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Una noche en la ópera

por José de Mesa
1 de abril de 2026
jose de mesa
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Todo hombre que se precie debe invitar a su esposa al menos una vez en la vida a la ópera, y, a ser posible, que sea La Boheme de Puccini.

Yo lo hice en Dijon, la ciudad francesa de la mostaza. Cuando uno vive temporadas en Francia se da cuenta de que todos los pueblos son famosos. Si te saltas una salida de la autopista puedes aparecer en Bergerac, del famoso Cyrano. Te puede salir una reunión en Cannes, en pleno festival de cine, te pueden invitar a esquiar a Chamonix, recibir una tarjeta postal desde Charolles, pueblo natal de la vaca charolesa, o ir a buscar un paquete extraviado a una dirección de Cognac, y de paso tomarte algo. La lista sería interminable.

A lo que íbamos, que reservé un hotel en Dijon vía una aplicación del móvil, porque, aunque soy lo suficientemente mayor para haber sobrevivido mi adolescencia sin móvil, no soy tan mayor para no usar el internet. Pero la noticia es que, al llegar a la dirección indicada en la aplicación, este simplemente no existía, no había rastro del hotel.

Fin del acto primero.

Lo que, hasta entonces, era un fin de semana que se prometía un éxito y lleno de ilusión se convirtió, instantáneamente, en una bomba de relojería. Recuerdo haber visto una película del oeste en la que el ferrocarril de carbón se calentó tanto que la puerta de la caldera se soldó al chasis, y este reventó y mató a varios pasajeros. Algo así me estaba pasando a mí. Tenía que tomar una decisión rápida y decidí que fuéramos a la ópera sin tener hotel.

Entramos en el recinto y saludamos a los demás asistentes, con gran ceremonia, con una leve sonrisa e inclinación de cabeza, como quien se cree miembro de una aristocracia cultural, como si nada pasara, pero por dentro la caldera no paraba de anunciar una explosión inminente.

Acomodé a la parienta en una butaca cómoda, la penúltima de la fila, y dejé la última, como caballero que soy, reservada para mí. Esto me permitió levantarme discretamente, en cuanto empezó la función y, palpando la pared, me escabullí fuera de la sala. Allí hice varias llamadas para poner verde a la plataforma en cuestión, o sea, a una señorita de la inteligencia artificial, y agenciarme un hotel sustituto. Lo conseguí, y la tensión interna, o sea el incendio que llevaba en mi interior, empezó a aplacarse.

Ya con mucha más confianza en mí mismo, y con el asunto resuelto, me adentré en la oscuridad del patio de butacas. Palpando nuevamente la pared, bajé las escaleras y divisé, o mejor dicho, pude palpar lo que yo creía que era mi sitio. Resulta que en la fila justo de atrás también quedaba libre el último sillón de la fila y lo confundí con el mío. Total, que me senté y ni corto ni perezoso agarré con firmeza el muslo de la señora que tenía a mi lado, un muslo idéntico al de la mía, y, sin más dilación, me acerqué lentamente y le susurré al oído: “Acabo de encontrarte un hotelito romántico a 5 m de aquí”. Fue en ese momento cuando noté, un golpe fuerte y seco en mis costillas.

Fin del acto segundo.

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