Confieso que afrontaba el discurso de esta mañana de León XIV en sede parlamentaria con más prevención que entusiasmo. Expresadas días atrás mis dudas sobre la oportunidad de su visita a una España convulsa, con un Gobierno y un PSOE cercados por los escándalos, visto lo visto corresponde reconocer lo evidente y vaya por delante mi admiración por los actos papales de estos días -la vigilia, la misa y la procesión del Corpus-, en los que se ha percibido una serenidad y una profundidad imponentes.
Hoy, el saludo a las mesas del Congreso y del Senado se ha desarrollado con la sobriedad institucional que la ocasión exigía solo rota por la petición al Papa ¡en inglés! que en su próxima visita a Barcelona hable catalán por parte de la portavoz de Junts, un episodio tan revelador como pintoresco.
Ya en el hemiciclo, la presidenta del Congreso ha prolongado en exceso su intervención con un discurso impropio de la solemnidad del momento. Cuando la historia llama a la puerta, lo prudente es abrirla y apartarse.
Todo ha quedado empequeñecido cuando León XIV ha tomado la palabra ante las Cortes. La imagen ha tenido una indudable dimensión histórica y, más allá de credos y afinidades políticas, ha sido imposible no percibir la excepcionalidad del momento. León XIV ha estado impecable y, con un español elegante y preciso, ha hablado como Papa ante España.
En el discurso papal ha habido una clara reafirmación de la dignidad de toda vida humana, la libertad de conciencia y el derecho a no actuar contra las propias convicciones. León XIV ha recordado que las leyes deben buscar el bien común, no la imposición de consignas ideológicas para abordar, además,
la inmigración con un equilibrio poco frecuente, defender el derecho de quienes buscan paz y prosperidad, denunciar a las mafias que trafican con la desesperación humana y pedir una acogida inspirada en la caridad cristiana eso sí, añadiendo algo en mi opinión decisivo: ningún país puede soportar en solitario esta carga y Europa debe ayudar a que nadie se vea obligado a abandonar su tierra.
Sobre la guerra y la paz ha reivindicado la primacía de la diplomacia y del diálogo y, entre sus muchas frases sobre este tema, una merece ser recordada: las armas pueden imponer una paz, pero difícilmente construirán una paz duradera.
Quizá lo más notable ha sido el tono general del discurso al no hablar como aliado de la derecha ni de la izquierda para hacerlo solo como Papa. Y precisamente por eso, ha resultado imposible apropiarse de sus palabras sin aceptar el conjunto del mensaje. De ahí que los aplausos se hayan prolongado durante más de siete minutos. Quiero creer que muchos respondían a la admiración y al convencimiento; de otros no estoy tan seguro y algunos parecieran llegar para agradecer al Pontífice un servicio inesperado: haber conseguido que, durante unos días, los escándalos políticos dejen de monopolizar las portadas.
Sigo pensando que la visita no se ha celebrado en el momento más oportuno, pero también reconozco que, hasta ahora, el resultado está siendo mejor de lo esperado, por lo que rectifico mi escepticismo inicial. Lo cierto es que León XIV ha elevado durante unas horas el nivel de una Cámara que, demasiadas veces, parece empeñada en rebajarlo.
