La Semana Internacional de Cine de Valladolid dedicará el ciclo retrospectivo de la 71 edición a revisar el papel decisivo del sonido en el relato con ‘Una historia del sonido (en el cine)’. La propuesta incluirá un ciclo de películas, el programa de charlas ‘Pensar (y escuchar) el cine’ y una publicación monográfica en colaboración con ‘Caimán Cuadernos de Cine’.
Aunque el cine nació mudo, la llegada del sonido supuso una transformación decisiva, mientras su potencial como herramienta clave del lenguaje fílmico se desarrollaba de forma progresiva. Durante mucho tiempo, su función fue subordinada a la imagen. Sin embargo, a lo largo de las décadas, el sonido ha ido ganando autonomía hasta convertirse, en numerosas propuestas contemporáneas, en el verdadero motor de la experiencia cinematográfica.
En los últimos años, cineastas como Apichatpong Weerasethakul, Lucrecia Martel, Jonathan Glazer u Oliver Laxe han radicalizado esta tendencia, concibiendo el sonido como materia prima de la creación fílmica. En este contexto, ‘Una historia del sonido (en el cine)’ se plantea como un espacio de reflexión sobre cómo las ondas, frecuencias y silencios han permitido no solo expandir las posibilidades estéticas del cine, sino también abordar cuestiones políticas, históricas e íntimas.
Dos bloques
La retrospectiva recorre una selección de títulos organizada en dos grandes bloques: un primer tramo que recorre el siglo XX, desde los inicios del cine sonoro hasta finales de los años noventa, y un segundo que se adentra en el siglo XXI.
El itinerario arranca con ‘M’ (Fritz Lang, 1931), una de las primeras películas en explorar el potencial expresivo del sonido como elemento narrativo, con el célebre silbido del asesino como marca sonora y dispositivo de tensión. Seguirá con ‘Enthusiasm: Symphony of the Donbas’ (Dziga Vertov, 1931) y ‘Listen to Britain’ (Humphrey Jennings y Stewart McAllister, 1942), donde el montaje de sonidos se pone al servicio de una construcción ideológica.
El recorrido del siglo XX atraviesa distintas formas de experimentación sonora: desde los paisajes acústicos urbanos en ‘Playtime’ (Jacques Tati, 1967), donde los sonidos cotidianos construyen una sátira de la modernidad, hasta la depuración extrema de ‘Lancelot du Lac’ (Robert Bresson, 1974), donde la repetición de sonidos —armaduras, pasos, choques— construye una cadencia austera que sustituye al énfasis dramático.
La escucha se convierte en eje del relato de ‘La conversación’ (Francis Ford Coppola, 1974), mientras que en ‘El grito’ (Jerzy Skolimowski, 1978) el sonido adquiere una dimensión física e inquietante, y en ‘Blow Out’ (Brian De Palma, 1981) la manipulación del audio pasa a ser directamente materia narrativa.
