Uno, que es ninguno, puede estar sumido en el pozo. No precisamente para arreglarlo. El episodio siguiente da a entender que el pozo llega más abajo. De tal forma que el agujero que se ve arriba, como un cielo redondo, cada vez queda más lejos.
Entonces aparece Ángel Cacha, más ángel que nunca. Ignora la mano que le acercas para saludarle porque él quiere darte un abrazo por las cosas que le mandas. Como quiera que le muestras tus dudas él insiste en el abrazo. El Nobel de Literatura que concedieran, con toda su millonada, no colmaría tanto de satisfacción. Un suponer.
Se acabó el pozo. El cielito redondo se ha expandido en campo de luz, de mieses, de árboles. Se ve que San Isidro no ha dejado de rezar hasta que los manantiales de las tinieblas han llenado el pozo y le han devuelto a uno al abrazo de Ángel, más ángel que nunca.
De los pozos guardo un buen recuerdo. Hubo un tiempo en el que con salir al corral se había salido de casa y era suficiente recreo. Tomar el sol era más que una necesidad de invierno. El corral era una fiesta de luz. Pero si él sólo no fuera la plaza privada, el parque familiar, el pulmón de los habitantes de mi familia, en el corral vivía un señor misterioso y profundo, de voz grave y usos muy antiguos. En el corral vivía el pozo. El pozo marcaba la linde entre la casa de mi abuelo y la de su hermana. Hacia nuestro corral usaba puertecilla de hierro; hacia la casa lindera de madera. Hasta que entró el grifo a usurparle su protagonismo el pozo, como la lumbre, como la luz del corral, nos dio vida y afanes. Yo quería hacerme mayor para tirar al pozo el cubo boca abajo y subirlo lleno de agua. Nunca lo conseguí, me hice mayor lejos del pozo. Mi padre parecía su compinche más seguro. En los días de calor metía el porrón en el cubo y dejaba llenar el caldero un poco para que flotara: el vino pasaba fresquito después de descansar en el agujero negro, húmedo y frío del pozo.
De Ángel Cacha también guardo un buen recuerdo. Siempre a este lado de la frontera que es el caer bien. Desde que iba con su abuelo y su caballo percherón a la huerta y pasaban los tres por delante de mi casa como si fueran contentos. En la escuela siempre lo vi sonriente. De adolescentes Felipe le tituló Ángel Cacha y él nunca se ofendió. Perdido de vista durante mucho tiempo, aparece cerca del epílogo representando una infancia feliz.
Ahora que me deslizo hacia el pozo de vez en cuando me viene muy bien la polea, los santos como San Isidro o los ángeles como Cacha. Quizás la vida sea, como dice Kenneth, convertir la mierda en abono. Pero me van pesando las herramientas.
Hoy, sin ir más lejos, tenía yo el boli que languidecía sobre mi mano y el papel ayuno de ideas e intenciones. Ángel Cacha me ha rescatado de lo profundo y, Lázaro otra vez, me he levantado a su voz. Me pregunto cuándo dejaré de sentir como invitación a la salud estos salvamentos, cuándo las palabras se me quedarán mudas o se quedarán en el pozo, suponiendo que yo emerja.
La vida, que está llena de preguntas.
