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Geminiano Herranz, el último esquilador a tijera de la sierra segoviana

por Julio Vías
5 de junio de 2026
Geminiano mostrando sus tijeras en el esquileo de Cabanillas. Foto Javier Sanchez
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Con motivo de la muerte en el día de ayer de Geminiano Herranz, a los 96 años de edad, reproducimos este reportaje, publicado en el año 2014 en “Cuaderno de Bitácora sobre la Sierra de Guadarrama”

El día 11 del pasado mes de mayo el fotógrafo Javier Sánchez y quien esto escribe fuimos a ver a nuestro amigo Geminiano Herranz, el más conocido y popular de los antiguos esquiladores de tierras de Segovia. Para la entrevista que le hicimos, en la que nos contó gran parte de su vida itinerante esquilando ovejas, no pudimos encontrar lugar más apropiado que la casa-esquileo de Cabanillas del Monte, la mejor conservada de toda la provincia gracias a los cuidados de su propietario y también buen amigo Rodrigo Peñalosa, vizconde de Altamira y heredero de la secular tradición ganadera de los marqueses de Lozoya. Todos los años Rodrigo organiza allí una demostración de esquileo a tijera en la que Geminiano imparte una lección magistral sobre la técnica de este antiguo oficio, que desempeñó durante gran parte de su vida y que heredó de sus antepasados, pues no en vano es hijo y nieto de esquiladores.

Geminiano nació en 1930 en el pequeño pueblo segoviano de Abades, y se inició en el arte de esquilar a los 15 años, ocupación que alternó con las labores del campo hasta su jubilación. El antiguo oficio de esquilador a tijera era itinerante, como los segadores y tantos otros en el pasado, formándose cuadrillas de diez o doce hombres unidos por relaciones de amistad o parentesco que recorrían las tierras de Segovia desde mediados de abril hasta finales de junio para esquilar los miles y miles de rebaños que hasta hace menos de cincuenta años existieron en la provincia desde los lejanos y esplendorosos tiempos de la Mesta. Con su grupo, formado entre otros por los hermanos Gómez (Francisco, Juan Manuel, Ángel, Constantino y Alejandro), Geminiano partía de Abades y recorría numerosos pueblos de los alrededores de la ciudad de Segovia, como Zamarramala, Valverde del Majano, Marugán, Vegas de Matute, Fuentemilanos, Matamanzano, El Campillo, y otros muchos situados ya en la Vera de la Sierra, como Otero de Herreros, Ortigosa del Monte, Revenga, La Losa, Torrecaballeros, Matabuena, Prádena y Arcones. Tras el esquileo, estos últimos subían a sus majadas de la Mujer Muerta y los montes Carpetanos hasta mediados de octubre.

Las hábiles manos de Geminiano resolviendo la difícil postura de sacar el pescuezo (fotografía de Javier Sánchez).
Las hábiles manos de Geminiano resolviendo la difícil postura de sacar el pescuezo (fotografía de Javier Sánchez).

La jornada comenzaba a las seis de la mañana y se prolongaba hasta la caída del sol, y en este tiempo un esquilador experto y buen conocedor de su oficio podía esquilar hasta cincuenta ovejas. Para hacerse una idea del esfuerzo que esto supone no hay más que hacer la prueba e intentar abrirse paso con unas tijeras de las de entonces a través del recio y apretado vellón de una oveja merina, y comprobar cómo le sangran a uno las manos a las dos horas escasas de iniciar la faena.

