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San Millán, patrón de Castilla

por Félix García de Pablos
6 de abril de 2026
FELIX GARCIA DE PABLOS
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Asfaltando la verdad

San Millán nació hacia el año 474 en el paraje riojano de Vergegio, identificado con el actual Berceo. Allí transcurrieron los primeros años de vida del santo como un sencillo pastor, mientras recibía formación religiosa del eremita Félix de Bilibio. Esta influencia debió ser determinante para la futura vocación eremita del propio San Millán, habitando, durante cerca de cuarenta años un oratorio natural en el monte Dirtercio. Su fama de santo se extendió rápidamente y fue impulsado a ordenarse sacerdote por el Obispo Didimio de Tarazona. Al final de su vida vivió en un monasterio, donde murió en el año 574, algo más de cien años de su nacimiento. En el siglo XIII, un monje de la Cogolla, Gonzalo de Berceo, escribirá una versión romanizada de su vida, La Estoria del Sennor Sant Millán, que popularizó en lengua vulgar unos hechos hasta entonces sólo recogidos en latín.

La rivalidad entre el reino de León y el nacimiento del condado de Castilla convirtió a San Millán en un caudillo militar en el imaginario popular. Así, como respuesta a la ayuda prestada por Santiago a las tropas de Ramiro I en la batalla de Clavijo (844), el santo castellano capitaneará las huestes castellano-navarras del Conde Fernán González y el rey de Navarra García Sánchez, en la batalla librada en Simancas contra Abd al Rahman III en el año 939.

San Millán será proclamado patrón de Castilla y Navarra, patronazgo que quedará relegado tras la incorporación de los distintos territorios bajo el cetro de los antiguos reyes leoneses que eligieron al  apóstol compostelano. A pesar de ello, la cuestión vuelve a plantearse en el siglo XVII, relanzándose de nuevo el patronazgo sobre Castilla y el copatronazgo en plano de igualdad con Santiago, sobre toda España.

San Millán había fundado el monasterio de Suso, que hacia el año 1030 adoptó la regla de San Benito, quedando constituidos en monjes benedictinos.

El Monasterio de Yuso se inauguró el 26 de septiembre de 1067 con el traslado de las arquetas que contenían los restos de San Millán. El actual edificio se construyó en el siglo XVI. En diciembre de 1997, la UNESCO declaró a los monasterios, el de Suso y Yuso, patrimonio cultural de la humanidad.

La vida y milagros del gloriosísimo San Millán fueron escritos hacia el año 636 por San Braulio, cuando ya era Obispo de Zaragoza, gracias a las revelaciones de cuatro discípulos del santo: Citonato, Geroncio, Sofronio y Potonia, testigos presenciales de aquella vida y milagros.

Nace San Millán de la Cogolla o San Millán Abad en el año 474 y muere en el año 574, según indicó San Braulio, y luego repetirá Gonzalo de Berceo, el primer poeta en lengua castellana. El santo nació en San Millán, en lo que hoy conocemos como Suso, donde está el monasterio antiguo, que entonces pertenecía al municipio de Berceo. Hay documentos que señalan que el santo murió el 12 de noviembre del año 574, a los 101 años. La fiesta del santo se celebra el 12 de noviembre por ser el día de su muerte. Hijo de una familia humilde, se le encomendó el cuidado de un rebaño hasta los veinte años. Recibió la llamada a la perfección evangélica, y se dirigió a los riscos de Bilibio, cerca de Haro (La Rioja), donde moraba un santo llamado Felices, famoso por su santidad, el cual le instruyó en el conocimiento del evangelio. Vuelve al lugar de nacimiento, a la espesura de los montes de la Cogolla, los montes Distercios, y se entregó a la vida de ermitaño.

Vive cuarenta años en oración y penitencia constantes, en una ermita o cueva monte adentro. Su fama de santidad llegó a Dídimo, Obispo de Tarazona, quien le encomienda el cuidado de la parroquia de Berceo, perteneciente a dicha diócesis. San Millán se preocupa del bienestar material y espiritual de los fieles, especialmente de los pobres, enfermos y necesitados.

San Millán es liberado del cuidado pastoral de la parroquia de Santa Eulalia de Berceo y se retiró al lugar donde ahora está el monasterio de Suso. Allí viviría el resto de su vida, acompañado de sus discípulos, y formando con ellos un monasterio de monjes y otro de sagradas mujeres. Curaba enfermos como el monje Armentario o una mujer llamada Bárbara, de la tierra a Amaya. También constan otros milagros, como el del madero que creció más de un palmo, el de la multiplicación del vino, de modo que su fama de santidad hacía que las personas pasaran a visitarlo.

