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Manuel Menchén, el pincel más artesano del río Tormes

por Miguel López
15 de marzo de 2026
Investigando la letra “P” en el “Deletreadero”.

Investigando la letra “P” en el “Deletreadero”.

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“La hispano-tlaxcalteca, fue una alianza pragmática y mutuamente beneficiosa que cambió la historia del continente”

“Una vez que hemos asumido que hay que proteger la naturaleza, el siguiente paso es recuperar especies que extinguimos”

La vida y el trabajo de los gabarreros en 70 fotografías de gran formato

Manuel Menchén Ozaita (Madrid, 1965) demuestra un talento singular en sus múltiples trabajos como ilustrador, pintor, fotógrafo o creador de espacios radiofónicos y cinematográficos, disciplinas que engloba bajo la categoría de “artesano”. Ha colaborado durante su carrera con prestigiosos ilustradores y publicado en grandes medios nacionales e internacionales, sobre todo trabajos centrados en el mundo natural, caracterizados por una extrema precisión y conocimiento de lo plasmado con su pincel.

El vasto universo creativo construido durante décadas hace imposible encasillar a Menchén, pero sus obras dan cuenta de las inquietudes artísticas que guían cada paso de este artesano multidisciplinar. Nacido en Madrid, se afincó hace treinta años en un pequeño pueblo de Salamanca (Puente del Congosto, 223 habitantes), al que acudía los veranos en su infancia, esa patria que nunca abandonan los más grandes. Desde allí explora con imaginación desbordante todo lo divino y lo humano. Ahora regresa a su “edad de piedra”, con pinturas realistas sobre cantos salmantinos tras un largo paréntesis en el que no han cesado sus investigaciones en busca de las raíces telúricas de la humanidad. Ha puesto su foco en conchas, puertas y seres mitológicos, y en esta entrevista explica la trastienda histórica y geológica de sus obras.

—¿Cuándo empezaste a sentir atracción por el mundo artístico?

—Cuando los demás dijeron ‘parece que este niño tiene atracción por el mundo artístico’. Ahí soy consciente.

—¿Cómo fue tu primera conexión con el mundo editorial?

—Mi padre trabajó en Bruguera, en Montena-Mondadori. En ese momento, con los buenos libros que maneja mi padre, es cuando más me intereso por la ilustración. Precisamente, Antonio Grajera vio un dibujo mío que llevaba mi padre en una carpeta y a los pocos días me encuentro inmerso en un sueño: estar dibujando gnomos. Y además, asesorado artísticamente por Grajera, ilustrador consagrado en trabajos sobre naturaleza, antropología, de todo.

—¿Cuántos tiempo estuvisteis haciendo esos trabajos?

—Unos tres años, con los gnomos. Y luego llegaron los Bobobobs y más cosas. Desde ahí, formamos un grupo que hemos ilustrado sobre todo guías de aves y también muchos trabajos para centros de interpretación en toda España. Fauna, toda la fauna ibérica. También fue crucial el contacto con Enrique Almendros como ilustrador, junto a la maravilla de haber compartido su música justo en el momento en que nació el grupo folk La Musgaña.

La naturaleza es un tema recurrente en la obra de Menchén.
La naturaleza es un tema recurrente en la obra de Menchén.

—¿Cómo surge la idea de pintar sobre piedra?

—Se debe a mi pasión por la pintura rupestre, sin duda. Creo que una de las primeras cosas que pinté fue en algún rollo del río Tornes. Recuerdo que alguien me comentó que existía una piedra de Salamanca que se corta con sierra, a mano. Estaba descubriendo la famosa piedra que sustenta toda Salamanca, la piedra de Villamayor. No es que me acercara yo a la piedra, es que la piedra vino a mí. Cuando las losas estaban preparadas, la imagen de la puerta que suelo pintar se adaptó a esa arena. Inmediatamente aparecen otros modelos. También he trabajado mucha reproducción prehistórica con las placas de cuarcita de Olmedo, de Burgos.

—¿A qué atribuyes la aceptación de tu trabajo con las piedras?

—A la profundidad con que nuestro cerebro lo capta. Y, por supuesto, sentirse engañado por el trampantojo. Es el kit. Siempre han atraído los trampantojos, porque te engañan y gustan. Es un juego, es más que un cuadro. Tienes la tentación de coger la concha, porque te hace preguntarte todo el rato ‘¿pero está ahí o no está ahí’. Y es la gracia. Eso se debe al extremo realismo con el que se plantea.

—¿También por los juegos de luces, los contrastes o la porosidad que encaja de forma especial con las piedras?

