Jiri Prskavec y David Llorente no debían conocerse tan pronto. Cuando el checo, de 22 años, una figura del piragüismo desde hace un lustro, vio a su primer perseguidor en las clasificaciones para la final del Mundial Sub-23 en K-1 Slalom no encontró una cara conocida. “Era casi un ídolo. En mi vida me habría planteado estar tan cerca [34 centésimas]. Él ni me conocía, cuando me miraba creo que pensaba: ‘¿Quién es este tio?”, aseguraba aún incrédulo el palista segoviano, de 18 años, tras una hazaña sísmica. Se clasificó para la final, que se disputa esta tarde (a partir de las 16.14 hora española) con el segundo mejor tiempo, solo superado por el checo. Referentes de su deporte como el polaco Rafal Polaczyk, campeón de Europa de la categoría, tuvieron que hacer las maletas.
La meteórica bajada de Llorente, que paró el reloj en 86.63 sin ninguna penalización, fue una explosión imprevista. Compitió en el 24º lugar, con la decimosexta marca de los 40 semifinalistas, y alteró las normas de la física con un tiempo meteórico, casi dos segundos menos que el mejor registro por entonces, en manos de Guillherme Mapelli, uno de los tres brasileños que se coló entre los 10 finalistas. Paradójicamente, el de Palazuelos de Eresma no era consciente de su grandeza. “He ido a asegurar y no sabía que había sido tan rápido. Mi sensación es que había ido con más calma, pero luego me he visto en el vídeo y la verdad es que iba como una bala. Como me notaba tranquilo, no me daba cuenta de que iba a tantas revoluciones”.
El palista define su categoría como “en la que más nivel hay” y, aunque no se libró de la presión, supo optimizarla. “Estaba muy nervioso. Dos horas antes de competir estaba deseando salir, y en los cinco minutos antes de la bajada ya me he relajado”. Su minuto y medio de gloria ha ido de menos a más, con el objetivo de no penalizar. Apenas 3,37 segundos han separado al primero del último clasificado, el español Telmo Olazábal, así que cualquier roce habría sido decisivo. “He ido diciendo, ‘por el centro de las puertas y no tocar, sobre todo no tocar’…Después del rulo de la puerta 6 y 7 he pegado un cambio de ritmo, pero luego me he dicho: ‘calma’. A partir del remonte de la puerta 15 ya he asegurado”.
Renqueante por una contractura en la espalda durante la primera clasificatoria, Llorente completó el descenso sin dolor, aunque a primera hora de la tarde volvían las molestias. “A ver si el fisio de Brasil me hace el favor de mirarme”, explicaba, pues la delegación española no llevó al suyo. En un deporte costoso en los materiales y poco boyante en ingresos, el palista quiso agradecer el esfuerzo de sus patrocinadores, la Universidad Isabel I, en la que estudia, y Nutrición DSD.
En las semanas previas a la gran cita de su prometedora carrera, Llorente hablaba con la boca pequeña del objetivo “ambicioso” de meterse en la final. “Casi me estaba arrepintiendo de haberlo dicho”. La realidad dejó su susurro en una mota de polvo. El orden de salida es inverso, así que partir el penúltimo permite la ventaja de conocer qué han hecho sus competidores. Para él, esa espera es una tortura. La reclamación posterior de Prskavec le arrebató a posteriori el primer puesto, un alivio. “Me he alegrado, salir el último es lo peor que te puede pasar. Desde arriba oyes al comentarista marcar los tiempos, todos los gritos del público… En mi única final salí el undécimo, así que no sé como me sentiré. Los que lo han pasado dicen que es muy difícil concentrarse, me llevaré los tapones”.
Ya vestido de calle, empezó a sentir la recompensa de abandonar su hogar con 15 años para hacerse un nombre en el centro de tecnificación de La Seu d’Urgell (Lleida) “Llevo más de tres años trabajando muy duro y es muy emocionante ver que todo ese esfuerzo te lleva por buen camino”.
Los expertos sostienen que el descanso en la noche anterior es clave en el rendimiento de una final. Superada cualquier barrera, Llorente tiene claro el objetivo: “Ya es una lotería, hay gente muy buena, mayor que yo, con muchos mundiales a sus espaldas. Haré una bajada para disfrutar y ojalá pueda conseguir una medalla”, añadía con un tono soñador. Palada a palada, demuestra que la madurez no la marca el carné.
