Andaba perdido en la hojarasca. Tan pronto Jorge Cafrune como Atahualpa Yupanqui; duda entre tocar o cantar. Luego Bob Dylan: ya no hacía falta cantar tan bien y la respuesta estaba en el viento. John Denver de cine. Leonard Cohen o Georges Moustaki, poesía por encima de la parafernalia. Ay. Quizás no debía salir del repertorio de Ismael.
Surgió ante mí, profeta de pelos y barbas sueltos y salvajes, adelanto de civilización sobre sus ojos en forma de lentes lennonianas, casi una aparición, despidiendo a los ríos y a las fuentes y a los regatos pequeños. Ese timbre era el mío. Yo no solo quería cantar así, no solo quería decir esas cosas. Yo quería ser ese.
Como la humildad de mi origen me hacía creer que de mí a muchos había una distancia insuperable, como siempre he intentado practicar el undécimo (no molestar), dejé que Amancio Prada vagara por las calles, que se asomara a los miradores, que se guardara como un sefardí regresado al laberinto de su aljama de Segovia, sin perturbarle más.
De repente apareció afeitado, pulcro, sin gafas, con un acompañamiento mínimo que reafirmaba la belleza de su puesta en escena. Expresaba lo que yo quería decir: “Libre te quiero, pero no mía.” A lo mejor yo sí quería que fuera mía, pero, si la quería, tenía que quererla para que no fuera ni suya siquiera. A modo de resolución Amancio cantaba, yo cantaba, la Canción de amor número 2: “Yo que tiritaba de frío… y tú, gacela blanca… beberé sonrisas de tu árbol.”

Resuelto en fotocopia de Amancio, me había emocionado hasta llorar escuchando, cantando, su Canto Espiritual. Triunfo en el funeral de Jaime Alpens, presidido por el padre Luciano, cuando, después de arrancarme con el “Vuélvete paloma”, don Domiciano, mi querido y añorado profesor de todas las asignaturas, (¡cuánta gente buena se va sin mi abrazo, por lo menos literario!) don Domiciano, decía, digo, me dijo que creía que lo cantaba Amancio.
Vino el premio. En una esquina de la calle Real me topé con Amancio Prada y le solté mi admiración, mi cariño, el proselitismo que hago a su favor para que todos lo oigan, lo escuchen, lo frecuenten y lo financien. Donde yo me temía reserva de propiedad encontré palabras de apoyo, sonrisa como un espaldarazo.
Quizás los años hayan dado más reposo a sus interpretaciones. O más juegos florales. Por mucho que la sonrisa de sus ojos permanezca ajena al paso de los años. Nosotros, con él, vamos para allá.
Algunas veces me contesta agradeciendo mis jerigonzas. Lo pondría por delante del nobel, del Grammy o del mismísimo contrato que me firmara la Magnum.
Pero no se trata de mí. Se trata de Amancio. De Amancio Prada. Canta, compone, toca la guitarra. Un poeta.
Me gustaría que esta felicitación se uniera a todas las aquiescencias conseguidas a lo largo de su vida y tras ellas terminara pensando que fue necesario que naciera, que cantara, para que este planeta se sostuviera dando vueltas sobre su eje y alrededor del sol. Amancio Prada es necesario.
Bajo la constelación de este Amancio, quizás se amontonen, lejos, para no ofender la vista, chatarras varias: éxito, rentas, posesiones y demás intendencias. Porque la vida de Amancio Prada enciende un farol en el maremágnum neblinoso de muchos, de algunos, de mí. Así voy siendo.
Sabe, Amancio: te queremos. Gracias.