—Sí, procuro que la piedra sufra menos mi pintura y haya más piedra vista que pintura. El óleo tiene la virtud de no opacar la piedra. Permite que siga respirando, el cerebro sigue viendo ahí la piedra. Y es denominación de origen, es la firma de Salamanca. Como frase tonta, diría que cuando la gente la tiene en la mano ni se le pasa por la cabeza pensar que sea una piedra artificial. Captan la naturalidad, porque es una piedra muy especial, ciertamente.

—Un elemento recurrente en tus pinturas son las puertas…

—Es una invitación a la intimidad rural. Es como si estuviera diciendo lo que se dice en todos los pueblos ‘pase usted y tome algo conmigo’. Hospitalidad, abandono, la España vacía… Están diciendo muchas cosas las puertas. Vuelve a casa o te has ido. Aquí sigue viviendo alguien o aquí solo queda ruina. Procuro que en el interior haya una sensación de vida, pero a la vez intuyo que queda poco. Están entre el derribo y el acabo de hacer.

Cantidad de reproducciones de conchas se apilan en su taller.
Cantidad de reproducciones de conchas se apilan en su taller.

—¿Qué fuerza simbólica tiene la concha en tus trabajos?

—La suya propia por naturaleza, como objeto de primer uso prehistórico por su capacidad de contener y cortar. Ha sido contenedor de la pintura de los primeros pintores. Ha sido luz en las cuevas y la segunda lectura universal de esa probable importancia ancestral al crear los sitios hacia los que se dirige la humanidad a venerar la forma y el misticismo en torno a la vieira. Estoy hablando de Santiago, por supuesto. La Casa de las Conchas, en Salamanca, como referencia, parte del hecho de que el dueño pertenecía a la orden de Santiago y llenó la casa con esa decoración. Pero me gusta imaginar que hay un discurso más allá de eso. Cuando miro el plateresco, veo Altamira, veo una expresión prehistórica o los ecos de expresiones prehistóricas. Está repleto de referencias a la caza, animales fantásticos y seres grutescos. No suelo notar diferencia al reproducir algo del plateresco a cuando dibujo un bisonte de Altamira.

—¿Adónde te llevan esas conchas?

—Al mar. La Casa de las Conchas parece estar hablando de geología cuando nos muestra tantos estratos. Hay un discurso en el que nos dice que hay conchas hasta arriba. Quiere decirnos que ha habido una observación de los estratos terrestres y parece que hay un guiño al diluvio, a la vida natural de la tierra, a un conocimiento científico que desde luego Salamanca ha albergado. Me resulta extraordinariamente divertido que la Casa de las Conchas tenga encriptado un discurso geológico, de geología pura y dura. O, dicho de otra forma, la conquiliología…

—¿Qué es la conquiliología?

—La conquiliología es una rama de la malacología, que se centra en el estudio de los moluscos. Pero la conquiliología se dedica en concreto el estudio de los caparazones, carcasas o conchas de las ostras. Son cosas que aprendo gracias a amigos que saben que estoy hecho un conchero. Me dicen que existe una ciencia que estudia las conchas mientras estoy aquí creándolas. Entre la simbología de la concha, de repente me parece que habla del unicornio, donde todos los cuernos se unen. Salamanca está lleno de unicornios. El cuerno es una caracola, o sea, hace la espiral de una caracola. Me parece que Salamanca necesita una relectura, que no la va a hacer un artesano…

—Es tu segunda oleada de trabajos de pintura sobre piedras tras mucho tiempo.

—Sí, hace 28 años. Fue una experiencia que duró un par de años. Se comercializaba bien en Salamanca, en una tienda de artesanía y regalos que se llama De Salamanca, en La Rúa. Tuve la suerte de que expusieran mi trabajo en un escaparate donde a determinadas horas en el cristal se reflejan las conchas auténticas de la Casa de las Conchas. Y detrás se veían las mías. No es que repita lo de hace tantos años, porque hay cambios sustanciales.

—¿Te empujó la creatividad hacia otros horizontes?

—Recibí algunos premios de pintura y me incliné totalmente hacia la producción de un arte que, en ese momento, era abstracto. O, más que abstracto, paisajismo abstracto que no se alejaba mucho del paisajismo constructivista. Pero seguía pensando en las piedras. Incluso en lo abstracto había un mundo pétreo que parece que muevo como si fuera yo un tectónico. Diría que soy bastante tectónico. Mi formación es como director de cine. Todo esto lo estoy viviendo como una película en la que cada piedra que pinto es un fotograma. Un fotograma que me está acercando al patrimonio español con una mirada que nunca había imaginado, porque procede de un proyecto que mantengo paralelamente al estudio de todo lo que me interesa en Salamanca. Se llama “El Deletreadero”.

