Escribir en esta página del Instituto de la Cultura Tradicional Segoviana es un placer porque cada pequeño testimonio encierra todo un acervo lleno de contenido que daría para escribir más de un artículo.
Sea así el aprovechamiento que en estos caracteres se nos brinda a los que indagamos, no desde la nostalgia pero sí desde la ciencia y la identidad, aquellos resortes de la sociedad preindustrial segoviana que tanto le sirvieron para ser en el siglo XVIII (Guerra de Sucesión de por medio) una de las más boyantes de la geografía nacional. Se puede decir, por qué no, que Segovia alcanzó un gran poderío económico, político y social, teniendo como pilares de su riqueza los productos del sector primario, el procesamiento de los mismos (comercio de paños, por ejemplo) y su situación estratégica como paso franco de la arriería y trasiego entre el norte de España y Madrid.
Aunque de manera testimonial el trueque sigue practicándose, hasta entrados los años 60 imperó en las economías tradicionales. Bien es cierto que ya había manejo de dinero, pero todavía queda ese rescoldo del compromiso tácito entre los intervinientes de cumplir con lo que venía siendo costumbre. Hay que reconocer que, aunque ahora todos tenemos tablets, smartphones y demás tecnología asumible para poder vivir en este mundo globalizado, las gentes del pasado también supieron dar respuesta a las necesidades que necesitaban cubrir.
La consideración de los frutos y de la tierra
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que tal era el valor de las mercaderías obtenidas de la agricultura y ganadería que se las consideraba válidas como moneda en el comercio. Les invito a adentrarse en la intrahistoria familiar. Y si me apuran, y me permiten el atrevimiento, en los libros de cofradías y de fábrica de nuestras iglesias, publicaciones históricas… en los que trigo, fruta, corderos, cebada, garrobas, cebollas o lino, entre otras especies, eran tenidas en cuenta para pagar rentas, ofrendas, etc. La prensa histórica, fuente documental de primer nivel, también aporta referencias. En 1899, El Porvenir Segoviano, informa que la Ofrenda realizada ese año en Cabañas de Polendos a la Virgen del Rosario se hizo “en metálico y en trigo”.
Un testimonio de esas manifestaciones es la Ofrenda al Cristo del Humilladero de Cabezuela, donde cada año puede verse cómo sus devotos le llevan ofrenda todo lo mencionado anteriormente. Su práctica, antiquísima por otra parte, según nos permiten rastrear los libros parroquiales que datan del siglo XVIII, quedó refrendada en los estatutos de dicha devoción en el año 1876. En dicho texto se establece la ofrenda como parte estructural de la fiesta, y se indica que será la cofradía la que costee el trabajo de los encargados de “encostalar el grano” que se ofrezca.
Al igual que el valor del producto, conviene señalar igualmente el valor de la tierra. En este punto quisiera mencionar la práctica del “trueque y cambio” (“troticambio” en lenguaje popular) de parcelas. Esa operación surgía del interés de dos personas en hacer esa permuta cuya finalidad podría ser el aumento de tamaño de sus parcelas. Esa práctica que puede rastrearse en hijuelas y protocolos notariales en la actualidad.
Cereal y molienda
Hablar de agua en la Castilla del norte (y más en Segovia) supone hacerlo de molinos harineros al margen de los ríos. Todas estas infraestructuras son, claramente, fruto del ingenio y del aprovechamiento del espacio; así como de la organización del territorio para disponer saltos de agua, azudes… y la propia instalación harinera. Algunos de ellos están rehabilitados y podemos vislumbrar la importancia que tuvieron; otros muchos quedan condenados a la ruina. Regresando al objeto de análisis del artículo, la mala prensa que rodea al oficio del molinero es recurrente en refranes y cantares. Valga de ejemplo la copla: “Gasta la molinera ricos collares, de la harina que roba de los costales”. Más allá de la merma o no de la cantidad de cereal en grano y posteriormente molido, la práctica de pago se establecía según la cantidad molida: al hacer un tanto establecido de la molienda, el molinero cobraba en semilla al labrador la cantidad estipulada.
