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S. Agustín y la política

por Javier Gómez Darmendrail
25 de mayo de 2026
JAVIER GOMEZ DARMENDRAIL
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San Agustín de Hipona vivió entre los siglos IV y V de C. en plena transición del mundo clásico al mundo cristiano. Nació en el año 354 en Tagaste (actual Argelia) y murió 76 años después en Hipona, también en el norte de África. Su vida transcurre en un momento clave, en el final del Imperio romano de Occidente, cuando el cristianismo pasa de ser perseguido a convertirse en la religión dominante. De hecho, fue contemporáneo de acontecimientos decisivos como el saqueo de Roma por los visigodos en el año 410, lo que influyó profundamente en su pensamiento. Por eso, San Agustín no es solo un pensador religioso, sino también una figura puente entre dos épocas: el mundo antiguo grecorromano y la Europa cristiana medieval que estaba naciendo. Y ese contexto histórico influyó sin duda en su obra más famosa, “La ciudad de Dios”, que es casi un tratado sobre la crisis política de su tiempo.

Hago esta breve introducción para poner en suerte, por emplear términos taurinos, una frase suya de tal contundencia que ha atravesado los siglos sin perder vigencia ni actualidad: ”Quitad el derecho y entonces ¿qué distingue al gobierno de una banda de ladrones?

No es una exageración retórica, sino una advertencia profundamente realista, porque San Agustín no está hablando de leyes en abstracto, ni de códigos bien redactados, sino de algo más esencial que no es otra cosa que el derecho como límite moral del poder.

Cuando ese límite desaparece, cuando el poder deja de estar sometido a normas justas y pasa a servirse de ellas como instrumento, el Estado se vacía de legitimidad. Puede conservar las formas, las instituciones, los discursos protocolarios… pero en el fondo se convierte en una estructura organizada para el expolio. Es decir, en algo funcionalmente indistinguible de una banda de ladrones, salvo por su mayor escala y su capacidad de imponer obediencia.

Aquí es donde la frase conecta de forma casi natural con la reciente declaración de José María Aznar, cuando habló de una “coalición de saqueadores”, que cobra actualidad con la imputación de Zapatero, aunque vaya por delante mi respeto la presunción de inocencia. Pero más allá de la intención política concreta —que siempre hay que contextualizar— la expresión resulta interesante porque traduce al lenguaje de la calle lo que S. Agustín formuló en clave filosófica.

Porque cuando alguien habla de “saqueadores”, no solo está atacando al adversario; lo que está diciendo es lo que entiende él por legitimidad, por Estado y por límite del poder. Y ahí, más que en la frase en sí, es donde merece la pena detenerse a pensar.

Aznar no estaba haciendo una crítica técnica, sino moral. Y ahí está el punto clave, porque el paso de gobernantes a saqueadores no ocurre cuando se roba sin más, sino cuando se rompe el vínculo entre poder y derecho; cuando el poder ya no se justifica por el servicio al bien común, sino por su propia perpetuación o por el beneficio de quienes lo ejercen.

Lo inquietante es que este deterioro rara vez se presenta de forma abrupta. No vemos de pronto a los gobernantes con antifaz y saco al hombro, esa figura que siempre ha representado a los ladrones. Lo que ocurre es más sutil, porque se colonizan las instituciones, se reinterpretan las normas en beneficio propio, se desactivan los controles, y se banaliza la corrupción, reduciéndola a mera disputa partidista.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, el derecho sigue existiendo… pero ya no cumple su función y se convierte en un simple decorado. Y en ese momento, la pregunta de S. Agustín deja de ser filosófica para volverse incómodamente realista.

Lo interesante de unir ambas frases —la de S. Agustín y la de Aznar— es que juntas dibujan un arco completo. Por un lado S. Agustín establece el principio de que sin justicia, el poder es mera rapiña organizada, y por otro, Aznar lanza la insinuación de que podríamos estar ante quienes actúan con enorme descaro.

Sin embargo, la validez de la advertencia agustiniana es incuestionable. Cada vez que el ciudadano percibe que la ley no protege, sino que encubre, que no limita al poder, sino que lo blinda, que no sirve al interés general, sino a intereses particulares… entonces la confianza se erosiona. Y cuando la confianza desaparece, el Estado empieza a desdibujarse peligrosamente.

En el fondo, la frase de S. Agustín no es solo una crítica al poder, sino una exigencia permanente de que el derecho no sea una herramienta del gobierno, sino su frontera. Porque cuando esa frontera se borra, la distancia entre gobernar y saquear deja de ser una cuestión de palabras y pasa a ser, simplemente, una cuestión de grupo.

Y quizá ahí esté la enseñanza más profunda para cualquier época, porque no basta con que haya gobierno; es necesario preguntarse constantemente si sigue habiendo justicia. Porque, si la justicia se pierde, la pregunta de S. Agustín deja de ser filosófica y se vuelve peligrosamente real.

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