Menchén pintando en el río.
Menchén pintando en el río.

Desde los Kercus al Deletreadero

Las exploraciones creativas se han sucedido de forma constante y concatenadas en la trayectoria de Menchén. El artista ha desarrollado varios proyectos originales (la palabra “original” proviene de origen), siempre bajo la impronta de una óptica personalísima y una mente abierta a insospechadas búsquedas de los comienzos humanos. Entre los más significativos puede destacarse a Los Kercus, un universo animado de “duendes que intentan salvar la naturaleza. También son bellotas vivientes y una leyenda del bosque. Habitan en la propia madera de las encinas, cuyas vetas son la escritura de los Kercus”. Explica el ilustrador que esos seres “me contaron historias como el origen de la Luna”.

Con ese punto de partida se volcó en su idea Luna-Gota, publicada en 2015 y disponible en Youtube. Para el autor, “es una hipótesis amateur sobre el origen de la Luna que dio rienda suelta a mi capacidad como ilustrador, hasta el punto de que me planteé una dedicación completa a la ilustración astronómica. El estudio de la Luna me hizo fijarme en el abecedario español, de una manera que tenía que ver con el dibujo, con la pintura rupestre, con el dibujo geométrico, con las matemáticas. Cambió mi vida”.

La hipótesis Luna-Gota considera que el impacto de un cuerpo celeste (denominado en esta teoría GEON) sobre la masa del planeta Tierra provocó la expulsión de una gota de masa terrestre que, al situarse en órbita geoestacionaria, conformó nuestro satélite. El estudio apunta al fenómeno “Vibragénesis”, que vincula los ritmos de vida en la Tierra con la vibración del núcleo interno terrestre provocado por el “latido” causado por la presión de la materia que penetró miles de kilómetros en la superficie terrestre en la noche de los tiempos. Añade Menchén: “Entré en contacto con la NASA. Hice todo lo que pude para representarlo gráficamente. Está lejos de lo que se puede conseguir, pero entró en contacto conmigo el centro de astrogeología, al borde del Cañón del Colorado, del equipo de computerización de las formaciones más modernas que se estiman de la Luna. Ahora lo están estudiando”.

Cuaderno GEON.
Cuaderno GEON.

Actualmente se encuentra embarcado en El Deletreadero, que comenzó tras “deletrear la palabra GEON y la palabra gota. Descubro mi pasión por la etimología de las palabras y comienza un proyecto que jamás habría podido imaginar. En todo momento, procuro que el acto pictórico humano sea el protagonista de la investigación filológica en la que me metí sin tener ni la más remota idea de filología. Es más, siendo bastante torpe en lingüística como soy, y en gramática, y en ortografía. Pero me discipliné para creerme que hago un ejercicio muy intuitivo, como dibujante y pintor, de acercamiento a las letras del idioma español. En aquel momento concebí claramente que estamos ante una consecución de dibujos prehistóricos. Me acerco a ellos desde entonces de forma constante, con fantasía, con licencia, con toda la licencia del que no sabe dónde se ha metido”.

Ha buscado de forma incansable vínculos con la naturaleza en el origen de las grafías, de los trazos. “Lo llamé crípticamente la observancia del ganado, de la fauna, en la pintura más famosa rupestre. Estoy hablando de ciervos, bóvidos, y de la conciencia que tenemos ahora de que han sido fundamentales en nuestra supervivencia. Me permitió seguir como dibujante de naturaleza, como ilustrador, perseguir esas formas sin perder de vista por un instante que el dato fundamental de esta historia es universal: la “A” del abecedario español es una vaca. Y podría ser un bisonte, podría ser un ñu, etcétera. Y ahí me agarré a los cuernos de la “A” y ahí sigo corneado. En ese bisonte me monté”, explica. Y concluye: “Desarrollo un juego mental basado en la ambigüedad del término deletreado, en las ambigüedades que aparecen en el idioma español cuando es deletreado, observado con lentitud, demolido, estirado, diseccionado. Es una verdadera sorpresa para mí, que no estaba acostumbrado a encontrar las lenguas romances soportando en cada sílaba el idioma. Me acercaba desde un gran desconocimiento. He sido buen lector, pero de repente no me estaba planteando qué eran las palabras ni qué eran las sílabas, sino qué era cada letra. Si lo piensa uno bien, es mucho más fácil. Porque palabras hay dos millones y medio. Sílabas habrá cientos, pero letras solo hay 26. Y me dije ´es más fácil es perseguir las letras que las palabras´. Eso concentra el tiro. Solo son 26 y se las puede capturar”.

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