El presidente de la Diputación, Javier Santamaría, un hombre poco dado a expresar sus sentimientos públicamente, se emocionó en el último pleno. No fue por un tema político. Fue cuando al final de la sesión tomó la palabra el secretario, Luis Peinado, para despedirse de la corporación. Después de tres décadas de trabajo en la Diputación, se jubila. Su discurso, sentido, caló en Santamaría, al que se le humedecieron los ojos, en un gesto que extrañó a los más próximos y que refleja a las claras el “dolor” del presidente por su marcha.
Nacido en la localidad jienense de La Puerta de Segura, en la Sierra de Segura, Peinado estudió en los Salesianos y, después, Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Durante una docena de años ejerció como secretario en pueblos andaluces y murcianos, hasta que, en 1980, llegó a Segovia para trabajar en la Diputación como oficial letrado mayor. Tras la jubilación de Ramón Huerta, en 1992, ganó en un concurso nacional la plaza de secretario general de la Diputación. Él superó en puntuación a los otros catorce candidatos, entre los que, curiosamente, el ‘farolillo rojo’ fue Jesús Caldera, luego ministro con el PSOE.
A Peinado no le costó adaptarse a Segovia, “una ciudad muy bonita”. Sus hijas se criaron aquí. Y él empezó a centrarse en su trabajo en la Diputación, una entidad que por entonces asistía a un profundo cambio. A su juicio, los tres acontecimientos principales durante las tres últimas décadas en la provincia han sido “la transformación de las infraestructuras viarias, la mejora del abastecimiento de agua a los pueblos y el gran desarrollo de los servicios sociales”.
Ha trabajado con cuatro presidentes de la Diputación. Y dice que de los cuatro guardará “buen recuerdo”. De Rafael de las Heras valora “su capacidad de trabajo”, de Javier Reguera “su bonhomía y trato afable”, de Atilano Soto “sus grandes dotes oratorias y su facilidad para aunar voluntades”, y del actual, Javier Santamaría, “la rectitud de sus actuaciones”.
¿Sus trabajos más difíciles?. Recuerda dos. El primero, la construcción de 54 VPO en Nueva Segovia para funcionarios. “Fue un expediente largo y complicado, por la situación de la empresa adjudicataria”. El segundo, la constitución y desarrollo de Segovia 21, sociedad en la que la Diputación tiene la mayoría de las participaciones. En ambos, según promete, puso “toda la ilusión del mundo”.
Anécdotas tiene mil. Como la de aquellos peones camineros que se negaron a subir a un camión, denunciando que el conductor bebía para que no le temblara el pulso… y a la semana siguiente se cayó por un terraplén. O la de aquella vez que le mandaron a Villacastín, a una oposición conflictiva, para que presidiera el tribunal, y acabó suspendiendo a la hija de un concejal… y aquello devino en una moción de censura.
Desde su cargo de secretario de la Diputación afirma haber contribuido a promocionar Segovia, como cuando colaboró en la organización de las bodas de plata de su promoción de Derecho (1957-1962), en un acto celebrado en la ciudad al que acudió el rey Juan Carlos I. Además, ha sido anfitrión de personas ilustres, como los ministros Pedro Solbes —compañero suyo en el colegio mayor ‘Diego de Covarrubias’— o Fernando Suárez.
Ahora, cuando sus días en la Diputación están próximos a finalizar (“me quedaré todavía ocho o diez días”, avisa), reconoce que todavía no sabe bien lo que hará en su ‘nueva vida’. De momento, dice que se entretendrá desalojando su despacho, para que una hija suya, procuradora, “tenga mayor amplitud”, y encargándose de vender su patrimonio en Jaén. Lo que sí que tiene claro es que se quedará a vivir en Segovia, una tierra de la que valora “la nobleza de su gente”. “El segoviano es serio pero noble, inspira confianza”. Después de 30 años aquí, Peinado es “un segoviano más”. Él así lo dice, y los hechos lo demuestran.