Un lejano tío mío, sacerdote, don Ignacio Zulueta, fue durante un tiempo profesor de religión del grupito de estudiantes de Las Jarillas y, después en San Sebastián, donde hicieron el bachillerato don Juan Carlos y otros muchachos adecuadamente seleccionados. Periódicamente venía a comer a casa y nos daba noticias que escuchábamos expectantes: mi padre adoraba a ese niño desde que nació, tenía puestas en él todas sus esperanzas, y con él, toda la familia. Fervientemente leal a la monarquía constitucional, como era, y considerando que don Juan se había suicidado políticamente uniéndose al que se llamó aquí “contubernio de Múnich”, una inhábil metedura de pata, su rey era don Juan Carlos.
Las noticias de don Ignacio eran, además, muy interesantes. El niño Juanito, nos decía, sin ser extraordinariamente inteligente, desde luego para nada un intelectual, tiene una buena voluntad de hierro y una fuerza de voluntad como para llevar a cabo lo que se proponga también de hierro.
Cuando vivíamos en Roma, mi padre nos llevaba de paseo hasta la Villa Doria Pamphili para ver si, desde arriba, veía al príncipe jugar al fútbol con sus primos los Torlonia. Nunca coincidimos de horarios.
Más tarde, cuando don Juan Carlos hacía sus variadas carreras, mi padre fue su profesor de Historia del Arte, asignatura impartida de una forma muy excepcional: como al estudiante no le quedaba una sola hora libre, dedicaron durante dos años un fin de semana al mes a aprender en vivo España y todos sus encantos, recorrieron infinidad de capitales y pueblos explicando castillos, catedrales, palacios, murallas, museos, arquitectura, conjuntos urbanos y paisajes. De esos fines de semana, mi padre volvía contentísimo diciendo: “Va a ser un buen rey, la Historia del Arte no le interesa absolutamente nada”. Al parecer, de lo que hablaban era de política. La teoría de mi padre era que todos los reyes de España habían sido buenos aficionados a las artes, pero los realmente verdaderos “tifosi” habían sido siempre malos reyes.
Posteriormente, he tenido ocasión de comprobar el enorme cariño que se tuvieron.
Creo sinceramente que don Juan Carlos pasará a la Historia entre los grandes reyes. Y también creo que, si llegara a morir fuera de España, el tema, que ahora deja fríos a los españoles, se calentará después y puede repercutir en detrimento de la imagen del rey Felipe. También creo que, llegado a España, meterá la pata más de una vez; es un hombre de acción y, sin una misión importante que ocupe su mente y su tiempo, se aburrirá y se meterá en algún jaleo; pero también confío en que a don Felipe no le falta inteligencia y habilidad para controlar las situaciones.
Europa es prácticamente el único lugar del mundo con varias monarquías constitucionales. Es también prácticamente la única zona del mundo en paz. No queremos volver a ser grandes otra vez, queremos el bienestar de nuestros ciudadanos, disfrutar de nuestras preciosas ciudades, monumentos y paisajes, y que las disfruten quienes quieran visitarnos; y colaborar con las zonas del mundo menos favorecidas por la suerte. Con todo esto tienen mucho que ver las monarquías constitucionales, aportando equilibrio entre los poderes del Estado, efectuando una labor diplomática que ha supuesto enormes ventajas económicas éxito en las relaciones internacionales, y una labor representativa que otros ni saben ni pueden hacer ni es su misión, por la razón de que oficialmente los reyes no son políticos, no tienen una ideología, su única misión es España. Todo esto siempre y cuando los presidentes del gobierno no decidan ser el rey e imposibiliten las diversas misiones de la monarquía.
Todas las casas reales de Europa tienen una fortuna personal muy conveniente. La Casa Real Española es más pobre que las ratas. Todo aquello de que disfrutan pertenece al Estado. Si en algún momento la inquieta España se levanta republicana estos importantes funcionarios viven de limosna o se van debajo de un puente. Su situación debería ser más digna, más en consonancia con las otras monarquías europeas.
