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“Mientras el ser humano no pueda vivir sin imaginación, el libro está asegurado”

por César Combarros / ICAL
3 de abril de 2023
Emilio Pascual en la biblioteca del Ateneo de Madrid. JUAN LÁZARO.

Emilio Pascual en la biblioteca del Ateneo de Madrid. JUAN LÁZARO.

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El editor, escritor y traductor segoviano ofrece en ‘El gabinete mágico’ un recorrido transversal por la historia de la literatura a través de 75 “bibliotecas imaginarias”.

Se cumplen 50 años desde la entrada del segoviano Emilio Pascual (Tejares, 1948) en el mundo editorial de la mano de Ediciones Paulinas. Licenciado en Filología Hispánica, escritor y traductor, fue director general de Publicaciones Infantiles y Juveniles en Anaya, donde también dirigió la colección ‘Tus Libros’ antes de tomar las riendas de la editorial Cátedra. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en el año 2000, acaba de llegar a las librerías su última obra, ‘El gabinete mágico’ (Siruela, 27,90 euros), que con el subtítulo ‘Libro de las bibliotecas imaginarias’ “pretende ser una breve biblioteca de bibliotecas”, “inevitablemente incompleta”, que rebosa amor por la palabra escrita. En su obra plantea un recorrido subjetivo por la literatura universal a través de un profuso viaje en el que sumerge al lector en bibliotecas tan míticas como las de Alejandría, Babel o ‘El nombre de la rosa’, o las que alimentaron los sueños de personajes tan emblemáticos como el Bastián de ‘La historia interminable’, la Matilda de Roald Dahl o Madame Bovary, hasta un total de 75.

—¿Cómo surgió este proyecto, en el que ha trabajado durante tres décadas?
—Todo empezó de un modo natural y casi involuntario. Es conocida mi devoción por el Quijote, y era obvia la pregunta por el contenido de aquella biblioteca que en teoría enloqueció a su dueño. A raíz de ahí, empecé a ver bibliotecas al hilo de mis lecturas heterogéneas, hasta que a Victoria Fernández le resultó curiosa la propuesta y decidió, con generosidad y entusiasmo, publicar las primeras en sus ‘Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil’ (CLIJ). Lo demás vino por sus pasos contados, una cuestión de inercia, hasta que llegó el momento de cerrarlas antes de que el Gabinete se desbordara.

—¿Cuáles fueron esas primeras entregas?
—Sobre todo las de ‘Literatura Infantil y Juvenil’ y adyacentes: Matilda, Bastián, David Copperfield, Tom Sawyer, el capitán Nemo, Sherlock Holmes, don Quijote; autores como Baroja, Sepúlveda, Dostoievski, Flaubert, Dai Sijie, y otros quizá menos evidentes, como Sciascia, Sterne, Waugh y demás familia. Pero el mismo espíritu permaneció en las posteriores.

—¿Cómo ha ido creciendo esta obra con los años?
—Como no estaba presionado por ninguna decisión previa, fui añadiendo bibliotecas a medida que iban apareciendo al azar de las lecturas. Amigos que sabían que andaba glosando bibliotecas me pusieron en la pista de alguna; otras vinieron de la propia literatura, que suele ser como una cesta de cerezas; el libro de Chaintreau y Lemaître, ‘Drôles de bibliothêques…’ me orientó hacia otras. El mundo es ancho y ajeno.

—¿Qué criterio siguió para determinar la selección final?
—No hubo ningún criterio previo, e incluso su colocación final no pasa de responder a un ‘ordenado desorden’. El libro avanza bastante por asociación de ideas; para comprenderlo bastaría con recordar algunos títulos: ‘Una biblioteca en un morral de cuero’, ‘Otra biblioteca en una maleta de piel gastada’, ‘Y otra más en un baúl mundo’… Solo ‘La biblioteca celestial’ estaba destinada a ser la última.

—Entiendo que, después de tanto tiempo, una de las cosas más delicadas tuvo que ser poner el punto y final.
—Como habría dicho Sancho Panza: ‘Ahí empieza la verdad de la historia’. Lo que empezó siendo como un juego literario sin mayor trascendencia ni horizontes lejanos, fue adquiriendo proporciones menos abarcables. Hubo un momento en que pensé detenerme en medio centenar, pero siempre aparecía alguna a la que no era posible renunciar. Al fin, para que no me pasara lo que a don Críspulo Hermosilla, decidí cerrarla en 72, número asociado a las seis docenas de libros que tenía el Caballero del Verde Gabán. Aun así, todavía se colaron tres o cuatro más, y ha quedado recluida en el telar otra docena.

—Cuenta en la coda final que su intención primera fue “hacer una enciclopedia de las bibliotecas con el mismo rigor y exactitud que la de los muertos”.

—Es evidentemente una hipérbole resignada. Digamos que si Valéry había dicho que ‘un poema no se acaba: se abandona’, Verlaine añadió que ‘tout le reste est littérature’, y esta es también una resignada hipérbole.

—‘El gabinete mágico’ es un canto de amor a los libros, pero sobre todo a las bibliotecas. ¿Qué papel juegan?
—Quienes hemos nacido en pueblos semiperdidos en la estepa castellana, donde había que ir a buscar el agua potable al pueblo vecino, y recurrir al río más próximo para lavar la ropa, un libro era un lujo fuera del alcance incluso de quienes podían permitírselo. Por eso incluí el apéndice titulado ‘Elogio de la biblioteca escolar’. Aquel también fue un gabinete mágico, al que debo la mitad de lo que soy.

