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«Geminiano, el esquilador eterno»

En el fallecimiento de Geminiano Herranz, de Abades, recuperamos una entrevista que le realizó Guillermo Herrero en 2019 y que forma parte de su libro 'Rostros de la trashumancia y otras escenas pastoriles segovianas'

por El Adelantado de Segovia y Guillermo Herrero Gomez
7 de junio de 2026
En el esquileo de Cabanillas. Foto Luisa Peñalosa

En el esquileo de Cabanillas. Foto Luisa Peñalosa

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“-¡Alabado sea Dios!, saludaban los esquiladores nada más poner el pie en el esquileo.

– ¡Para siempre sea alabado!, contestaban los pastores.

Así arrancaba la jornada. A trabajar.

A las ocho y media o a las nueve es la mejor hora para afilar de las tijeras. Acaba de salir el sol y se ve muy bien el filo. Un poco más tarde se hace peor, a mediodía horrible, y de parte tarde, cuando está cayendo el sol, también se puede aprovechar, pero lo adecuado es a primera hora de la mañana, ya digo.

Había tajo. Pero también distracciones. No faltaba alguna picia, alguna broma, con el ganguino[1]. O se metían en un saco piedras y se le decía a alguno, poco fino:

– Oye, lleva estas piedras de afilar allí.

Y así no faltaban las risas[2] (…)

Geminiano Herranz trabajando en el esquileo de Cabanillas foto Guillermo Herrero
Geminiano Herranz trabajando en el esquileo de Cabanillas foto Guillermo Herrero

La oveja merina es la que mejor lana tiene. De una calidad especial. La lana con más cabos ha sido siempre la merina. Tiene más urdimbre. Urdimbre es el largor de la lana. Con esa lana se hacían los paños de Segovia, que era lo mejor que había (…)

Yo hablo mucho de ovejas, pero no he sido pastor, al menos a tiempo completo.  Una vez compré ocho o diez ovejas y cuando quise recordar tenía dos centenares. Pero luego las vendí (…)

Nací en Abades, en 1930. Casi ni fui a  la escuela. Aquí un maestro se encargaba de cien chicos. Si acaso, aprendíamos la cartilla primera y la segunda. Me considero agricultor. Era espabilado en la labranza. Tengo un premio de arada. Pero en la época de esquileo me dedicaba a esquilar.

Mi abuelo, mi padre y mis tíos fueron esquiladores. (…) Al acabar la Guerra Civil, mi padre escuchó un día en la radio de don Tomás que se vendían uvas en Cebreros a quince céntimos, y al día siguiente cogió dos machos que tenía y se fue a comprar. Desde entonces se dedicó al vino y, en primavera, a esquilar (…) A mí me gustaba esquilar, y mi madre le dijo a mi padre, que se llamaba Benito Herranz, que me enseñara, así que aprendí. Menos mal. Al poco tiempo, murió mi madre, y al año siguiente mi padre. Me quedé solo con mis hermanos. Tenía uno de 4 años, otro de 7 y otro de 11. Los tuve que ir criando, para salir adelante. Me ha tocado luchar mucho en la vida (…)

He esquilado 50 años. Unos 35 a tijera y 14 a máquina, los últimos ya con mis hijos. Y por muchos pueblos me tienen por esquilador. Ningún esquilador de Abades ha agarrado más el estevón[3] que yo, porque ya digo que me tengo por agricultor. (…) Muchos esquilábamos y, cuando terminábamos, nos dedicábamos a segar.

Yo estuve con la cuadrilla de esquiladores de mi tío Manuel, que llegó a llevar 40 hombres. Esta cuadrilla se encargaba de Matamanzano, Fuentemilanos, Guijasalvas, Aldeallana… Con el paso de los años, de esa cuadrilla se hicieron dos. Además, desde que los coches empezaron a abundar cambió mucho el panorama, pues ya nos movíamos hasta mucho más lejos. (…)

Al principio, nos tirábamos unos 40 días esquilando. Zamarramala era el primer pueblo donde se iba. Allí querían empezar sobre San Isidro. Pasados unos diez días desde el esquileo, la oveja se acarona. Acaronar es echar un poquito de lana. Entonces ya podía subir a la Sierra [de Guadarrama]. Había quien pensaba que era mejor esquilar un poco más tarde, porque la lana pesaba más, pero no. Cuando ha llegado su tiempo, la lana está hecha, no aumenta (…)

