El domingo es el “Día del Señor” para los cristianos. Desde hace dos mil años han tenido el domingo como una referencia ineludible en su expresión de fe. Desgraciadamente lo hemos interpretado como un precepto y no como una necesidad, que era como lo interpretaban aquellas primeras comunidades de cristianos que se juntaban en Cartago, Corinto, Roma o Antioquía para compartir el pan y celebrar la fe.
Tal vez los lectores conozcan el episodio que nos cuentan las actas de los mártires del Norte de África, pero me permito recordarlo. Se cuenta que en tiempos del emperador Diocleciano, a finales del siglo III, se dictó un decreto por el que se prohibía el culto de los cristianos. Si se incumplía la ley, la pena era de muerte. En una pequeña ciudad del norte de África, llamada Abitina, se reunieron clandestinamente un grupo a celebrar la Eucaristía en la “domus ecclesiae” (casa de la comunidad) de un cristiano llamado Félix. La guardia imperial se enteró y ordenó su detención. Asaltaron la casa cuando todos estaban reunidos escuchando la Palabra de Dios y los llevaron a la cárcel. El responsable de comunidad, fue interrogado por el proconsul Anulino:
— ¿Sabías que estaba prohibido reunirse y celebrar vuestros ritos?
— Sí, lo sabía.
— ¿Entonces porque lo habéis hecho?
— Porque como cristianos necesitamos celebrar el domingo y sin Eucaristía no podemos vivir.
Esta respuesta causó la admiración del proconsul, pero aún así condenó a muerte a toda la comunidad, hombres, mujeres y niños, que murieron dando testimonió de su fe en Jesucristo.
Esta historia ejemplar nos habla de la importancia que tenía para ellos la misa dominical que era mucho más que el cumplimiento de un precepto.
Eso mismo sucedía desde los comienzos, trescientos años antes del episodio de Abitina. En la I Carta a los Corintios, San Pablo sale al paso de una costumbre que ha pervertido el sentido de la Eucaristía. Pablo, que escribe su carta en Éfeso hacia el año 53, habla de la celebración de la “fracción del pan” como una tradición que él ha recibido. Esta afirmación deja constancia de que desde el comienzo la celebración era algo muy importante en la vida de la comunidad. Aunque en Corinto las cosas se han complicado y han surgido problemas porque la comunidad era muy variada. La componían fundamentalmente cristianos procedentes de la gentilidad, es decir no judíos –aunque sí que había algunos– pero sobre todo es que el estrato social al que pertenecían era muy distinto. Había desde personas de la aristocracia local hasta estibadores de los dos puertos que tenía la ciudad y que la hacían tan populosa. El estrecho de la península del Peloponeso hace que haya poca distancia entre las costas del mar Egeo y el Adriático. Es una costa difícil de navegar así que las mercancías llegaban a uno de los puertos y eran trasladadas el otro mediante un sistema de carros arrastrados por bueyes sobre raíles. Por otra parte, Corinto, además de ser un lugar bullicioso y comercial, era famoso por sus fiestas y bacanales. En ese ambiente, había prosperado una pequeña comunidad que había nacido por la presencia de S. Pablo durante tres años. Allí Pablo había conocido a un matrimonio, Priscila y Áquila, con los que compartía oficio porque se dedicaban a la confección de lonas para tiendas de campaña y cubrir las mercancías. También hizo amistad con Sóstenes, el responsable de la sinagoga, al que esa amistad le costó una paliza.
Tras la marcha de S. Pablo, la comunidad ha seguido juntándose al atardecer del sábado para celebrar el domingo. Hay que recordar que la tradición establece que el día siguiente comienza con la puesta del sol. La celebración no solamente era bendecir la copa y partir el pan, recordando el gesto de Jesús. Además leían la Escritura y cenaban juntos. El problema es que, cuando ya anochecido, llegaban los que han trabajado de sol a sol, los que pertenecían a la clase social más alta, que no trabajan, no solo ya han cenado sino que les han dejado sin nada y están “hasta borrachos”. Pablo les dice que eso traiciona el espíritu de lo que están celebrando.
Así que cuando hoy nos encontramos con que la mayor parte de los niños que van a hacer la Primera Comunión no han venido a misa más que de forma esporádica, sentimos que algo importante se ha ido quedando por el camino. Sea porque juegan al fútbol o hay una importante marcha en la ciudad, sea porque los padres tienen otras muchas cosas o porque les cuesta espabilarse en un día festivo, el caso es que el sentido cristiano del domingo ha desaparecido en sus expectativas.
Ciertamente esto se refiere a jóvenes, padres de mediana edad y niños, porque es verdad que todavía acude mucha gente a misa cada domingo. Gente que siente, como aquellos cristianos de Abitina, que no pueden vivir sin el domingo.
Nota al margen: debo reconocer que comencé este artículo pensando en escribir sobre la película “Los domingos” pero a veces las musas te llevan por donde quieren. Hablaremos en otro momento de esa película.
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* Consiliario de Cáritas Segovia.