La tarja
El cocido de pan era costumbre en todas las casas. Era un alimento de producción doméstica. En otras ocasiones, el horno directamente formaba parte del común. A finales del siglo XIX se puede documentar cómo se deja de hacer pan en casa y se compra a personas que se especializan en ese oficio. Personas que, incluso, en aquellos años cogen su carro o el burro con las alforjas y reparten a los pueblos de alrededor. Posteriormente llegaron las furgonetas de reparto de pan cuyos chóferes, haciendo sonar sus cláxones, llevan tan preciado y necesario producto a cada pueblo.
Como decía, comienza a manejarse dinero. Había moneda, billete. Pero si algo unía a la sociedad agraria, y más concretamente a la segoviana, era que prácticamente todos los avecindados vivían de los frutos de sus cosechas. Por tanto, esos productos adquirían valor dinerario; mucho más práctico y asequible para aquellas estrechas economías.
Esos incipientes trabajadores del pan recurrieron al sistema de la tarja para poder cobrarse los bodigos y hogazas. Y, ¿qué es la tarja?
La tarja es, simple y llanamente, un listón de madera de sección cuadrada. En él, se marcan los productos, haciendo una serie de muescas convenidas entre la comunidad social. El fiado posee la tarja. Las mercaderías se “anotan”: para el panete, media muesca; para la hogaza, muesca entera. Cuando la tarja se cumplimentaba, el fiado debía aportar al fiador la cantidad acordada; que en el caso del pan se traducía en trigo.
La oveja a cambio
Aun siendo extendida la práctica de la caza o teniendo ganado en la casa familiar (la cual disponía de cuadras, pajar, corte…), algo similar pasaba con la venta de la carne. Hay un momento en el que las familias dejan de matar animales en casa y hay personas que se especializan tanto en darles muerte como en despiezarles. Se disponen incluso fosos para realizar, con seguridad, la muerte de animales como los chotos. Y solo queda la matanza del cerdo o de algún cordero como último vestigio de ese aprovisionamiento de carne hecho dentro de los propios domicilios, aunque también hay que decir que en franca decadencia. Cuando eso ocurre, se da un claro paralelismo con lo comentado anteriormente del pan. ¿Qué era más fácil para una familia: desembolsarse una cantidad determinada de dinero o dar algo que podía tener en más abundancia? La respuesta, yo creo (y muchos de ustedes coincidirán conmigo) está clara.
Conforme se consumía por la carne, se pesaba. Se anotaba con la cifra obtenida, y al hacer la cantidad prefijada entre ambas partes, el fiador ofrecía un animal; que podía ser una oveja.
Breve análisis
No deja de ser la tarja, el saco de trigo o la oveja a cambio un sincretismo entre el trueque y el pagaré. En un momento en el que queremos encontrar solución a la crisis sistémica en la que parece que estamos sumidos; y posiblemente la encontremos en algunas de estas prácticas tradicionales ejemplo claro de economía sostenible que aprovecha los recursos del entorno.
No seré yo quien esté en contra del dinero (porque “del cielo pa’abajo cada uno come de su trabajo”), pero sí es cierto que estos mecanismos más propios de las sociedades anteriores a la acuñación de moneda propiciaban un sistema de mercado que de otra manera no hubiera podido llevarse a cabo, sobre todo por la falta de dinero en efectivo.
Estas prácticas son claro ejercicio de subsistencia y de adaptabilidad que se daba en las sociedades tradicionales, que tienen como base la aceptación de la propiedad privada; es decir, se acepta tácitamente el valor del trabajo o del bien que no se tiene.
Podría entenderse que tanto trueque llegara a suponer una situación de apalancamiento económico que daría al traste con el sistema. Hay que puntualizar que no todo el mundo podía o quería participar de ese trueque; e igualmente hay que reseñar que el calendario agrario marcaba a lonjas, ferias y mercados como punto de encuentro dónde, ahí sí, conseguir dinero líquido. No faltaban prestamistas acaudalados o los operarios de las incipientes Cajas de Ahorro y Monte de Piedad (o Montepío) para diseminar monedas y billetes. Aun así, mientras el sistema lo permitió los habitantes del medio rural optaron normalmente por seguir usando estos modos.
Ahora con un golpe de click, un trozo de plástico o una criptomoneda tenemos el mundo en nuestra mano, sin caer en la cuenta que venimos de un trozo de madera y una libreta de papel. Para este viaje sí hacen falta alforjas que vengan llenas de modernidad, pero también de reconocimiento y puesta en valor del patrimonio cultural heredado, y más en el momento actual de incertidumbre económica.