Un hombre, trabajando bien, esquila unas 40 ovejas merinas al día. Llegábamos al lugar, y desayunábamos, una tajada de queso y un poquito de aguardiente. Y a mover las tijeras. Cada uno llevábamos una vaina, hecha de cuero, colgada, y ahí iban las tijeras, cinco ó seis. Tiene su misterio esquilar. Hay que amarrar bien al animal y tener agilidad con la tijera. Como todo en la vida, hace falta saber hacerlo. Había veces que tocaba esquilar ovejas que dormían en buena cama y estaban limpias, pero otras veces estaban llenas de mierda y ¡hay que ver cómo te ponías los pantalones! ¡uf!. Mi mujer me daba todos los días tres pantalones lavados. En fin, cosas del oficio… Pero hemos ganado dinero. La gente de Abades ha ganado dinero esquilando.

Tan importante o más que esquilar bien es saber hacer el vellón. El vellón es la bola de lana. De eso se encargaban los recibidores. En cada cuadrilla había uno. Hubo recibidores que fueron a Extremadura solamente a recibir. Uno de los mejores fue el tío Tocino, el dulzainero. Era un especialista. Era recibidor y también sabía esquilar.

En Zamarramala se comía cocido en casi todas las casas. El postre del esquileo era siempre el arroz con leche. En Abades había magníficas cocineras de arroz con leche, ¡y no le digo nada en Marugán!. También había sitios donde comíamos peor. Cuando llegábamos a una casa donde no lo hacían bien, decíamos “¡no nos lo den, lo comemos todos los días!”. Por la noche, nos quedábamos a dormir en algún pajar que nos dejaban. ¡Cuántas veces habré dormido yo con un primo mío en algún pajar de Zamarramala!.

Al principio se pagaba muy poco. No ganábamos na. Entonces no existía todavía la máquina. La máquina llegó hace unos 30 años, hacia 1980. Luego, con mis chicos, ya con máquina, más recientemente, hemos llegado a esquilar hasta 21.000 ovejas en una sola campaña. Ahí ya se sacaba algo de rendimiento. Hemos sido felices y hemos ganado dinero. Un año fuimos hasta Fresno de Cantespino, y también a El Muyo, por la parte de Riaza, esquilando. En esa zona no había esquiladores y se esquilaba más tarde (…)

Todo ha cambiado últimamente. Viene gente de fuera a trabajar. Los polacos utilizan bien la máquina. Esquilan bien. Son muy trabajadores. Y las esquilan sueltas, no atan al animal. La oveja no sufre nada. Nosotros toda la vida esquilábamos a las ovejas atadas (…)

Se presentaban laneros a por la lana. Alguno, viejo, quedará. El último que venía por Abades era de Prádena. Murió hace unos pocos años. Un hijo suyo sigue comprando (…) Antiguamente, el vellón lo llevaban a Burgos. Tenía que ir preparado. Algunos echaban tierra para que pesara más. Una vez, un hombre metió mucha tierra en los vellones; la que barría del suelo la echaba. Lo descubrieron y quitaron cien kilos de tierra. Hacer aquello fue una ignonimia (…)

Aquí, en Abades, estaba lo mejor de las merinas. Se hacía una trashumancia corta. Iban todas las ovejas a la Sierra [de Guadarrama], y después de segar las bajaban al rastrojo. Y en este rastrojo comían de maravilla (…)

La salve de los esquiladores la aprendí de mi tío Manuel Herranz Vaquerizo. No se cantaba siempre. Únicamente en las piaras grandes, las de los ricos, y cuando estaba toda la cuadrilla. En Martín Miguel, en Párraces… pero si solo había dos centenares de ovejas no. Yo pensaba que se iba a acabar perdiendo la salve, así que un día la copié y llevé al Ayuntamiento de Abades el texto íntegro, explicando que se cantaba en la época del esquileo, en mayo y junio, y se había ido transmitiendo de generación en generación, de viva voz (…)   “En dispues de haber comido / las gracias a Dios se den / bendito y glorificado / por siempre jamás amén”. Así empieza. Yo no he conocido más cantares de los pastores que éste (…)”.

_________

[1] Ganguino. Palabra que no figura en el Diccionario de la Real Academia. Debe hacer referencia a una especie de gamusino, animal imaginario cuyo nombre se usa para  hacer bromas a los novatos.

[2] Los esquiladores se tomaban con buen humor su trabajo. Antonio Ponz, en su ‘Viaje de España’, escrito en el siglo XVIII, afirmaba que “es una temporada de alegría y especie de diversión la que dura el esquileo”.

[3] Esteva.

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