¿Cuánto tiene que cambiar en política una cosa para que sea considerada algo distinto? Me explico. Es una adaptación de la clásica paradoja filosófica de Teseo; una vez sustituidas las tablas… ¿el barco de Teseo sigue siendo el mismo?
En Castilla y León —antes en otras regiones y mucho antes en España— los partidos políticos han acudido a las urnas con programas electorales inmaculados e inamovibles que, por arte democrático y ante la inexistencia de mayorías suficientes, tienen que comenzar a podar y a descafeinar para añadir propuestas e ingredientes que no han sido aceptados por sus votantes. ¡Ale hop! Mágicamente acabamos teniendo una mixtura que nadie ha votado. Son las reglas que nos hemos dado, aunque considero que roza el fraude a un electorado que entrega el voto para que se mercadee con él. ¡Y, ojo, será menos malo si aporta estabilidad y criterio! Desarrollo la idea. En la paradoja del calcetín, John Locke reflexionaba sobre si sus viejos calcetines seguían siendo los mismos después de ser zurcidos y de poner parches y remiendos. ¿Cuántos recosidos puede sufrir un calcetín —léase programa electoral— hasta que deja de ser el mismo? Si hablásemos de una persona, podríamos decir que conserva el aura, pero no el cuerpo; yo mismo no soy el mismo que hace cuarenta años ya que ni una sola célula de mi cuerpo es la misma que entonces. El cambio es una ley de vida que, por cierto, encarna la paradoja de Plutarco; “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río porque el hombre y el río habrán cambiado”. ¿Se puede asegurar lo mismo de un programa electoral negociado? Eso sería tanto como decir que la oruga y la mariposa son la misma cosa y que simplemente han pasado por el trance de una crisálida. Emulando a Groucho, yo diría: estos son mis principios, si no le gustan podemos negociar otros, pero… digamos que son los mismos.
Otra paradoja aplicable a la política. La paradoja de Sorites, también conocida como la paradoja del montón, aparece cuando hay indefinición en las cosas. Cuando sus líneas son difusas y no acaban de deslindar conceptos. Allá en el siglo IV AC, Eubúlides de Mileto se preguntaba en qué momento al ir quitando granos de un montón de arena, éste deja de ser un montón. O al revés, cuándo añadiendo granos sueltos de tierra, se convierten en un montón de arena. Esto, que parece una nimiedad acaba siendo un problema filosófico cuando se traslada a la vida real, al prosaico día a día de la política. ¿Cuántas mentiras —véase granos de arena— puede decir un político —por ejemplo, Sánchez— para que sea considerado un mentiroso? ¿dos? ¿siete? ¿veinte? Tal vez se debiera aplicar la paradoja del mentiroso cuando la filosofía se preguntaba si es verdad o mentira la afirmación: “Esta frase es falsa”. Su desarrollo entra en un bucle que me recuerda a la delirante justificación de los portavoces del gobierno; irrespetuosa con la inteligencia promedio.
Que nadie espere aquí una solución a estas paradojas; lo máximo que obtendrá de mí serán tres deseos. Me mojo. Primero, para que gobierne con holgura la lista más votada y evitar el mangoneo post electoral, el sistema D´Hondt debe de ser revisado; segundo, listas abiertas para que el elector eche a los ganapanes y embusteros de la vida pública y, tercero, una circunscripción única para que un voto valga igual aquí, en Sort, en Derio o en Murcia y que no haya ventajistas territoriales que medran concentrando el voto. Vale, ahora asumo la realidad; es un desiderátum irreal porque los partidos ya tienen muy bien acotadas estas vicisitudes y saben que perderían peso político. Así las cosas, seguiremos con la política de las paradojas en la que se tutela sin rubor el voto ciudadano una vez pasado el celo electoral.
Un último deseo. ¡Dios mío, por favor, cuando tengas un rato, mándanos un poco de pensamiento crítico! Ya sabes que andamos escasos.
