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García Tejerina, suma y sigue

por Redacción
3 de mayo de 2014
La vallisoletana recibió la cartera de su antecesor en Atocha. / Emilio Naranjo (Efe)

La vallisoletana recibió la cartera de su antecesor en Atocha. / Emilio Naranjo (Efe)

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Isabel García Tejerina fue finalmente la persona elegida por el presidente del Gobierno para desempeñar la cartera de Agricultura en sustitución de Miguel Arias Cañete. Frente a las diferentes posibilidades que se habían barajado en las últimas semanas para ocupar ese puesto, desde otros altos cargos del departamento hasta históricos personajes en las filas de los populares, Arenas, Herrera, Barberá, etc, al final se impuso la cordura en Moncloa y con ello la continuidad en el desarrollo de la política agraria iniciada en esta legislatura.

García Tejerina sabe lo que se trae entre manos. No es precisamente una política caída del cielo, a quien todo le viniera de nuevas y que fuera preciso desasnar. Entró en el caserón de Atocha en 2000 como asesora de dos ministros populares, Loyola de Palacio y Jesús Posada y, en lo que va de legislatura, desarrolló el puesto de secretaria general que ya ostentó en la legislatura anterior, también con Arias Cañete. Estamos pues, ante una persona con una larga experiencia, preparada, que mucho tiempo ha trabajado más en la sombra que cara al público, pero que en los últimos años ha sido uno de los ejes en el seguimiento de la política como responsable directa de cuatro direcciones generales, desde el desarrollo rural a las producciones y mercados, sanidad y a la alimentaria.

Desde una perspectiva puramente profesional, se puede decir que tiene el Ministerio y la Comisión de la Unión Europea en la cabeza. Conoce los entresijos de Bruselas donde ha llevado, conjuntamente con Arias Cañete, el peso de las negociaciones para la reforma de la Política Agrícola Común y es la persona que ha seguido más directamente los trabajos para su aplicación en España. Ahora, como ministra, le toca terminar ese proceso, dar luz verde a toda la nueva normativa y lograr que efectivamente los fondos vayan donde tienen que ir, a la agricultura activa, a los activos de verdad, sin atajos, y para ese habitante del mundo rural que vive y sufre en el medio.

Es probable que, por edad y no haber tenido una trayectoria tan amplia en la UE, no tenga el peso de Arias Cañete en el exterior, pero se ha batido ya el cobre con la Comisión y con todos y cada uno de los países miembros en busca de acuerdos y pactos. Con su presencia se cubre el flanco de Bruselas hoy fundamental para el sector agrario.

Con García Tejerina al frente del Ministerio, se puede hablar de continuidad en el desarrollo del programa de los populares que, según ha manifestado ella misma en diferentes ocasiones, se halla prácticamente casi cumplido a mitad de la legislatura. Se han aprobado leyes importantes como las de la Cadena Alimentaria y la Integración Cooperativa, se están elaborando otras disposiciones y planes como las de Calidad Alimentaria, diversificación económica, arrendamientos, política de cuencas y riegos, y debe posicionarse ante una disposición polémica como la representatividad agraria. Pero es indispensable rematar. Que la ley de la Cadena Alimentaria ponga orden de verdad y que la gran distribución deje de vender a pérdidas y que la de integración cooperativa no acabe en el limbo como otras tantas que fueron en la misma dirección.

Productividad

En política nacional, al margen de los objetivos de siempre, la vallisoletana plantea además apuestas por las políticas de productividad, eficiencia, calidad, con la mirada puesta en el exterior con el Plan de Internacionalización de la industria agroalimentaria impulsado por ella misma sobre el que conocemos la música, pero al que le falta la letra.

Para ello quiere desarrollar además una política más pegada al campo, a pie de cada explotación, con la información y la innovación necesaria para producir más y mejor y al menor coste posible. Para la nueva ministra, la política agraria tiene, a la vez, un elevado componente de apoyo al medio rural sin el cual es muy difícil, si no imposible, lograr un relevo generacional y mantener vivo y atractivo un territorio y una actividad que se abandona en muchos casos no por falta de rentabilidad sino, simplemente, porque vivir en el medio es un infierno.

Desde una perspectiva personal, llega a Atocha una persona de convicciones profundas, trabajadora, autoexigente y a la vez muy exigente con quienes la rodean. Le gusta el trabajo bien hecho, es perfeccionista, y, bajo su imagen de mujer apacible, esconde un carácter fuerte. Tiene las ideas como muy claras, pero no rechaza sugerencias. Ha llegado a la política desde una larga trayectoria marcada siempre por el trabajo profesional, hasta esta última etapa donde ya ha ejercido su actividad con más implicaciones políticas. Desde esta posición, en muchos casos aún no llega a entender que, habiendo trabajado día y noche para sacar adelante una negociación complicada en Bruselas, que cree firmemente es la mejor para agricultores y ganaderos, pueda recibir críticas desde organizaciones agrarias del sector. Le cuesta asumir ese tipo de críticas cuando entiende que no responden a la realidad y sí a planteamientos puramente políticos. Es cuestión de tiempo, aunque otros ministros como Carlos Romero o Elena Espinosa no llegaron a asimilarlo.

Cuando le acusan de falta de diálogo tira de lista y presume de haberse reunido más que nadie con todas las organizaciones representativas del campo. Pero, el sector le pide que, además de encuentros, asuma cambios y que no ponga una cruz roja a quienes, en su legítimo derecho de manifestación, se han movilizado contra sus acuerdos o por sus demandas. Por afinidad política con su presidente Pedro Barato, es obvio que el ministro ha tenido en los últimos dos años más contactos con Asaja que con los responsables de las otras dos organizaciones como COAG y UPA, ligadas a la izquierda. Una nueva política de diálogo debería suponer línea directa para todos, al margen de los encuentros formales porque, en el fondo, todos quieren que esto funcione y cada uno puede aportar y enriquecer la política agraria.

Con todo ello por delante, el cambio hay que verlo en positivo.

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