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La ‘maldición’ del trabajo

por José María Martín Sánchez
1 de mayo de 2026
JOSE MARIA MARTIN DEPORTES
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Arturo

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No hará falta que les diga que el trabajo que realiza la gran mayoría de la especie humana procede de una maldición – Génesis (cap. 3, vers. 19-párrafo 21)-, dentro del encuentro ‘amistoso’ entre Jesús y Adán en el Paraiso: ‘Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado…’. Lo escrito se atribuye a Moisés. Que vaya ‘usté’ a saber después de la tira de años -un ‘montonazo’-, que se han sucedido, si salió de su pluma tal cual, o se fue ‘redondeando’ con el devenir de los tiempos.

Sea como fuere, y poniéndole un poco de alegría musical al tema -pues lo merece-, unámonos a la canción que dio vida el argentino Luis Aguilé: ‘Es una lata el trabajar/, todos los días te tienes que levantar…’. También aquel diálogo habido entre sendos trabajadores de construcción a pie de ‘tajo’:

-Te digo yo que el trabajo proporciona salud mental’/

-Y, créeme, también dolor de riñones.

Imagen de ‘La Segoviana’, longeba fábrica de loza.
Imagen de ‘La Segoviana’, longeba fábrica de loza.

 

Una trayectoria ejemplar
Puesto el lector en ‘manos’ de la entradilla, permítame describir lo que fue larga trayectoria de un trabajador segoviano de nombre Ciriaco Martín. La historia, verídica, se inicia con la ocupación de quien comenzó su vida laboral en el año 1865. Lo hizo en la empresa fabricante de loza, ‘La Segoviana’, que, en el arrabal de San Lorenzo había creado el ingeniero segoviano Melitón Martín y Arranz cuatro años antes. Ubicándola en el espacio donde anteriormente hubo una fábrica textil, aprovechando ambas las aguas del Eresma.

El protagonista de esta historia comenzó a trabajar cuando contaba 17 años de edad. Tres años antes habían llegado a la fábrica trabajadores de la localidad lucense de Cervos y concretamente de Sargadelos -pionero de la extraordinaria fabricación cerámica-, coincidiendo también algunos años, con la presencia (1887-1907) de Ignacio Zuloaga.

Pasamos hoja. Dado que la fábrica no daba los rendimientos que de ella se esperaba, en 1875 el señor Martín Arranz vende a Marcos Vargas Mayorga, que la mantiene activa – larga vida y dirección encomiable-, hasta su fallecimiento en 1914. Ciriaco, que comenzó su trabajo como aprendiz, después de una larguísima trayectoria profesional, acabó en la empresa en el puesto de Maestro de Hornos. Su fallecimiento en el año 1902, a la edad de 54 años y 37 de vida laboral ininterrumpida, fue sentido por el empresario como si de un miembro más de su familia se tratara. Una trayectoria de vida laboral ejemplar tan larga como impensable para ambas partes.

Panóramica de la fábrica en su ubicación en San Lorenzo.
Panóramica de la fábrica en su ubicación en San Lorenzo.

A cada cual lo suyo
Cierto que eran otros tiempos, donde la legislación laboral -prácticamente inexistente y escaso cumplimiento de la que había-, no llevaba a una idílica relación empresario/trabajador. Solo la Comisión de Reformas Sociales (1), 1883, dio algunos tímidos pasos para regular condiciones de trabajo y se quedó corta, muy corta. Pese a ello, a que no obligaba, -y de ahí que se destaque-, la empresa adquirió el siguiente compromiso:

-Entregar a la esposa del trabajador fallecido 125 pesetas (2).

-Concesión de pensión de una peseta diaria, pagadas quincenalmente.

-Incremento del jornal de un hijo de Ciriaco, que ya trabajaba en la fábrica.

-Oferta de puesto de trabajo a todos los hijos de su familia…

La Ley no le obligaba, pero la larga permanencia, la dedicación y el trabajo bien realizado por Ciriaco en benefició de ambas partes, sí.
El trabajador dejó escrito en un relato que tituló ‘Memorias de un obrero’, todo el recorrido de su vida laboral. Digno colofón para quien cumplió fielmente y fue más allá, incluso, de lo convenido y de un empresario que supo responder. No hay diálogo social que más valga en las relaciones laborales.

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Sea permitido pensar
‘Si lo pensamos, veremos que muchos de los disgustos que nos sobrevienen lo son por palabras innecesarias’. Azorín, escritor.

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(1) La primera cotización para alcanzar el Seguro de Vejez (1870) fue en España la conocida como ‘perra gorda’. Décima parte de una peseta. En el año 1883 -reinado de Alfonso XIII- fue la Comisión de Reformas Sociales, creada por Decreto, quien inició el camino para tratar de apaciguar los ánimos de la clase trabajadora, que exigía medidas de protección al llegar el momento de su jubilación. Fue el germen para que posteriormente se creara, 1903, el Instituto de Reformas Sociales y el siguiente paso, 1909, el Instituto Nacional de Previsión (INP). El primer seguro social obligatorio, conocido como el Retiro Obrero, se constituyó, en 1919 (gestionado por el INP), el cual fijaba la edad de jubilación en los 65 años. La referida cotización -diez céntimos día-, daba derecho a percibir una peseta diaria por jubilación. El periodo de cotización se estableció en 20 años.

(2) No fue hasta 1900 cuando se introdujo el primer seguro social (Ley de Accidentes de Trabajo). Hasta entonces los gremios, con cuotas de sus afiliados, establecían socorros mutuos y previsión para la vejez.

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