David Llorente es un maestro en transformar la agonía de los nervios en la frialdad de la madurez. Clasificarse para una final con el segundo mejor tiempo es un arma de doble filo, pero el palista segoviano decidió afrontar la pureza del momento, escuchando sus latidos mezclados entre la ruidosa voz del ‘speaker’ cantando los resultados. Cuando empezó a palear, sabía el tiempo que necesitaba y, cuando tocó la puerta número seis, supo mantener la calma tras tocar la puerta 6. “En una final, si tocas te vas fuera de las medallas, pero no me he descentrado y he seguido por lo que había planteado. Si hubiera salido antes habría a empezado a arriesgar mucho más, haciendo circulares en los remontes y acelerándome”. El resultado: bajar dos segundo la marca de semifinales y el título de subcampeón del mundo Sub-23 en K-1, solo por detrás de Jiri Prskavec.
En su travesía a pasos agigantados hacia la madurez, Llorente, que un día antes había acusado la ansiedad de lo que significaba la cita, supo gestionar mucho mejor la final. “Estaba más tranquilo, confiaba más en mí mismo. Aunque mi bajada del viernes fue muy buena, la analicé y corregí los errores que tenía”. Tras cruzar la línea de meta fue consciente de su logro. “Cuando he llegado abajo sabía que tenía una medalla asegurada. También sabía que sería segundo, porque el checo iba a bajar muy bien”.
Telmo Olazábal, el otro español clasificado para la final, puso muy cara la prueba desde el comienzo. Su imponente bajada fue la única sin penalizaciones, junto a la de Prskavec, y se mantuvo como líder durante la mitad de la prueba. El buen rendimiento del italiano Zeno Ivaldi y del eslovaco Andrej Malek elevó el nivel de un descenso que se debatía en poco más de un segundo de margen cuando Llorente empezó a palear. El podio estaba en 87.76 en el momento en el que empezó a soñar en movimiento.
Tras penalizar en el primer parcial, Llorente remontó con mérito en el tramo final y se colocó líder con 28 centésimas de ventaja con Malek. Durante unos segundos fue campeón, pero Prskavec no dio opción. Dominó cada puerta, dándole a su palear el vértigo de lo inmediato, y ya marcaba un abismo en el paso intermedio, con 1.32 segundos por debajo del registro marcado por el segoviano, relegado por un rival que acabaría destrozando la matemática con un tiempo de 82.96.
Subiendo el escalón del podio, Llorente volvió a recordar fragmentos de sus comienzos. Malek, tercero, le sacó más de 40 segundos en Eslovenia, allá por 2011, la primera vez que el segoviano compitió internacionalmente. “Veía videos suyos en YouTube decía: ‘Papá, mira que bestia”. La recompensa a su trabajo empieza a ser frenética: “¡Había quedado subcampeón del mundo! No me han salido lágrimas, pero como si hubiera llorado”.
Su tarde no pudo ser completa. El combinado español de patrullas, en el que repetían Llorente y Olazábal, terminó en cuarta posición tras una reclamación de Brasil que quitó al país anfitrión una penalización. “Hemos hecho una bajada muy rápida, y al llegar pensábamos que era muy difícil no tener medalla. Te dan un caramelo y a los tres minutos te lo quitan, pero podemos estar contentos, que esto es sub-23 y había 20 países compitiendo”.
En ese horizonte de felicidad, tanto personal como colectiva, el palista se acordó especialmente de su compañero Olazábal. “Estoy triste por mis compañeros. Yo me he llevado una medalla para casa, pero Telmo ha quedado cuarto en las dos pruebas”.
Pese a su glorioso fin de semana y a que la plata le da un bonus en las pruebas de selección para los Juegos Olímpicos de Rio 2016, Llorente no lo considera un objetivo viable. “Todo se estabilizará. Hay gente más experta y mejor técnicamente que yo. Que haya jugado mejor mis cartas ahora no quiere decir que les vaya a seguir ganando. No es viable ir a los Juegos, pero tampoco lo era ser subcampeón del mundo”. No lo era. Poco después de clasificarse, a principios de marzo, no sabía si quiera como costearse un viaje de 1.100 euros. La plata que le cuelga del cuello es su pasaporte hacia la grandeza.
