Diez de la mañana. R entra en la sala de juntas de su empresa. La reunión está a punto de comenzar. Es la cuarta a la que acude en la semana y aún es miércoles. Pertrechado con un bolígrafo, un par de folios en blanco y el móvil como agenda, repara en E, el jovencito que apenas lleva un mes en la casa y que, por enésima vez, repasa el taco de notas y gráficos que ha elaborado para la ocasión. Sonríe para sí. Después de 30 años, las reuniones de trabajo ya no le provocan ansiedad, sino hastío.
A la misma hora, U sale al portal con un café en una mano y un cigarrillo en la otra. Ha abandonado su puesto frente al ordenador mascullando una excusa: no va a decirles a sus compañeros de pantalla que las reuniones por Teams la traen a mal traer. Más de una hora aguantando el tipo ante la cámara y aún no se ha decidido nada. ¡Con lo que avanzaría ella si la dejaran trabajar sola en su despacho! Se enciende otro pitillo.
Por la otra acera, N camina a buen paso con la mochila colgada al hombro. Hoy se lleva la comida al instituto: a primera hora de la tarde hay claustro de profesores. Otra reunión interminable, otra más, en la que después de ser informados de la obligación de cumplir nuevos e inútiles trámites burocráticos, todos abominarán a una sola voz del sistema educativo de turno con el resultado consabido: tragar y llevarse el berrinche a casa, deseando que el curso acabe cuanto antes.
La que una vez más se dejará la cena hecha, sabiendo que se recogerá tarde, es I. Después de la misa de ocho, hay consejo parroquial. No sabe el orden del día, pero tanto da: se quejarán amargamente de la juventud, de los padres, de las familias, de la falta de relevo y añorarán a coro tiempos pasados. De cambiar el barrio, poco.
En la puerta de la iglesia se cruza con D, el presidente de la Asociación de Vecinos, y con O, el de la Cofradía. Acaban de convocar la próxima asamblea de aquélla y el próximo cabildo de ésta, sabiendo que ninguno de los dos logrará reunir a más de una decena de personas, contándose a ellos mismos. Están quemados. Un día de estos van a largarse definitivamente a casa y a dejar todo en manos de… ¿de quién?

Igual de resignada, S camina por la calle con el ceño fruncido. No era suficiente con la tarde que le han dado los niños, que ahora le toca acudir a la Junta Extraordinaria de propietarios. Otra junta, otra vez de noche, después de la movida que hubo en la del mes pasado. ¿Por qué le tocaría ser vocal? Y todavía quedan siete meses para renovar los cargos…
Mucho peor lo están pasando Z y P, los pobres: dos jóvenes militantes con aspiraciones políticas a los que el partido ha convocado de urgencia para sumarse al comité local de crisis a la mañana siguiente. Con la que está cayendo, se ven sin salir de la sede en todo el día. Él llevará café, ella bocadillos, y ambos la moral por los suelos.
Sean estas situaciones reales o ficticias, verosímiles o forzadas —a gusto del lector—, lo cierto es que, quien más quien menos, todos sufrimos el flagelo de las reuniones, insoslayable servidumbre de nuestros días. Y si son programadas, todavía, que uno ya está hecho a ello. Más dañinas son las imprevistas, esas que nos salen al paso chafando siempre un plan estupendo que nos vemos obligados a posponer.
Reuniones de trabajo, jornadas técnicas, sesiones de formación, juntas de vecinos, encuentros, claustros, asambleas, consistorios, consejos, congresos, cabildos, convenciones, comités, comisiones, gabinetes, capítulos, concilios y conciliábulos. ¿Quién se libra? Nos pasamos reunidos la mitad de nuestra vida en el trabajo y fuera de él. Habrá que sobrellevarlo, y también preguntarse: ¿de verdad son necesarias tantas quedadas? ¿Cuántas son realmente operativas? ¿Cuánto tiempo perdemos en ellas y cuánto hacemos perder a los demás?
Revisemos la agenda y seamos sinceros: de las reuniones que ya tenemos anotadas para el próximo mes, sin contar con las que surjan —que surgirán—, ¿a cuántas realmente nos apetece ir? ¿Cuántas sabemos de antemano que no van a aportarnos nada? ¿De cuántas nos disculparíamos de buena gana si pudiéramos? Y… ¿y si lo hacemos para la próxima? Porque, llevemos la sinceridad un poco más allá: ¿quién no se ha escaqueado alguna vez de alguna convocatoria plúmbea y deprimente?
En este apresurado ensayo sobre la tortura cotidiana, no podemos olvidarnos de los grupos de Whatsapp, esa nueva modalidad de reunión permanente e infernal de la que es imposible desentenderse. El summum de estas «metarreuniones» es el momento mágico en que alguien propone una encuesta para votar la fecha del próximo encuentro presencial (o virtual, ya puestos). Una iniciativa que casi siempre fracasa porque todas las opciones sacan los mismos puntos. Y el asunto queda en el aire hasta que otro bienintencionado administrador anima al personal a pronunciarse de nuevo rellenando otra que arroja idénticos resultados. Y vuelta a empezar.
Que sí, que es verdad, que en el mundo actual no podemos ir por libre, que es necesario juntarse, debatir y decidir entre todos. El trabajo en equipo y demás. Pero, ¿no es menos cierto que ya estamos saturados de tanta formalidad? Don Antonio Palenzuela, el obispo de la Transición en Segovia, recordado aún hoy por su llaneza y fina sabiduría, gustaba de decir una sentencia sobre la vida diocesana que, a mi entender, es también aplicable fuera de ésta por su carácter universal. Sírvame como corolario prestado para estas líneas: «Cuando Dios nos llame a su Gloria, no sabemos si nos encontrará unidos; lo que es seguro es que estaremos reunidos». Amén.
