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El Brujo

Un destino o el embrujo de un cómico loco y divertidísimo

por Maite Hernangómez
19 de abril de 2026
El Brujo en ‘Iconos o la exploración del destino’.

El Brujo en ‘Iconos o la exploración del destino’.

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Hablar de un espectáculo de Rafael Álvarez el Brujo es harto difícil, porque como se puede dar cuenta y comprimir en el espacio de un hueco de periódico tanta heroicidad escénica, las casi dos horas que duró la función de la noche del sábado en el teatro Juan Bravo. Un monólogo teatral en el que no hay ni trampa ni cartón, que se desenvuelve con el sello de lo auténtico, de lo fresco. El Brujo, con inteligencia, sensibilidad, emoción y diversión, mucha diversión, y conocimiento te habla del destino, de la libertad, de la ley del Karma, y lo hace ni más ni menos a través de cuatro personajes de las tragedias griegas y su relación con la filosofía de la reencarnación hinduista. El concepto es claro: quien la hace la paga; si no es en esta vida, será en la siguiente o en las subsiguientes. Nada queda inmune, nada es gratuito. Las fechorías se pagan. Hay ciertas leyes universales que coinciden en todas las culturas, las más importantes: no matar, no violar, no robar, no mentir, si estas leyes son violadas el universo te pondrá en el brete, en algún momento lo pagarás muy caro y a eso no te puedes sustraer, no hay escapatoria, no hay donde esconderse, como si todo lo que hacemos quedara escrito en esa hélice helicoidal llamada ADN, o en algún lugar del firmamento recóndito. Ahí tenemos el Destino, con mayúsculas. Esa es la tragedia, y liga la cultura griega con la mística oriental y la ley del Karma.

Medea, Edipo, Antígona y Hécuba son los personajes icónicos y trágicos que Rafael Álvarez el Brujo elige para reflexionar sobre el destino y la libertad. Lo entremezcla con asuntos y personajes de la actualidad, y también con algunas cosas de su vida. Hay un tronco, ramas, hojas y flores. Divaga y discurre con humor, agilidad y rapidez mental como puede hacerlo la mente saltando de rama en rama como un mono, pero vuelve al tronco, a la idea principal sobre la que se sostiene su espectáculo. Y se va de nuevo,  a veces un poco más lejos, a las hojas, por ejemplo; parecería que se va a perder, o quizá se pierda, pero eso lo hace aún más interesante, porque entonces, entra y entramos en una especie de delirio donde los tiempos se yuxtaponen y los espacios se enredan, para luego volver al tallo y  sorprendernos al final del espectáculo, que es cuando podemos contemplar al árbol entero.

El Brujo es nuestro juglar actual, es el gran contador de historias que se asemeja al gran cómico italiano Darío Fo, un grande de los grandes en la historia de teatro de la segunda mitad del siglo XX, iconoclasta y anticlerical recibió el Nobel en 1996. Estos dos grandes actores parecen primos hermanos. Se nota que nacieron con el don del relator y lo desarrollan hasta dejarse el alma en ello. El alma sí. Es el alma la que está dentro del cuerpo o es un cuerpo dado con precisión para albergar esa alma. El cuerpo del Brujo cuando está en el escenario despide una energía buena que nos hace sentir bien.  Él, que lleva toda la vida practicando la meditación profunda, es un buscador de sentido. Su herramienta es el teatro, esa es la suerte que tenemos, pues conjuga talento, libertad y conocimiento; maestría del oficio teatral y entendimiento de lo que cuenta. El brujo escribe sus guiones, se dirige a sí mismo y es el intérprete de sus propios textos. Tiene el sentido del ritmo escénico en su cuerpo menudo y flexible, tiene gracia hasta para sentarse e inventarse una dramaturgia que justifique la presencia y el uso de la silla, el único elemento escénico que además necesita porque ya tiene cierta edad el Brujo y lógicamente a veces prefiere estar sentado. Y va y nos dice al principio que, como es cubano consorte, pues convierte la silla en una especie de carrito que allí en Cuba vende frutas, y que a eso le llaman ser capitalista.

Al Brujo le acompaña el músico Javier Alejandro,  compañero inseparable en el escenario, lleva haciéndolo desde hace años, en este caso toca el sitar, el violín y el pandero. Él funciona como las tildes en las palabras. Acentúa ciertos momentos con pequeños toques que dan puntuación el espectáculo, y lo hace tan bien, que cuanto tenemos la suerte de escuchar algún compás más quedamos con ganas de que continúe, pero esto es así deliberada y decididamente por el absoluto maestro de ceremonias: El Brujo.

El minuto de silencio que nos otorga al final es hermoso y sentido, los espectadores caemos derrumbados ante el último personaje: la valiente y voluntariosa Hécuba que cuando supo que el rey había matado a sus hijos le saca los ojos y con ellos en las manos ensangrentadas va gritando de rabia y de dolor. La gente le tira piedras desde lejos porque no se atreve a acercársela, entonces ella coge una de esas piedras entre los dientes y su dolor se convierte en un silencio que recorre la tierra y llega hasta el mar. Y ese silencio vuelve al teatro, y el público tiene que bajar la cabeza como ante una ráfaga de viento. Aún Rafael Álvarez el Brujo, pide al público que nos regalemos un minuto de ese silencio para que inunde toda la tierra de Gaza, el Líbano, Ucrania… las tierras que actualmente están en guerra. Y el silencio se hizo, y embrujados vimos el árbol entero: ese que hondamente nos había ido mostrando el cómico hechicero. Y sentimos paz.

Después vinieron los aplausos con la gente en pie, y aún el Brujo, como despedida, nos alentó a  “vivir sin miedo”.

Ficha Artística

“ICONOS O LA EXPLORACIÓN DEL DESTINO”

CIA EL BRUJO

 TEATRO JUAN BRAVO

18 de abril

 Cuadro Artístico

Dirección: Rafael Álvarez

Atye. de dirección: Oscar Adiego

Musica original: Javier Alejano

Escenografía: Equipo Escenográfico PEB

Iluminación Miguel Ángel Camacho

Vestuario: Georgina Moustellier

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