Mientras esquilaba a la oveja churra que le cayó en suerte este año, Geminiano nos iba contando cómo transcurrían las labores del esquileo en sus años de juventud. A las reses se las inmovilizaba atándoles patas y manos con una tomiza de esparto, tarea que realizaban unos operarios llamados ligadores, tras lo cual cada esquilador se santiguaba y murmuraba maquinalmente la antigua letanía utilizada por los esquiladores de Abades desde tiempos medievales: «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Por nuestros antepasados que lo hacían de igual modo…». Tras esta breve jaculatoria se comenzaba a esquilar a la oveja por los cuartos delanteros, o, traducido al argot del esquileo, sacando la paleta, y se iba avanzando hacia la parte trasera con diestros y rápidos cortes de tijera para que el vellón saliera todo de una pieza. Una vez sacado el primer bajo se seguía por los cuartos traseros hasta la cola, o lo que es lo mismo, se bajaba la nalga hasta el coleo. Después se daba la vuelta al animal y se continuaba por el otro costado en sentido inverso, es decir, se sacaba la segunda nalga, y se continuaba con el segundo bajo. Después había que sacar el pescuezo, que era la operación o postura más arriesgada y más temida por los esquiladores, sobre todo por los más inexpertos, dado el peligro de herir a la res con las afiladas hojas de las tijeras en la delicada piel del cuello. Superada esta comprometida postura había que llegar al lomeo y sacar el ramo del espinazo hasta el coleo, donde ya quedaba separado y extendido en el suelo todo el vellón, que recogía el recibidor y doblaba y ataba formando un hato para su almacenaje. Cuando una oveja sufría un corte se le aplicaba en la herida un poco de moreno, que no era otra cosa que hollín de fragua que acercaba un zagal o aprendiz a cada esquilador cuando este lo pedía. Los esquiladores siempre debían estar surtidos de este antiséptico natural, que cambiaban por queso de oveja a los herreros de los pueblos.

Además del jornal, los amos de los rebaños proporcionaban a las cuadrillas la comida y el alojamiento en los pajares. Así, llevando esta vida itinerante y sacrificada, Geminiano esquiló a tijera centenares de rebaños a lo largo de treinta y cinco años ejerciendo el oficio, y después otros tantos durante catorce años más utilizando ya la máquina de esquilar. Con ella llegó a despachar, ayudado por sus hijos, a más de 20.000 ovejas en una sola temporada. Sus manos sarmentosas lo atestiguan, aunque sorprende comprobar cómo siguen conservando la fuerza y la destreza de cuando era joven.
Hoy las labores del esquileo tienen muy poco que ver con las de entonces, y son cuadrillas procedentes de los países del este de Europa, sobre todo de Polonia, las que esquilan una gran parte de los rebaños segovianos y de otras regiones de la península ante la falta de profesionales españoles que quieran seguir con este oficio. Desaparecidos o muy venidos a menos los viejos usos y aprovechamientos de la lana, como la fabricación de mantas y colchones, el tejido de alfombras, la toquillería o la confección de géneros de punto tradicionales, nuestros vellones no pueden competir con los de otros países, como Australia, China o Nueva Zelanda, que han sabido adaptar su producción de lana a las exigencias de un mercado global por medio de una cuidadosa selección genética de razas ovinas, descendientes casi todas de la merina española. Las fibras textiles sintéticas han hecho el resto, y hoy en España se paga la lana a precios que a veces no cubren los gastos del esquileo, aunque desde hace poco tiempo una pequeña parte de la producción de vellones se exporta a China, que necesita importar esta materia prima para abastecer su todopoderosa industria textil, pese a ser el segundo productor mundial después de Australia. Es un tenue rayo de esperanza para el sector lanero español, que vivió tiempos de verdadero esplendor en siglos pasados y que hoy parece condenado a desaparecer.
A sus 84 años Geminiano sabe que en unos pocos años se perderá la técnica milenaria de esquilar a tijera, de la que él es depositario y maestro indiscutible en las tierras de Segovia. Por ello, mientras las fuerzas no le abandonen seguirá mostrando su destreza allí donde le requieran, contándonos con sus manos y con su sempiterna sonrisa la humilde historia de los esquiladores segovianos, que contribuyó en no poca medida a escribir la brillante historia del comercio de la lana castellana entre los siglos XIII y XVIII.

 

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