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Rufián (como su propio nombre indica)

por Javier Gómez Darmendrail
23 de febrero de 2026
JAVIER GOMEN DARMENDRAIL
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Política y astronomía

IES Mariano Quintanilla

La inercia de la ignorancia

En la política española hay personajes que parecen escritos por un novelista con sentido del humor negro. Uno de ellos es, sin duda, Gabriel Rufián; diputado, polemista profesional, independentista de convicción variable, y aspirante, según sus propios gestos y ambiciones, a algo más que un escaño cómodo en Madrid. Rufián no quiere representar solo a los suyos. Quiere liderar, influir, marcar el paso moral de la izquierda española entera. Lo cual plantea una pregunta fascinante: ¿cómo puede alguien querer dirigir políticamente aquello cuya existencia rechaza?

Es una paradoja digna de estudio clínico, porque Rufián vive de una institución que considera ilegítima. Cobra de un Estado que considera opresor. Utiliza una tribuna que considera ajena. Y, sin embargo, no solo la utiliza sino que la explota con una habilidad notable, incluso despreciando el escenario en el que actúa.

Su carrera política es, en esencia, un ejercicio de equilibrista porque denuncia el sistema mientras prospera dentro de él. Es el revolucionario con nómina institucional, el agitador con despacho climatizado, el disidente perfectamente integrado.

Su arma principal no es el poder —porque no lo tiene— sino el gesto. El gesto indignado. El gesto moral. El gesto de superioridad ética. Y el gesto, en política, es una moneda barata que puede acaparar mucha atención.

Pero la ironía estructural en el fenómeno Rufián es que su relevancia depende completamente de aquello que pretende abandonar. Fuera del Congreso español, Rufián sería un político regional más, limitado al ecosistema cerrado del nacionalismo catalán. Pero dentro del Congreso, se convierte en una figura nacional. Es el Estado español el que le da el altavoz que él utiliza para denunciar precisamente al Estado español. España le proporciona el escenario. Él proporciona el espectáculo. Sin España, Rufián sería menos visible. Sin Rufián, España seguiría existiendo exactamente igual.

Uno de los rasgos más interesantes de Rufián es su capacidad para adoptar el papel de conciencia moral de la izquierda española. No se presenta solo como representante de un partido, Esquerra Republicana de Catalunya, sino como una especie de fiscal ético del sistema. Denuncia la corrupción, las desigualdades y la hipocresía. Todo lo cual sería impecable si no fuera por el pequeño detalle de que su propio proyecto político se basa en una premisa profundamente excluyente, porque el independentismo no busca reformar el Estado para todos, sino separarse de él. Rufián habla como si quisiera mejorar España, pero su proyecto consiste en abandonarla. Es como un inquilino que critica el estado del edificio mientras prepara la mudanza definitiva.

En la política moderna el poder transforma la indignación en pragmatismo y Rufián lo sabe. Y lo practica. Su relación con el Gobierno de Pedro Sánchez ha sido un ejemplo perfecto de esta dinámica. Ha pasado de la denuncia feroz a la negociación pragmática, de la confrontación al apoyo parlamentario, de la retórica incendiaria al cálculo frío. No por incoherencia, sino por necesidad.

Cada intervención suya parece diseñada no solo para influir en el debate inmediato, sino para construir una imagen personal a largo plazo; la del político valiente, el azote del poder, el defensor de los olvidados. Es una construcción consciente.

Rufián no quiere ser solo un diputado independentista. Quiere ser una figura política de referencia para una izquierda que busca nuevos referentes, nuevas voces, nuevos rostros que sustituyan a los viejos liderazgos desgastados. Pero hay una limitación estructural en su ambición, porque puede influir en la izquierda española, puede condicionarla, puede presionarla, puede

 

incluso humillarla retóricamente. Pero difícilmente podrá liderarla, porque su proyecto político contiene una frontera invisible pero infranqueable, la frontera de la lealtad nacional. Para liderar España, hay que creer en España. Y Rufián, por definición ideológica, no cree en ella. Es una ambición limitada por su propia premisa.

En el fondo, Rufián no es una anomalía. Es un producto perfecto de su tiempo, una época en la que la política es más representación que gestión. Más gesto que resultado. Más narrativa que realidad. Rufián encarna la figura clásica de la historia política: la del revolucionario integrado. No ha destruido el sistema. El sistema lo ha absorbido. No ha dejado de ser independentista, pero ha aprendido a vivir cómodamente en el Estado del que quiere separarse.

Es la paradoja final de su carrera. El político que quiere romper España ha encontrado en España el mejor lugar para prosperar. Y quizá, en el fondo, esa sea la ironía más perfecta de todas.

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