Muerto San Millán, su discípulo Aselo, con gran acompañamiento de los discípulos del santo, de religiosos, enterró su cuerpo en una de las cuevas rupestres de lo que entonces era el monasterio. Allí permanecieron hasta que, en la cuaresma del año 1030, en presencia de cuatro Obispos y el rey de Navarra, el abad del monasterio, don Sancho, y sus monjes, extrajeron sus restos y los introdujeron en un arca de plata, regalo del rey navarro, que colocaron en el altar mayor de la nueva basílica de Suso. Aquellos milagros se sucedieron después de su muerte, con la sanación de Eufrasia del lugar de Banonico, de la resurrección de una niña del lugar de Prado. Numerosos visitantes se acercaban a Suso para venerar sus restos y solicitar la gracia de su intercesión y su culto se extendió por la diócesis de Zaragoza, como en la de Toledo, cuando San Eugenio fue nombrado pastor de dicha diócesis.

Lo propio hizo San Ildefonso (607-667) en Sevilla y luego en Toledo. La canonización oficial del santo tuvo lugar el año 1030. Durante la cuaresma estaba en San Millán el rey Sancho el Mayor de Navarra y su esposa Dª Muniadonna. Le acompañaban los obispos de Pamplona, el de Oca, el Álava y el de Huesca. El abad del monasterio don Sancho, que tenía carácter episcopal, y sus monjes creyeron oportuno aprovechar la visita de los reyes y los cuatro obispos para hacer solemne traslación y elevación de los restos de San Millán.

La España cristiana se sentía acosada por la presencia árabe, por lo que los reyes de Navarra-Nájera y los condes castellanos solían ira Suso para pedir a San Millán la gracia y la bendición de lo alto en las campañas militares para expulsar a los árabes de sus territorios o de las regiones limítrofes. Lo mismo hacían los reyes de León ante Santiago en Compostela. En los tiempos de aquella Reconquista, tanto los reyes de Pamplona como los Condes de Castilla, movidos por el espíritu religioso, oraban a San Millán y hacían al monasterio de Suso espléndidas donaciones. Unas donaciones regias que quedaban registradas en diplomas donde se proclama a San Millán como su celestial patrono. El 14 de mayo de 929 tuvo lugar la consagración de la basílica de Suso, y acudieron el rey García Sánchez de Navarra y su esposa doña Toda, junto con obispos y abades. Un monarca que otorga al monasterio el quedar sometido únicamente a la jurisdicción del Abad, en honor del Santísimo San Millán, nuestro patrón. Un hecho decisivo para la proclamación de San Millán como patrón de Castilla fueron las batallas de Hacinas (próxima a Santo Domingo de Silos) y, en particular, la de Simancas. El emir Abderramán III proyectó una expedición de más de cien mil hombres para acabar con los dominios de los reyes cristianos. A fin de preparar la batalla, el rey de León, Ramiro II y el rey de Castilla se acercó a San Milán. Ambos imploran en tal trance la protección de sus respectivos patronos Santiago y San Millán en el año 938. En agosto del año 939, las armas cristinas obtenían importantes victorias en Hacinas y Simancas.

El historiador fray Antonio Yepes, para referirse a la intervención de Santiago y San Millán en esa batalla entre los cristianos contra los infieles, escribía en el siglo XVI: “A vista de los ejércitos se abrieron los cielos y salieron dos caballeros (el Apóstol Santiago y San Millán) que venían en caballos blancos. Añade: “Porque viendo el Conde Fernán González que los reyes de León habían hecho tributario su reino al sagrado apóstol, a imitación suya quiso que los castellanos tuvieran la misma sujeción y rendimiento al glorioso San Millán, tomándole por patrón de Castilla…”. Ésta fue la causa que en toda Castilla se hiciese la promesa de que todos los pueblos y casas, en reconocimiento de ser San Millán su patrón y haberle favorecido en la batalla referida, pagasen y contribuyesen alguna cosa cada año desde el río Carrión hasta el río Arga, que es de Navarra, y desde la sierra de Araboya hasta el mar de Vizcaya.

El rey Fernando III el Santo en el siglo XIII llamó a San Millán nuestro patrón. Mientras Gonzalo de Berceo, en el siglo XIII, narra en 499 estrofas la vida de San Millán y señala que el Conde Fernán González, señor de Castilla, concedió los votos a San Millán, mientras que el Papa Paulo III, el 5 de septiembre de 1545, confirmó el privilegio de los votos del conde Fernán González. Así, en virtud de los votos que el Conde Fernán González hizo a San Millán, lo nombró patrón de Castilla, al igual que los leoneses tenían como patrón a Santiago Apóstol. En efecto, el apóstol Santiago y San Millán han sido durante siglos los copatronos de España.

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