—En el libro lo describe en ese apéndice, pero me gustaría que recordara cómo se enganchó a la pasión por la lectura un niño de un pueblecito segoviano (que actualmente tiene 12 habitantes censados) en la España de los años 50.
—En un pueblo prácticamente sin luz ni agua, mi padre, que era zapatero remendón y cojo, cuando yo tenía tres años se subió al coche de línea para ir a Aranda de Duero a buscar una cartilla de letras móviles. Él me enseñó a leer, y a los cinco años me soltó ‘El Adelantado de Segovia’, el único periódico que llegaba al pueblo, para que leyera en él. Mi madre estaba suscrita a ‘El Promotor’, y ahí leí por primera vez ‘Marcelino pan y vino’, y poco después ‘Patucho’, de Emilio José (que muchos años después hemos sabido que fue un seudónimo de Emili Teixidor). La lectura fue refugio y evasión. Unos años después hubo un verano en que tuve que aprenderme de memoria un libro entero, porque me lo habían prestado y me veía obligado a devolverlo.

—¿Qué supuso la literatura en su vida, antes de que se convirtiera en su oficio? ¿En qué momento decidió que quería hacer de eso su forma de ganarse la vida?

—La literatura nunca ha sido un oficio para mí: mi oficio era el de editor, y mi forma de ganarme la vida también. Borges dijo que se enorgullecía menos de los libros que había escrito que de los que había leído. Sin intentar emularlo, puedo decir sin margen de error que a mí lo que me gusta realmente es leer: escribir es a veces una consecuencia indirecta, con mucha frecuencia una glosa de lectura como este Gabinete, y desde luego más trabajosa. Para leer nunca tengo que sacudir la pereza; para escribir, a veces sí.

—¿Qué aprendió después de tantos años en Ediciones Paulinas, Anaya o Cátedra?
—El amor por el trabajo bien hecho, en una cosa a veces tan olvidada como el ajuste y corrección de un libro, la arquitectura de la página: eso también tiene algo de mágico. Y, sobre todo, la amplitud y extensión de campos de lectura menos transitados. Recuerdo a este respecto que, cuando estábamos preparando la colección ‘Tus Libros’ de Anaya, me leí en un año más de doscientas novelas policiacas porque era un campo que había visitado poco.

—Entre las páginas de ‘El gabinete mágico’ se evidencia una pasión desbordante por la literatura, pero se advierte también que “el libro es tan resistente como frágil”. ¿Está en peligro una tradición milenaria como la lectura ante las nuevas generaciones?
—No necesariamente. El libro es frágil, ciertamente, y lo prueba la cantidad de incendios e inundaciones que ha sufrido. Pero, al mismo tiempo, el libro no es solo ‘una cosa entre las cosas’, como tampoco la Biblioteca de Alejandría es solo un recinto o albergue de volúmenes: es a la vez un concepto, cuyo soporte ha sufrido varias modificaciones a lo largo de la historia. Es posible que estemos en un momento de transición, incluso no sabemos exactamente cómo reaccionará el cerebro ante los nuevos soportes. Pero mientras el ser humano no pueda vivir sin imaginación, sin las historias que han permitido la evolución y avance de la civilización, creo que el libro está asegurado.

—Ha trabajado en la enseñanza, es Premio Nacional de LIJ y ha trabajado pilotando dos de las mayores editoriales de España. ¿Es una batalla perdida intentar atraer a los más jóvenes a la lectura en los tiempos del audiovisual que vivimos?
—No creo en la batalla perdida. Pero es cierto que las sociedades cambian, como por lo demás cambian los gustos literarios, y ni siquiera el canon es inalterable. Moratín detestaba a Calderón, Tolstói no soportaba a Shakespeare, y, cuando se estrenó ‘La cantante calva’, nadie podía imaginar que iba a seguir en cartel más de setenta años después. La literatura, y el arte en general, tiene un componente que desde Aristóteles llamamos forma. El cine, que hoy nadie lo discute, empezó siendo una atracción de feria. Creo que el audiovisual es otra forma de lectura, aunque no sabemos por qué derroteros nos conducirá. Es cierto que el medio condiciona el contenido. Por ejemplo, hoy a nadie se le ocurriría escribir como Quevedo en un número limitado de caracteres. A mí mismo se me ha reprochado que a veces escribo oraciones demasiado largas, con no pocas subordinadas y algunos paréntesis. Pero, en fin, ‘per troppo variar natura è bella’, como dijo Aquilano y se encargó de recordarnos Cervantes.

—Hace unos años vivimos el boom que despertó ‘El infinito en un junco’, un recorrido por la vida del libro desde la antigüedad. No sé si su trabajo puede aprovechar esa estela inesperada de amor por las letras que sacó a la luz el ensayo de Irene Vallejo.
—No lo sé: el destino de los libros es impredecible. El de Irene Vallejo es excelente, porque, sin renunciar a la erudición y a la documentación precisas, ha sabido contar una cosa aparentemente tan ardua como el origen del libro y sus primeros pasos con una prosa adictiva, una narración que despierta continuamente el interés, sin dejar de ser valiente y rigurosa. ¡Ya me gustaría a mí, no ya estar en su estela, sino ser digno de desatar la correa de sus sandalias, como dijo el Bautista del Enviado!

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