A la vista de lo que se entiende por tolerancia, esa virtud tan de moda en nuestros días, más parecida a tragaderas, es decir a tolerarlo todo, hace necesario que profundicemos un poco sobre su significado.
Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua, que intolerancia es falta de tolerancia, y tolerar significa permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
A la tolerancia por consideración y respeto, que puede estar muy bien, así me lo enseñaron mis padres y mis maestros, es necesario añadirle, en proporción necesaria, la prudencia, el buen juicio, y el sentido del honor y la dignidad personal y nacional.
Y es que la tolerancia que tolera los desmanes, conduce a la anarquía; la tolerancia de los educadores con los defectos de los educandos, anula la educación; la tolerancia de los padres con el camino del vicio que emprenda alguno de sus hijos, conduce a su perdición; la tolerancia de un superior con los abusos de los súbditos, trae una relajación imparable; la tolerancia de un custodio del orden ante los hechos vandálicos de unos y de otros, trae la inseguridad ciudadana; la tolerancia que lleve a dar igual sentencia al agresor que al agredido, es una injusticia; la tolerancia de los abusos contra una ley establecida, acaba con el Estado del Derecho; la tolerancia intolerante de aquellos demagogos que andan por el mundo con pose revolucionaria, con la palabra “fascista” en la boca de continuo y pregonando en pro de una libertad de la que no gozan los regímenes sustentados por aquellos que mitifican, es irracional. En fin, la tolerancia que diese a la verdad los mismos derechos que al error sería insipiencia,
Y aquí está el drama de los aciagos tiempos que vivimos. En el caso de España, la falta de identidad personal y nacional es una peligrosa patología, producto de la sinrazón, la incultura y la cobardía, inoculadas en el alma nacional en dosis progresivas desde el ámbito político.
Esta sinrazón inducida crea individuos dúctiles a los intereses del tirano. Sin juicio, sin verdad intelectual, no puede haber entendimiento, y se nos escapa la comprensión e importancia de lo propio, de la esencia de la persona y de la patria.
La tolerancia, que, como he indicado puede ser manifestación de buena educación, y de cortesía se convierte en una trampa mortal cuando se utiliza de manera pervertida y absoluta, vaciando así el alma de las virtudes esenciales del hombre y la cultura.
La tolerancia mórbida, es en muchas ocasiones la excusa del cobarde, del pusilánime, de personas sin vitalidad espiritual.
Estamos vivos biológicamente, porque nuestro cuerpo discrimina y rechaza todo aquello que le daña, lo contrario se llama enfermedad. Pues, en lo intelectual y lo moral, ocurre lo mismo. Salud moral es asumir los valores y principios esenciales y tradicionales (naturales), y enriquecerlos y protegerlos de las doctrinas perversas y dañinas, y de la manipulación del déspota. El organismo sano no titubea para detectar y rechazar los agentes patógenos, que destruyen.
El espíritu sano, es aquel espíritu regido por virtudes inmarcesibles, como el honor, la rectitud, el valor heroico, la benevolencia, la cortesía, la sinceridad, la reputación, la lealtad, la camaradería, que rechaza con valiente determinación, con compostura y gallardía, toda mórbida infección que detecta con claridad.
Muchas veces la mejor guía para la razón es el retorno a lo esencial, a lo básico, sin perder el entendimiento por la imaginación (la loca de la casa, que decía nuestra genial Santa Teresa de Jesús), sin empantanar la razón en elucubraciones rebuscadas e insensatas, generadoras de falsas y torcidas filosofías.
Sí, la razón y el sentido del honor hacen de la debida intolerancia un deber, necesidad especialmente acuciante en nuestros preocupantes días.
