La visita de María Corina Machado a España ha sido trascendental. Cerca de ella y los suyos se percibe algo especial, algo que está recogido en la expresión “A la venezolana”, que es cómo se llamó el multitudinario mitin de la Puerta del Sol. Esta expresión, que ha salido de la gente, es la respuesta espontánea a la pregunta de cómo va a ser el tránsito de la dictadura a la democracia en Venezuela. “A la venezolana” es un estado de ánimo, algo existencial, no es una estrategia o un slogan, es dolor profundo convertido en vitalidad pura. Casi tres décadas de persecución, robo y tortura chavista han generado un drama humano inconmensurable, pero también un torrente indetenible de esperanza que va más allá de lo racional.
“A la venezolana” es un estado de ánimo, lo cual no significa que sea algo secundario, todo lo contrario. Los estados de ánimo son lo más importante para los seres humanos según Heidegger, el autor de Ser y Tiempo. Aún más importantes, en su opinión, que el conocimiento o la percepción. Cuando alguien te pregunta ¿cómo te encuentras? se está interesando por tu estado de ánimo. Si te encuentras bien, si estás “aquí” y “ahora” puedes pensar en el mundo, puedes mirarlo de frente, tratar de mejorarlo o dejarlo como está. Si no te encuentras bien, la angustia y el miedo te alejan, te hunden en tu propio interior y te aíslan. “A la venezolana” es el estado de ánimo con el que los venezolanos se han levantado tras la devastación chavista, es el espíritu que los agrupa y tiene mucho de esperanza y espiritualidad.
Venezuela ha padecido el totalitarismo chavista durante 27 años, que en realidad ha sido una intervención soterrada de Cuba junto al narcoterrorismo, el yihadismo iraní y sus proxis, el ELN y las FARC colombianas con Hugo Chávez y Nicolás Maduro dando la cara. Una gran parte de la vida de los venezolanos actuales ha transcurrido en un infierno cuyo proyecto político era cambiarles el alma. Fracasaron. El sufrimiento infinito y la adversidad han hecho que renazca en Venezuela la esperanza, insuflando un espíritu renovado en sus gentes y su líder: los llantos, los abrazos, los rosarios, las risas y las promesas apasionadas en los mítines de María Corina, además de los mensajes reflexivos y sutiles dirigidos a personas capaces de entenderlos y asimilarlos, descolocan a los que se empeñan en ver en la polarización lo esencial de la política. Así, están fuera de lugar los reproches del ministro José Manuel Albares al no poder beneficiar a Pedro Sánchez con el tirón mediático de María Corina en un encuentro cara a cara. No es nada personal, lo que pasa es que la esperanza se proyecta siempre hacia el futuro, y cuando se ocupa del presente lo hace para mejorarlo, no para blanquearlo.
La relación dialéctica entre desesperación y esperanza es una constante en la tradición occidental. Los antiguos griegos decían que Elpis, la diosa de la esperanza, era hija de Nix la diosa de la noche. Nietzsche considera que la negatividad de la desesperación es inherente a la esperanza y la potencia antes que anularla; pero quien se acerca más al estado de ánimo venezolano es Václav Havel, dramaturgo y defensor de los derechos humanos, quien fue el primer presidente de la República Checa tras la caída del comunismo. No es casual que María Corina Machado recibiese, poco después de ganar las elecciones del 28J, el Premio Václav Havel de Derechos Humanos 2024, otorgado por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. Este reconocimiento que destaca su defensa de la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho lo recibió dos años antes del Premio Nobel de la Paz y también desde la clandestinidad.
Havel dice que fue en prisión donde entendió la dimensión espiritual y ética de la esperanza, que no es fantasiosa como el optimismo que no puede evitar esquivar lo malo. Havel define la esperanza como algo indiferente de la valoración del mundo, de los pronósticos, algo que trasciende las cosas y se hace más profunda cuanto más adversa sea la situación. La esperanza es la “única capaz de mantenernos a flote en medio de todas las adversidades y de alentarnos a hacer buenos actos, y es la única fuente genuina de la grandeza del espíritu humano y de sus porfías”.
Crispados tertulianos peninsulares se empeñan en explicar el paso de María Corina por Madrid desde una visión maniquea. No funciona. Es inevitable que el dualismo chirríe en el caso de Venezuela porque “A la venezolana” no tiene nada que ver con el deseo, con cómo se espera que pasen las cosas o cualquier otra predicción. Es puro espíritu criollo que va solucionando las cosas según vayan viniendo. Es como la esperanza de la que habla Nietzsche: “un arco iris cien veces engullido por el espumaje y otras tantas veces rehecho de nuevo, y que con tierna y bella audacia despunta sobre el torrente, ahí donde su rugido es más salvaje y peligroso”. Así es como va a ser la transición democrática en Venezuela, no como la española o como la de Sudáfrica ni la argentina, va a ser “A la venezolana”.