legua con telarañas en las chimenea. Allí descansan los restos de Gonzalo Payo, aquel amigo que hace varios años nos dejó -fue un político español de Castilla-La Mancha, que nació en Pulgar, provincia de Toledo, el 10 de enero de 1931 y murió en la ciudad de Toledo el 13 de agosto de 2002, dieciséis años ya. Desde su pueblo natal al cementerio donde fue enterrado hay un paseo bien cuidado por donde la gente acompaña en los entierros y por donde las parejas pasean el amor a la luz de la luna llena, que según dicen es invitadora a los conjuros.

Él escribió en “Debajo del Silencio” -Toledo, 1978-: “Voy a recobrar rabiosamente las horas que me debe a mí el futuro (…) la muerte me ha dejado abandonado/ al borde de la de la oscura eternidad/ sorprendido de verme aún en silencio/ con ganas de llorar”.

Fui su Jefe de Gabinete cuando él era el presidente de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha. Fui también su amigo y, en más de una ocasión, su confidente. Cuando se moría, me escribió estas doloridas palabras: “Amigo, estoy todo el día entre el sillón y la cama pero todavía me rige la cabeza y puedo, como ves, escribir, y hasta pintar algún rato”.

En el intento de Golpe de Estado del 23 de febrero del año 1981 -cuando el grito “¡quieto todo el mundo!” que revolver en mano voceó Antonio Tejero, un alucinado teniente coronel de la Benemérita-, Gonzalo Payo medio a escondidas escribió unos versos doloridos y desgarrados que al ser liberado me los pasó para que yo encargara 1000 ejemplares por él firmados uno a uno, y yo, su Jefe de Gabinete por entonces, se los enviara a quienes esa noche estuvieron detenidos en El Congreso y a los amigos más evocados: “Un grito de auxilio se estrelló en el silencio/ y un periodista joven con los brazos en alto cruzó despavorido el umbral de la historia con todo el dramatismo de un nuevo dos de mayo (…) porque España no puede traicionar a los hombres que sembraron semillas de esperanza en sus campos”, todos ellos con esta dedicatoria: “Al finalizar esta importante etapa de la vida política y al comienzo de un nuevo y esperanzado 1983, quiero enviarte este recuerdo del dramático acontecimiento histórico que vivimos en el Congreso. Con mis mejores deseos de Paz y prosperidad. Navidades 1982”.

En el tiempo y los túneles de aquella noche de telarañas en las chimeneas que pudo haber sido de cuchillos largos pero que el Rey Juan Carlos I enderezó y aderezó con el color esperanza, Gregorio Peláez, mi amigo también, el jovencísimo diputado de UCD -la Unión de Centro Democrático- por Toledo, masculló de pronto a Gonzalo, su compañero de escaño: “¿Qué escribes ahí medio a escondidas? ¡Ten cuidado! ¡Nos apuntan!”. Y nuestro primer presidente de Castilla-La Mancha, con aquella voz que era un regalo leyó a Gregorio, como a hurtadillas y susurrando, las palabras dolientes que bajo el cañón de las metralletas escribía: “Clavados en el suelo/ como aquel olmo seco de Machado/, dejando testimonio de nuestro amor a España/ y afrontando la duda de un trágico holocausto (…)” En aquella noche que pudo haber sido de cuchillos largos no había lágrimas por fuera, por dentro muchas. Nos quitaban la democracia tan buscada, y el poeta gritaba versos al pie mismo de los tricornios usurpadores (…).

Si, como escribió Séneca, “comenzar a vivir es comenzar a morir”, ahora, con el amigo en la penumbra donde sólo se avizora cerrando los ojos del cuerpo, con Gonzalo recobrando ya el futuro, muchos estamos un poco muertos.

Se nos marchó Gonzalo con el calor del estío toledano y cuando enterrábamos su cuerpo en el cementerio de Pulgar, un pueblo de la provincia de Toledo, había dolor en los matorrales serranos, los olivos se obscurecían en gris y, en el zurcido de las viñas, espléndidos racimos pintaban el último peldaño antes de la vendimia. Una nube blanca, deshilachada, vidriaba lágrimas emocionadas.
Con Garcilaso, otro poeta toledano, y hasta con la andariega Teresa de Ávila, hace tertulia ahora desgranando vías lácteas; igual que Santiago, el peregrino, en Finisterre. Seguimos notando su camino de estrellas, pero todos hemos muerto un poco con él. Nos queda el recuerdo y el poso que dejó en nuestro hacernos y deshacernos en el vivir y el desvivir.

En cierta ocasión, me envió de su puño y letra este hermoso poema: “Si algún día me dicen que se acaba el camino,/ que este andar presuroso se detiene de pronto,/ ¿qué pensaré de mí,/ y cuál será mi soledad postrera?/ ¿Afrontaré sereno mi cita con la nada?/ ¿Lucharé contra el viento que me arrastra,/ o moriré en silencio resignado y confuso/ como un can laminado en el asfalto negro?/ Si algún día me dicen/ que mañana termino mi infinito comienzo/ y dejo tantas cosas brevemente iniciadas,/ ¿quién atará los cabos/ de tantas ilusiones presentidas,/ quién vivirá mi tiempo tan escaso?/ Espero que me quede la dignidad de amarme/ y de amar lo que dejo,/ y el consuelo de poder contemplar estas raíces/ clavadas en el suelo de mi alma,/ que cada vez rebrotan con más fuerza/ haciendo mi camino casi eterno (…)”.

Atando cabos, en las telarañas de una chimenea nadie es dueño de su imagen, pero ahora, como un vientecillo de siglos que estremece las copas de los árboles añosos, corpulentos pero con las entrañas vacías, hay muchas personas atando los cabos sueltos de sus propias ilusiones, alargando un poco más su tiempo -¡tan escaso, ay!-, recordando su dignidad jamás extraviada; amando lo que hizo y lo que intentó hacer, lo que dejó; consolándose al contemplar las raíces clavadas en el suelo del alma de tantas personas que parecen gigantes egoístas como en el cuento de Oscar Wilde -Dublín, 1854/París, 1900.

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